sábado, 3 de marzo de 2012

LA LIBERTAD

LA LIBERTAD.
 
Detrás del segundo portón de seguridad la esperaba su familia. Le parecía increíble que allí, a pocos pasos nada más, se borraran de un plumazo los vidrios de la sala de visitas, los teléfonos vigilados, las frases con doble y triple sentido, la censura de las cartas. Se abrazó con cada uno, y también con los familiares de las otras liberadas a muchos de los cuales conocía desde hacía tiempo. No había euforia, sin embargo, en ninguno de ellos. Actuaban todos con una gran contención emotiva; quizás sintiéndose bajo vigilancia, aún a la vista de los guardias; quizás por ese pudor tan uruguayo que desdramatiza con liviandad aparente los momentos más vibrantes.
Ese mediodía se reunieron todos en la casa de su hermano Francisco, en la calle Mariano Moreno. Una casa marcada por la presencia de seis niños. Ellos habían sido los responsables del enorme cartel colgado en la sala, que entre flores y corazones de todos colores decía: “Bienvenida, tía Beba”. Pero además habían hecho decenas de otros cartelitos con variedad de mensajes que habían colocado por toda la casa, de forma que adonde iba, Sara encontraba otro tierno y cálido abrazo de papel y en tecnicolor.
Se sentía poderosamente atraída por sus sobrinos. Con cualquier pretexto abandonaba la habitación donde hacían rueda los adultos para buscar a los chiquilines. Así descubrió a dos de sus sobrinas llorando juntitas en un rincón. Lloraban ahí para que ella no las viera, para no apenarla. Lo hicieron varias veces esa tarde; lloraban un poquito y volvían poniendo cara de “todo bien”. Después supo que su cuñada Rosario había hablado mucho con sus hijos sobre Sara y la desaparición del primo Simón. Fue un reencuentro íntimo en el que apenas se rozaron los temas de fondo. Se dio cuenta de que todos evitaban hablar demasiado, ella incluida; los asuntos más variados iban y venían desordenadamente. Sara estaba midiendo su propia “normalidad”, no quería tener actitudes que pudieran ser interpretadas como alteradas, y pensó que los demás pretendían lo mismo. Evitó relatar muchas situaciones que podían recargar aquellos primeros encuentros con un exceso de dramatismo, empañando la legítima alegría que todos sentían y querían expresar.
Pero también empezó a registrar los cambios que se habían producido en su ausencia. Su padre, constructor de toda la vida, estaba ahora jubilado, y su hermano Francisco había heredado el oficio; su hermana María del Carmen vivía en una hermosa casa y tenía una situación económica holgada. En las reuniones ya no se bebía grappa, como antes, sino whisky, y encontró que el nivel de consumo de sus parientes y de la clase media en general se parecía mucho más al de Buenos Aires que al del Montevideo que había dejado. Relativizó la idea de absoluto empobrecimiento del país que ella y sus compañeras se habían forjado en la cárcel. Claro, muchos seguían viviendo en la pobreza, pero algunos sectores más amplios de lo que creía estaban fuera de esa categoría.
Esa noche durmió en la casa de su hermana mayor, en el barrio Cordón, donde se quedaría durante varios meses. A las siete de la mañana del día siguiente sonó insistentemente el teléfono. Era Mauricio que llamaba desde España, donde estaba viviendo desde hacía algún tiempo. Había recibido la noticia de la posible liberación de Sara unos días antes, y esa noche, cuando le confirmaron la información, ya era demasiado tarde para llamar. No pudo dormir; estuvo haciendo tiempo en un boliche hasta poder llamar a una hora decente, y se le notaba. Cuando le dijeron que Mauricio estaba en el teléfono Sara notó que la llamada no caía bien en la familia de su hermana. Mientras estuvieron comprometidos en la búsqueda de Simón habían recibido varias amenazas. Que llamase alguien que estaba clandestino y requerido les resultaba un riesgo excesivo. Sara pensó lo mismo, y se lo dijo a Mauricio conteniendo la emoción que le provocaba escuchar nuevamente su voz. Pero él sólo tenía una idea en la cabeza: que viajara cuanto antes a Europa. Ella sintió que hacer esa proposición por un teléfono que posiblemente estuviese intervenido era también una imprudencia, ya que estando bajo el régimen de libertad vigilada sólo se podía abandonar el país clandestinamente, como lo hacían muchos de los que salían de prisión. Pero además, Sara no se planteaba en absoluto irse del Uruguay; quería quedarse porque sabía que era la única chance de encontrar a su hijo. Sentía que tenía muchas cosas por hacer y aún no había siquiera empezado. Y así se lo dijo a Mauricio esa mañana.
Reflexionó mucho acerca de aquella llamada, y en ese momento juzgó duramente a Mauricio. Pensó que estando en el exterior él podía darse el lujo de despreciar ciertos criterios de seguridad que acá resultaba vital mantener. Pocos días después le escribió una extensa carta en la que, por reflejo de presa recién liberada, no llamaba a todas las cosas por su nombre, pero en esencia reiteraba lo que ya le había comunicado por teléfono: se quedaría en Uruguay, y necesitaba tiempo para aclarar sus sentimientos con respecto a él ante una situación completamente nueva; habían pasado casi cinco años y ninguno de los dos era la misma persona que antes. Con el paso del tiempo Sara relativizaría los temores que sintió aquel día y comprendería mejor la ansiedad de Mauricio por comunicarse nuevamente con ella. El estaba viviendo una realidad que le permitía actuar más espontáneamente, y ella aún no se había quitado el uniforme gris.
Comenzó a recuperar la libertad como quien estuvo paralizado durante varios años y debe reaprender primero a mantenerse en pie y, paso a paso, recobrar el complejo equilibrio de la marcha. Caminaba buena parte del día por toda la ciudad. Su lugar preferido era la rambla. A veces iba desde el puerto hasta Pocitos, inclusive hasta Carrasco. A menudo hacía esas caminatas con Sergio López Burgos, recientemente excarcelado del Penal de Libertad. Ambos compartían la misma necesidad de marchar durante horas en espacios abiertos, y cuando la rambla ya les quedaba corta se iban a Canelones donde andaban por la costa, sin destino fijo. El segundo domingo de su libertad quiso ir a la feria de Tristán Narvaja. Se colgó la cartera al hombro y salió, caminando, por supuesto. Recién había marchado unas pocas cuadras cuando se dio cuenta de que su ritmo no estaba de acuerdo con el entorno, caminaba demasiado rápido, con ansiedad. Identificó de inmediato esa actitud mental: era la de Buenos Aires. De alguna manera indescifrable había una Sara para la que el tiempo no había pasado; una Sara que parecía haberse dormido hacía cinco años y ahora despertaba, lentamente, recuperando su capacidad de ejercer la libertad, de tomar decisiones, de actuar por propia voluntad. Comprobó cuánto de cierto había en aquello de que no se puede destruir el mundo interior de los individuos. Una parte de ella estaba intacta, y se sintió feliz, porque sospechó que era la que más le gustaba.
Pasaba poco tiempo en la casa de su hermana; salía a visitar a familiares, a recorrer la ciudad buscando pintadas sobre los muros en lugares que conocía desde la cárcel, donde esos pequeños gestos de resistencia antidictatorial adquirían tal relevancia que eran comentados a las presas por las visitas. Cuando encontraba una la contemplaba como si se tratara de una obra de arte. Uno de los primeros libros que quiso leer fue El tambor de hojalata, cuya trama se desarrolla en la Alemania de la preguerra y su protagonista es un niño que observa la realidad de los adultos con peculiar agudeza crítica. No estaba en la biblioteca de Punta de Rieles, pero sí en la de Libertad. Un recluso que lo había leído allí lo comentó largamente en una carta a su compañera, presa en el mismo sector que Sara. Desde entonces quería leerlo. Cuando lo tuvo en sus manos se preparó para disfrutarla, pero no lograba leer más de dos o tres páginas seguidas; eran tantas las emociones y sensaciones que le provocaba la lectura que debía dejarlo, volver atrás, repasado, volver a dejarlo. Nunca pudo pasar del primer capítulo.
Cuando empezó a adaptarse a su flamante libertad (en realidad, libertad vigilada, ya que debía presentarse en un cuartel militar cada 15 días y tenía prohibición de salir del país), Sara quiso tomar las riendas sobre la búsqueda de Simón. Encontró que su familia había hecho muchas gestiones, pero el temor les había impedido guardar ordenadamente papeles y documentos; algunos, de tan bien guardados se habían extraviado. Su padre y su hermana mayor se habían ocupado intensamente de la búsqueda, pero a partir de 1978 María del Carmen debió centrar muchas de sus energías en Juan, su hijo recién nacido con síndrome de Down cuya atención pasó a ser una lógica prioridad de su vida. Durante esos dos años, la familia de María del Carmen había recibido varias amenazas para que desistiera de buscar a su sobrino, pero ella había continuado.
Inició la investigación por lo que consideraba un inútil formalismo, pero estaba decidida a no dejar ningún cabo suelto. Por eso se dirigió a la Oficina de Personas Desaparecidas del Ministerio de Defensa donde solicitó una entrevista con su responsable, el teniente coronel Maynard. Le costó bastante tomar esa iniciativa; se trataba de un militar y no esperaba una respuesta realmente seria, pero quería demostrarles que estaba dispuesta a utilizar todos los caminos para investigar el paradero de su hijo, inclusive los obviamente cerrados. La entrevista fue mucho peor de lo que había imaginado. El teniente coronel no sólo relativizó su denuncia exigiéndole pruebas de lo que estaba relatando, sino que la amenazó casi expresamente (“No tiene miedo de que si insiste con esta historia la manden de nuevo a la cárcel?”, le preguntó). Sintió que se burlaban de ella. Los responsables de toda su tragedia le pedían ahora que probara la existencia de su hijo, su secuestro y desaparición. Salió de allí con una preocupación dolorosa:
¿cómo demostraría ante el mundo que había tenido un hijo y que se lo habían robado cuando aún no había cumplido un mes de vida?
A los 15 días de estar en libertad Sara consiguió un trabajo en la administración de una fábrica de aberturas de aluminio. El empleo se lo ofreció un ex preso, Leomar Pastorino, quien tenía una relación de amistad con el dueño de la fábrica. Leomar siempre estaba preocupado por saber quiénes habían sido liberados para ofrecerles una solución laboral e, incluso, en algunos casos también de vivienda. Sabía que Sara tenía muy escasos conocimientos de contabilidad, pero insistió en que tomara el empleo; según él, la experiencia propia y la de otros liberados indicaba que tener rápidamente un trabajo favorecía la reinserción. La contabilidad no sería un problema porque él le ayudaría hasta que pudiera desempeñarse sola. Sara aceptó, y en poco tiempo constató que las observaciones de Leomar eran totalmente correctas: le resultó muy positivo pautar su día según los horarios laborales y ejercitar la concentración para llevarlo a cabo.
En esos meses comenzaba a reunirse casi públicamente el movimiento uruguayo de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos en Argentina al amparo de algunas parroquias católicas que facilitaban sus instalaciones. El grupo existía más o menos articuladamente desde 1978, cuando la Organización de Estados Americanos hizo un llamado a quienes quisieran presentar denuncias sobre desapariciones forzadas en Argentina. En esa época fue clave el trabajo efectuado por el exilio uruguayo que permanentemente alentó y apoyó la organización de los familiares de desaparecidos para que las búsquedas no fueran individuales sino colectivas. Sara supo también que varios de sus compañeros del PVP que habían logrado zafar de la cacería humana y estaban aún en Buenos Aires, se habían empleado en establecer contactos internacionales que resultaron muy útiles a la hora de concretar las denuncias, y fueron ellos quienes vincularon a los familiares entre sí en Buenos Aires.
La primera reunión pública de los familiares de desaparecidos se efectuó en la “iglesia de los Vascos” (Parroquia San Miguel, en Julio Herrera y Obes y Mercedes). Más que una reunión se pareció a una ceremonia. Asistieron no sólo los familiares de los desaparecidos, sino también de muchos presos políticos y gente que simplemente trabajaba en otros grupos de defensa de los derechos humanos. El acto consistía en leer pasajes bíblicos que aludían a las preocupaciones del momento. Estas ceremonias nunca fueron reprimidas por los militares, aunque varias veces algunos familiares fueron citados por la Jefatura de Policía en averiguaciones vinculadas con esta actividad, y en más de una oportunidad funcionarios de civil se presentaron en la iglesia e interrogaron al párroco acerca de la identidad de los responsables del acto. Pero el sacerdote sabía lo que debía decir: no había responsables fijos, y las personas que leían en voz alta cambiaban permanentemente. Estas ceremonias se realizaron con frecuencia creciente y congregaban a cientos de personas.
Sara tomó contacto con ellos y empezó a asistir a sus reuniones, entonces cuasi clandestinas. Era la madre de desaparecido más joven del grupo y, además, acababa de salir de prisión, por lo que el resto del colectivo tendía a sobreprotegerla. Aquellos veteranos la identificaban de alguna manera con sus propios hijos: Sara era de esa misma generación, había compartido con ellos un proyecto político y hecho las mismas opciones de vida. Ella asumía esa identificación con gusto, y en su conciencia mantenía siempre presentes a los compañeros que habían desaparecido. Era una relación compleja, marcada por la comprensión y el afecto, aunque también había discrepancias y discusiones como en cualquier actividad militante. A pesar de las advertencias Sara se comprometió de lleno con el trabajo de Familiares de Detenidos Desaparecidos.
Era la época en que varias organizaciones populares daban sus primeros pasos fuera de la clandestinidad, aunque todavía no eran completamente legales. Sara también se vinculó al grupo de Familiares de Presos Políticos que desarrollaba una tarea de apoyo a los reclusos en Uruguay, visitaban periódicamente a muchas familias para saber cómo estaban los prisioneros, si tenían algún problema de salud o estaban próximos a ser liberados para brindarles asistencia.
Sus jornadas empezaron a ser largas y agotadoras; salía del trabajo y siempre tenía programada alguna reunión o actividad con Familiares. El contacto con ellos era a menudo muy cargado de experiencias individuales dolorosas: todos habían recorrido hospitales, cuarteles y morgues en Buenos Aires. Ninguno aceptaba en ese momento la idea de que los desaparecidos habían sido asesinados y mantenían la esperanza de recuperarlos algún día. Para ellos, la propia historia de Sara constituía una suerte de confirmación de que era posible sobrevivir a las desapariciones; una ilusión que, de cierta forma, no era infundada: se conocían casos de desaparecidos que, luego de permanecer durante años en “pozos” o campos de concentración, habían recobrado la libertad. La esperanza tenía también obvias razones afectivas, y sostenerla contra viento y marea implantaba en el alma una angustia crónica. En ese grupo Sara desarrolló una relación especial con Luz Ibarburu, madre de Pablo Recagno, desaparecido en Buenos Aires junto a su compañera Rosario Carretero. Sara no había conocido a Pablo, pero sí a Rosario, y mucho. Fue con ella con quien Sara mantuvo la primera larga conversación sobre sus respectivas historias. Luz, quien se definía corno “una gran llorona”, tenía la capacidad de hablar y llorar al mismo tiempo sin que se le quebrara la voz; mientras su rostro conservaba una apariencia normal, por sus mejillas se resbalaba una cortina de lágrimas. Sara escuchó de Luz la síntesis más clara de la situación del familiar de desaparecido, cuando le contó que cada mañana se despertaba con la ilusión de recibir una noticia, y cada noche se acostaba con la angustia del vacío.
En ese plano el encuentro con la realidad no pudo ser más frustrante. Mientras estuvo en la cárcel imaginaba que al salir hallaría muchas pistas para poder comenzar a investigar de inmediato, que habría un trabajo sistematizado. Ya había comprobado que su familia, a pesar de los esfuerzos que sus posibilidades y situaciones personales les permitieron hacer, no había logrado avanzar prácticamente nada. Cuando se vinculó a Familiares pensó que encontraría información ordenada sobre todos los casos, y quizás también sobre Simón; pero no fue así. Y a poco de trabajar con ellos comprendió las dificultades casi insalvables que implicaba investigar a los responsables de las desapariciones siendo que ellos aún detentaban el poder absoluto. Era muy difícil construir una metodología; casi todo, en ese aspecto, estaba por hacer. ¿Dónde empezar a buscar? ¿Cómo hacerlo con márgenes de riesgo aceptables? ¿Cómo elaborar informes que pudieran estar centralizados y a los que se fueran agregando datos? ¿Dónde hallar un lugar seguro para esos informes?
En prisión, una de sus hipótesis más recurrentes era que Simón había sido entregado en alguna casa cuna en Buenos Aires. Pensaba que en esos sitios sería fácil encontrar pistas, datos, informes concretos. Pero su ilusión al respecto fue rápidamente desarticulada por otros familiares que ya habían hecho esas gestiones: en las casas cunas no quedaban rastros útiles sobre los niños que se les confiaban. Si existían, lo que no sucedía en todos los casos ni mucho menos, los expedientes eran inaccesibles.
Casi al fin de 1981 Sara dejó su empleo en la fábrica y se integró a un proyecto del Centro de Investigación Promoción Franciscano Ecológico (CIPFE), vinculado a esa congregación religiosa, para trabajar sobre problemas ambientales en barrios de Montevideo. El proyecto contenía una definición amplia del ambiente que incluía las condiciones de salud, vivienda y trabajo de los vecinos del arroyo Carrasco, poluido por frigoríficos y curtiembres que arrojaban allí sus desperdicios. Se inició entonces uno de los periodos más ricos de su vida. Además del contacto con gente de ámbitos diversos que su nuevo empleo le permitía establecer, el resultado negativo para los militares del plebiscito de 1980 había erosionado seriamente las bases de la dictadura. Empezaban a surgir movimientos populares de todo tipo, los espacios de militancia se multiplicaban y se desclandestinizaban. En la parroquia de los Conventuales, donde se encontraba la sede de CIPFE, se reunía el grupo de jóvenes que había fundado la nueva organización de estudiantes, la Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública (ASCEEP), que reunía fundamentalmente a universitarios. A muchos de los que conoció entonces los encontraría luego en el movimiento por la amnistía de los presos políticos, al que Sara se integró desde el primer momento. En todos los grupos en los que participaba aprendía nuevos datos de la realidad, pero con estos jóvenes se identificó profundamente. El miedo, sin duda, estaba presente, pero era mucho mayor la fuerza que había estado latente durante todos esos años de opresión; la nueva coyuntura permitía una toma de conciencia sobre ese potencial que comenzó a desarrollarse por los caminos más insospechados.
En esos nuevos ámbitos de militancia Sara reaprendió los matices y tuvo que trabajar con ellos. En la cárcel el sistema de supervivencia implicaba cortar grueso: todo era blanco o negro. No le costó demasiado adecuarse a la nueva realidad, sobre todo porque los objetivos de todos los movimientos eran unitarios y la práctica de la solidaridad estaba más generalizada de lo que ella había imaginado. La propia modalidad de la nueva militancia era aleccionante y removedora: todos los “líderes”, los dirigentes “históricos”, estaban en el exilio o presos: Lo repetían a menudo entre ellos: “Aquí no hay caciques, somos todos indios”. Sobresalía temporalmente quien tenía capacidad de hacer una propuesta y se animaba a llevarla a la práctica. Creatividad y espontaneidad fueron las características salientes de aquel período durante el cual Sara volvió a experimentar junto a sus nuevos compañeros el placer de la lucha compartida. Una lucha completamente diferente a la que desarrolló en el Penal de Punta de Rieles y que le permitió reencontrarse plenamente con su país y su gente. Cada día se convencía más de que al salir de la prisión había tomado la decisión que mejor se ajustaba a sus intereses: quedarse en Uruguay.

viernes, 2 de marzo de 2012

LA BUSQUEDA

LA BÚSQUEDA
Invierno de 1982. Sara vivía con su hermano Francisco, en el barrio La Blanqueada. Era una casa llena de niños —sus sobrinos—, agitada, bulliciosa y alegre. Se daba cuenta de que aún no estaba preparada para vivir sola y se sentía muy bien compartiendo las vicisitudes de esa familia numerosa. Su búsqueda, sin embargo, no había avanzado un centímetro, por lo que decidió viajar a Buenos Aires para tomar contacto con las Abuelas de Plaza de Mayo y también para aportar su testimonio al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), a cuyo frente se encontraba Octavio Carsen, un prestigioso abogado y luchador por los derechos humanos que en esos meses había comenzado a recopilar denuncias contra los dictadores argentinos para presentarlas a la justicia penal. Sabía que los militares podían enviarla nuevamente a prisión por salir del país sin autorización, pero también que si los advertía jamás se lo permitirían. Y resolvió correr el riesgo.
Viajó en ómnibus hasta Colonia y desde allí seguiría en alíscafo. Disimulada entre el resto de los pasajeros hizo la fila frente a los funcionarios de Migraciones. Estos tenían una larguísima lista de nombres de requeridos en la que chequeaban el de cada uno de los viajeros. Cuando le tocó el turno a Sara, el hombre tomó el documento con la mano izquierda mientras recorría la lista negra con el índice de la derecha. El dedo se detuvo un par de segundos, crispado, en algún lugar de aquella sopa de letras.
— Un momento, señora —dijo el funcionario.
Se levantó y fue hasta una oficina contigua. Volvió acompañado por un marino que la condujo a una habitación de la terminal y le ordenó que
esperara allí.
Dio todo por perdido. Con lágrimas en los ojos vio cómo se alejaba el alíscafo que pensaba abordar y se dijo que volvería a Punta de Rieles. Luego de un tiempo que a Sara le pareció interminable, el marinero regresó con sus documentos y se los devolvió excusándose.
—Disculpe, señora. Lo que pasa es que tenemos en la lista su requerimiento de 1973, pero desde Montevideo nos dijeron que ya no es válido. Puede abordar el próximo alíscafo.
Pero, ¿cómo? —se preguntaba ella—. No habrán consultado donde se debe. Le agradeció maquinalmente al militar, guardó los documentos en su cartera y salió al muelle. No sintió las ráfagas de viento helado que barrían la costa; apoyada en una baranda clavó los ojos en el horizonte oteando el arribo de la siguiente nave. Estaba segura de que en cualquier momento sería corregido el error, de que un mensaje urgente desde Montevideo alertaría a los guardias fronterizos de la interdicción de abandonar el país que pesaba sobre ella. Imaginaba el alboroto de una sirena cortando el aire frío, y se veía rodeada por decenas de soldados armados a guerra. Recién comenzó a relajarse cuando ella y el alíscafo ya estaban en la mitad del río y la costa uruguaya había sido tragada por las nubes grises.
El taxi la alejaba del puerto internándose en el Centro de Buenos Aires. Sara sintió que se cerraba un círculo y se abría otro, largamente postergado. Se acababa el tiempo de la impotencia y comenzaba el de la acción. Sabía que volvería a la casa donde la habían secuestrado, donde había vivido 20 días —los únicos—junto a Simón, que ahora tenía seis años. En algún lugar de esa ciudad, se decía, estaban las pistas que la conducirían hasta él. Y las tenía que encontrar.
Tomó contacto primero con el CELS. Allí, sentada junto a un escritorio, por primera vez comenzó a relatar su historia con detalles, tratando de recordar absolutamente todo. Se dio cuenta de que para no trasmitir angustia a sus seres queridos, quizá por no querer ella misma revivía aquellos días, jamás lo había contado íntegramente. Y también sintió lo poco que había hablado hasta entonces de Simón, simplemente porque no lograba hacerlo, porque el llanto la ahogaba y no conseguía articular las palabras. ‘Fue una declaración trabajosa, no sólo por las propias vivencias que debía esforzarse en refrescar, también porque la inexperiencia de quienes recibían el testimonio la hizo aun más dolorosa: Sara tuvo que iniciar su relato cuatro veces, porque en las tres primeras alguna insólita razón había impedido que su voz quedara registiada en el grabador. Fue una situación doblemente penosa: repetir cuatro veces cómo le habían robado a su hijo ya resultaba duro, pero además Sara comprobaba que, como en Montevideo, la investigación sobre las violaciones a los derechos humanos de la cual el trabajo por localizar a los desaparecidos era un capítulo, se efectuaba en condiciones muy precarias, con gente llena de entusiasmo, pero poco preparada para una labor que, es cierto, era inédita para todos. Menos preparados podían estar aun para soportar la carga emocional acumulada en pocas semanas de escuchar testimonios atroces.
Desde hacía varios años el mudo paseo de las Abuelas de la Plaza de Mayo y el tozudo coraje con que desafiaron a la dictadura cuando ella era más poderosa se habían convertido en símbolos internacionales de la lucha contra las desapariciones forzadas y las violaciones a los derechos humanos. Las cabezas cubiertas con pañuelos blancos; las pancartas preguntando: “Dónde están?’, se constituyeron en ejemplo de dignidad indoblegable. Pero esa lucha también se desarrollaba con escasísimos recursos y una organización apenas incipiente.
El trabajo era voluntario y en la oficina que ocupaban las Abuelas se acumulaban, lo más ordenadamente posible, datos, informaciones, denuncias, sospechas, pistas y hasta simples rumores concernientes a niños desaparecidos que eran consignados velozmente en un papel. En 1982, cuando Sara acudió allí por primera vez, toda la información que recibían las Abuelas estaba guardada en cuatro grandes biblioratos. Esa información tenía las características más diversas que se pudieran imaginar, y casi siempre era anónima. En general se refería a niños que vivían con familias de militares o de personas que habían estado vinculadas a las fuerzas represivas y que, por diversas razones, se sospechaba que podían ser hijos de desaparecidos.
Esos datos eran clasificados según categorías muy amplias: por sexo, edad, etcétera. Algunas informaciones, por ejemplo, se referían al mismo niño, pero a veces contenían elementos contradictorios en pequeñas como en grandes cosas tales como la edad, los nombres completos, el arma en que revistaba el militar e inclusive hasta en el sexo del niño. Sara quería tomar algún caso concreto para empezar a investigarlo, pero ¿cómo haría para elegir entre aquella cantidad, tan parecidos unos a otros? Confirmó lo que ya había sospechado: era buscar una aguja en un pajar, pero además sin saber cómo hacerlo.
No había entonces ningún equipo especializado en investigación, y eran los propios familiares quienes acudían espontáneamente para tratar de encontrar algún dato que coincidiera con “su” caso. Cuando lo encontraban, ellos mismos iniciaban la pesquisa, pero resultaba casi imposible decidirse a seleccionar uno sobre la base de criterios absolutamente objetivos. El sistema era simple: si un familiar tomaba un caso generaba una carpeta con todas las informaciones de los biblioratos referidas al niño en cuestión, a la que se iban integrando los elementos que espontáneamente aportaban otros familiares, ex presos y colaboradores, así como los que surgían de las nuevas investigaciones. Muchas veces alguien acercaba información sobre un niño al que ninguno de los familiares vinculados a Abuelas lograba identificar como propio. De todas formas, se integraba a los biblioratos a la espera de que en algún momento esos datos huérfanos pudieran encontrar un nombre, una cara, una familia.
Sara nunca supo quién lo había hecho, pero encontró un papel con unas pocas líneas sobre Simón. Habló con Chicha Mariani, una “tana” amplia y expansiva, por entonces el alma y la vida de las Abuelas. Entre otras cosas Sara mencionó que cuando fue secuestrado Simón era pelirrojo. Chicha saltó en la silla.
—Vamos; vamos ya mismo para casa —dijo sin más explicaciones y salió como un ventarrón.
En el camino le contó a Sara que hacía algunos años, cuando Abuelas era un grupito casi clandestino, alguien le había pasado un dato sobre un pelirrojo. Como las condiciones de seguridad eran entonces muy precarias, la información no se ponía en carpetas que cualquiera pudiese consutar, sino que la escondían donde podían. Ella había pensado en un sistema que le parecía “segurísimo”: anotaba prolijamente la información en un papelito, lo guardaba en una latita y enterraba el tesoro en el fondo de su casa. Durante mucho tiempo mantuvo fresco en su cabeza un mapa “exactísimo” del subsuelo de su fondo: el morochito de tres años y medio junto al rosal; los hermanitos a la izquierda del níspero y el bebé que nació en cautiverio a la derecha; etcétera. Pero después las latitas empezaron a ser tantas que se le fueron confundiendo, y ahora ya no recordaba dónde estaba cada una.
Aquella tarde las dos mujeres cavaron ansiosamente varios hoyos en el fondo, y a cada latita que encontraban Chicha le decía:
—Ahhh, acá estás; yo sabía que estabas acá...Pero al caer la noche estaban extenuadas, Chicha ya no recordaba ningún otro escondite y el pequeño trozo de papel con el precioso dato no había aparecido. No apareció nunca.
Regresó a Montevideo con las manos vacías, sin ninguna pista concreta por donde continuar investigando y convencida de que debía prepararse, fortalecerse para enfrentar una larga lucha. Buscó apoyo psicológico; quería poder contarlo todo, una y mil veces si fuese necesario, sin que el llanto se lo impidiera. Y algún tiempo después lo lograría.
Antes de que terminara el año conoció a Raúl Olivera, un exdirigente sindical ferroviario que había estado preso. Fue una relación intensa, pero breve. Sara sentía que afectivamente no podía encarar nada a fondo mientras no definiera su situación con Mauricio que, desde 1976, había entrado en un paréntesis obligatorio.
1984. Había pasado un año desde que Sara estuviera en Buenos Aires. Un año en el que se dedicó a tomar fuerzas, a racionalizar lo que había vivido desde 1976, a intentar ordenar los datos en su cabeza y los sentimientos en su corazón. Mantuvo una intensa correspondencia con Mauricio, quien había sufrido un tercer infarto y debió someterse a una delicada operación cardíaca. Por esas cartas comenzó a sentir que lo único que todavía la unía a él era una gran ternura y el hijo que ambos habían perdido y que ahora podían buscar juntos. La intervención quirúrgica fue exitosa, pero por las dudas, Mauricio había pedido que se le practicara un examen genético que pudiera ser utilizado en una eventual investigación de paternidad.
Permaneció en contacto con las Abuelas y sabía que aún no había novedades de Simón. Pero la situación política en la región había cambiado mucho. En Argentina, desacreditados desde el catastrófico final de la guerra de las Malvinas los militares habían cedido el poder y convocado a elecciones que ganaron los radicales, haciendo del juicio a los violadores de los derechos humanos su principal bandera de la campaña electoral e infligiendo una derrota histórica al peronismo. En Uruguay los militares se batían en retirada, aunque no tan desmañados como los argentinos. Durante 1983 varios hechos presagiaban el fin de la dictadura, entre otros, el primer acto masivo bajo el gobierno militar, que tuvo lugar el 1° de mayo; entre los convocantes estaba el PIT, aún en la ilegalidad. El 27 de noviembre de ese año se había celebrado uno de los actos más multitudinarios de la historia política uruguaya. Fue en el Obelisco, convocado por todos los partidos políticos y las organizaciones sociales como un pronunciamiento expreso a favor de la democracia. Pasaría a la posteridad como “El río de libertad”.
Los militares uruguayos aún conservaban un amplio poder de negociación, pero ya se hablaba de elecciones en noviembre. Varios sindicatos habían recompuesto sus estructuras públicamente y los partidos, aunque con proscritos, se preparaban para la transición.

Fue en ese marco de «semidemocracia» en el que se produjo el arresto y homicidio del médico cirujano de 35 años Vladimir Roslik en Río Negro. Roslik fue detenido en su casa de San Javier en la madrugada del 15 de abril. Apenas 24 horas después su esposa recibió una comunicación de la Policía pidiéndole que pasara a buscar por la comisaría el cadáver de su marido pues había fallecido de un paro cardiorespiratorio. La muerte de Roslik provocó una gran conmoción nacional e internacional y se probó fehacientemente que falleció a consecuencia de las torturas que le habían infligido. Las protestas y presiones obligaron a los militares a iniciar una investigación judicial que culminó con el procesamiento del coronel Mario Olivera por homicidio «ultraintencional» y del mayor Sergio Caubarrere por irregularidades en el servicio. Ambos revistaban en el Regimiento de Caballería con asiento en Fray Bentos. Este asesinato provocó un serio menoscabo en el poder de influencia de los sectores más duros de las Fuerzas Armadas.

Todos los que integraron el grupo de los “repatriados” ya habían cumplido su sentencia y estaban en libertad. La mayoría había optado por el exilio. En Uruguay permanecían, además de Sara, Asilé Maceiro, Elba Rama, Ana Inés Quadros, Gastón Zina, Margarita Michelini y Raúl Altuna. Ana Inés, Sara y Gastón habían viajado a Buenos Aires pata dar su testimonio en el CELS. En abril, todo el grupo fue convocado por la justicia argentina para comparecer en un juicio patrocinado por el CELS sobre los hechos vinculados al “pozo de Orletti”, los secuestros, las torturas y desapariciones. Sara, Ana Inés Quadros y Gastón Zina tomaron la decisión en conjunto: viajarían a Buenos Aires sin cumplir con el requisito de solicitar permiso a los militares según lo establecía el régimen de libertad vigilada. En aquellos momentos no era una decisión fácil de tomar; podía tener consecuencias graves. Pero ninguno dudó; lo harían pasara lo que pasara e intentarían cubrirse con la citación que les había llegado por medio de Interpol. Sabían que era un simple “verso”, pero les resultó suficiente garantía. Cuando llegaron al aeropuerto porteño los estaban esperando numerosos periodistas y personas vinculadas a las organizaciones de defensa de los derechos humanos. La noticia fue conocida casi de inmediato por los militares uruguayos, y pocas horas después los domicilios de todos los que habían viajado eran “visitados” por grupos operativos del ejército. Las familias respectivas vivieron momentos de extrema tensión, sobre todo la de Ana Quadros, contra quien los militares dirigieron amenazas concretas. Enrique Rodríguez Larreta (padre), ya estaba en Buenos Aires y también presentó su testimonio.
Una de las instancias del juicio en las que participaron fue el reconocimiento de Orletti, el local donde habían pasado los últimos días de julio de 1976. Quizá como el resto de los exsecuestrados, Sara no pudo evitar revivir el dolor, el horror. La asaltaron los recuerdos de aquellos momentos terribles, de tantos hombres y mujeres que antes y después de su pasaje por allí fueron asesinados entre esos muros.
El local había sido recientemente evacuado. Como 40 años antes en los campos de concentración nazis, la comitiva que ingresó al lugar fue encontrando las huellas de la matanza: centenares de prendas de vestir, zapatos, mantas, muebles; un verdadero museo del terrorismo de Estado. Pero faltaban dos hallazgos aun más tétricos: debajo de la escalera precaria que conducía al primer piso había un frasco repleto de alianzas matrimoniales, seguramente olvidado por los asesinos; y cuando bajaron al sótano nadie pudo evitar la rabia y el asco: una de las paredes había servido como paredón y exhibía las marcas de las balas y la sangre de los fusilados como un mudo testimonio de la barbarie.
La prensa argentina seguía muy de cerca todas las noticias vinculadas a las actuaciones judiciales sobre las violaciones a los derechos humanos perpetradas durante la dictadura. La visita a la automotora había sido anunciada y en la puerta de Orletti se apiñaban periodistas, camarógrafos y fotógrafos. El inusitado revuelo alertó al barrio y muchos vecinos se acercaron al lugar. Cuando los testigos salieron de Orletti fueron abordados por los periodistas; al escuchar los relatos que cada uno de los sobrevivientes iba aportando, varios vecinos se animaron a contar lo que habían visto: los vehículos sin matrícula, los movimientos extraños a cualquier hora del día, la radio siempre encendida a todo volumen... Pero también había otro tipo de gente, hombres y mujeres mayores que intentaban llevar aparte a los sobrevivientes del “pozo”. Eran padres y madres de desaparecidos; les mostraban fotos de sus hijos, decían sus nombres y les preguntaban silos habían visto allí, secuestrados. No tenían otra manera de obtener información.
Sara no se fue sin confirmar que detrás había una escuela, y que enfrente pasaba el tren.
Además de declarar ante la justicia los “repatriados” presentaron sus testimonios en varias organizaciones de derechos humanos. En esos días volvió a galvanizarlos aquel sentimiento de cuerpo, de colectivo, que tan útil les había sido para soportar las diferentes etapas de represión que se les había infligido: el secuestro, la tortura, los meses de desaparición y la prisión. El grupo de uruguayos recibió en Buenos Aires una inesperada ayuda, la dci abogado Jorge Baños, quien por entonces integraba el equipo de asesores legales del CELS. Durante ese período Baños desplegó una solidaridad incondicional con las víctimas de la dictadura, a menudo asumiendo compromisos que iban más allá de su papel de abogado. En el caso de los uruguayos, hasta alojó a varios de ellos durante semanas en su propia casa ya que carecían de dinero para pagar un hotel.
 
Baños murió en enero de 1989 al tomar parte en el asalto del Movimiento Todos por la Patria (MTP) a un cuartel del ejército argentino La Tablada—. Ese grupo del que Baños era dirigente había recibido información de que allí se preparaba un golpe de Estado. El episodio dejó un saldo de 28 civiles muertos y hasta hoy permanece confuso el origen de la información confidencial que motivó la acción armada.

Colaborar con la tarea de “reconstruir la verdadera historia” de los años de la guerra sucia llevada adelante en Argentina por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), cuya investigación sería tomada por la Cámara Federal argentina para promover en 1985 un juicio público contra las juntas militares que gobernaron el país, implicaba exponerse a una profusa publicidad. Durante muchos meses los resultados de las investigaciones judiciales y las denuncias de las víctimas ocuparon los principales espacios y titulares de los medios argentinos (al contrario de lo que sucedió en Uruguay, donde los más tradicionales medios de comunicación no participaron en el restablecimiento de la verdad histórica). El caso de los “repatriados” no fue una excepción, y a pesar de los riesgos todos participaron activamente en las denuncias contra sus secuestradores aunque luego debían regresar a Uruguay, todavía bajo un régimen dictatorial.
Antes de volver a Montevideo Sara mantuvo una conversación con Chicha, quien la instó a que fuera a pasar una temporada a Buenos Aires. Habían llegado algunas pistas nuevas que podían referirse a Simón, pero el escaso apoyo que recibía la organización y los imprescindibles criterios de seguridad que debían mantener impedían que las investigaciones avanzaran como era deseable. Sara prometió volver en cuanto pudiera.
Como era previsible, apenas pusieron un pie en Montevideo todos fueron arrestados y conducidos a diferentes cuarteles. Los interrogaron agresivamente y pasaron momentos de enorme tensión que, si bien no fueron comparables a los que habían vivido en Orletti, tampoco resultaron banales. Con excepción de Ana Quadros, quien debió pasar una noche en el cuartel, los demás fueron liberados pocas horas después. La intimidación no dio resultado, y estimulados por lo que venían de vivir en Buenos Aires Ana Inés Quadros, Gastón Zina, Rodríguez Larreta y Sara presentaron ese mismo mes de abril una denuncia judicial por secuestro, torturas, desapariciones en Argentina y Uruguay ante el doctor Ricardo Rodríguez Saccone, entonces titular del juzgado penal de segundo turno. Fueron patrocinados legalmente por el infaltable Jorge Baños, Marcelo Parrilli —otro abogado del CELS— y el uruguayo Mario Jaso. Rodríguez Saccone no movió una sola falange del más pequeño de sus dedos para investigar las denuncias y archivó el expediente sin más trámite.
Los militares uruguayos veían cómo su poder absoluto se iba debilitando semana a semana. El 16 de junio el líder del Partido Nacional Wilson Ferreira Aldunate los desafió abiertamente regresando al país a pesar de estar requerido. Ferreira fue detenido junto a su hijo Juan Raúl apenas descendieron del barco que los traía desde Buenos Aires. A principios de julio se instaló una mesa de “prenegociación” entre militares y civiles que comenzó a discutir las condiciones en que se realizarían las elecciones de noviembre de 1985.
Sara dejó pasar algunos días después de su retomo de Argentina y solicitó la autorización militar para salir del país. Esperó dos meses sin recibir respuesta. A fines de julio hizo sus valijas y se fue de nuevo a Buenos Aires, sin permiso. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) le otorgó una subvención temporaria para que se dedicara a buscar a Simón y a los otros niños uruguayos desaparecidos en Argentina.
Era mucho trabajo para una sola persona, y afortunadamente consiguió la ayuda de cuatro voluntarios, todos sobrevivientes de los campos de concentración que el ejército argentino había montado en el sur del país, quienes se zambulleron junto con ella en los expedientes. Ahora tenía un equipo. Además del caso Simón el grupo trabajó intensamente en los de Amaral García y Mariana Zaifaroni, de los cuales había bastante más información. Los dos fueron rápidamente ubicados yambos estaban viviendo con personas que habían trabajado para los servicios de seguridad. Amaral sería recuperado un tiempo después por su verdadera familia, mientras que los secuestradores de Mariana, el matrimonio Furci, pudieron evadir la justicia hasta que en 1985 lograrían huir a Paraguay y no serían aprendidos sino en 1992, cuando de regreso a Buenos Aires fueron nuevamente localizados y procesados. Mariana, que en ese momento tenía 17 años, vivió primero con su “abuela adoptiva”. Desde hace algo más de un año se independizó, continúa sus estudios de derecho y se ha negado a desarrollar vínculos con su familia biológica.
Una de las primeras gestiones que Sara hizo en Buenos Aires fue visitar a una señora que había conversado con Chicha. Esta mujer decía conocer a un niño secuestrado y estar dispuesta a dar información sobre él. Algunos de los datos podían coincidir con Simón, así que Sara anotó la dirección y decidió hacerle una visita de sorpresa. Y la sorpresa fue enorme, mucho más grande de lo que Sara había imaginado.
La mujer abrió la puerta y quedó paralizada, sujetándose al pestillo con ambas manos, sin poder decidir qué hacer. Finalmente le franqueó la entrada. Era un departamento amplio, luminoso y muy bien decorado. La mujer le ofreció asiento y con una cortesía banal que parecía absurda para la situación le dio a elegir: ¿té o café?
Ambas estaban muy conmovidas, aunque por razones diferentes. Sara esperaba obtener una información que le permitiera encontrar a su hijo; la mujer confirmó lo que había adelantado a Chicha, pero ahora no estaba dispuesta a aportar más datos.
—Compréndame —le decía a Sara—, yo esperaba a una abuela, no a una madre. Una abuela se podría conformar con saber que su nieto está vivo, que es querido y con tener noticias de él de vez en cuando. Pero para una madre eso es imposible. Usted querrá recuperar a su hijo a cualquier precio. Y tiene razón. Le pido perdón, pero no la puedo ayudar.
La informante tenía un vínculo afectivo con la familia adoptiva, y se sentía incapaz de provocar el dolor de una separación a sus seres queridos. Su conciencia no le remordía hasta ese punto. Conversaron mucho rato. Sara le contó lo que había vivido, lo que estaba viviendo, y lloraron abrazadas, también por razones muy diferentes.
Quedó confundida durante varios meses después de esta experiencia. Estaba en el lugar donde habían sucedido los hechos y todos sus sentimientos afloraban sin barreras. También comenzaba a entender, en contacto con otros casos similares, lo que significaba realmente la desaparición de un niño. Sentía que era capaz de dar cualquier cosa por encontrar a su hijo, por saber dónde y con quién vivía, pero no estaba convencida de que debía recuperarlo porque eso era exponerlo a un pasado marcado por la violencia y la muerte, era integrarlo a una historia dolorosa y cruel. A veces sentía que su deber como madre era ahorrarle sufrimientos, abandonar todo egoísmo, todo instinto posesivo y darle a su hijo la oportunidad de tener una vida sin sobresaltos, sin angustias, sin crisis de identidad, aun cuando ello significara renunciar para siempre a su maternidad. Por momentos pensaba que esa era la verdadera forma de amar. Pero por otra parte se decía que la mentira era intolerable, que nada sólido y saludable se podía construir sobre el engaño y, sobre todo, que su hijo tenía derecho a conocer su verdadera identidad. Quienes se la negaban eran sus verdugos, y ella no cometería el mismo crimen.
Fueron meses muy difíciles, meses de lágrimas y sutiles temblores, de un equilibrio precario. Sara buscaba desesperadamente a su hijo y al mismo tiempo temía encontrarlo. Descubría que, aun recobrándolo, ese hijo al que había dado vida y al que tanto amaba probablemente tuviera una escala de valores muy diferente a la que ella le hubiese trasmitido. Y que también la situación la colocaba en el deber de revelarle una verdad desgarradora, trágica: quienes convivían con él estaban vinculados o eran los victimarios de sus verdaderos padres. Sólo algún tiempo después, cuando pudo conversar con psicólogos que ya habían intervenido en varios casos de niños rescatados, estuvo en condiciones de elaborar el precio emocional que ambos, ella y Simón, deberían pagar para encontrarse. Continuar la búsqueda implicaba asumir el daño inevitable. Otro costo que tema que adicionarse al debe de los secuestradores y sus cómplices.
Vivía en la casa de un amigo que le había cedido una habitación. Dedicaba el día entero a la investigación, y cuando regresaba, por las noches, se encerraba en su pieza. Quería estar sola. Escuchaba música. Descubrió entonces al compositor y cantante cubano Silvio Rodríguez, prohibido en Uruguay. Sus canciones le resultaron en aquellos meses una gran compañía. No lograba concentrarse lo suficiente como para leer, así que compró metros y metros de telas y comenzó a coser. Cosió a mano prácticamente todo un nuevo guardarropa. Y lloraba; lloraba mucho. Algunos meses después Mauricio llegaba a Buenos Aires.
El retomo a la democracia en Argentina abrió los caminos en los medios de comunicación para la denuncia de la devastadora guerra sucia practicada por los militares. Durante los primeros años de gobierno radical existió una voluntad oficial manifiesta por investigar las violaciones a los derechos humanos y llevar ante la justicia a los responsables de la masacre. Mucha gente fue perdiendo el miedo a decir lo que sabía, y otros fueron sensibilizados cuando conocieron la magnitud que alcanzó la represión. Ahora la información llovía en el local de las Abuelas, quienes de ser consideradas “viejas locas” o “comunistas”, pasaron a recibir afecto, apoyo y respeto de gran parte de la sociedad.
Para Sara el problema más grave seguía siendo cómo seleccionar las pistas que seguiría. Investigó varias, algunas con mayor intensidad pues parecían adecuarse más que otras a las condiciones de la desaparición de Simón. Llegaba mucho más información, pero en la mayor parte de los casos era muy escueta: apenas el nombre y la dirección de un niño que, según algunos indicios, podía provenir de un secuestro. Muchos de los que Sara eligió investigar fueron descartados rápidamente, como el de un niño llamado Alejandrito. Había sido ubicado en poder de Eduardo Alfredo Ruifo, un integrante de los comandos secuestradores que actuaron en la guerra sucia y que se encontraba prófugo con dos niños. Sara estudió el caso y se decidió a hablar con la directora de la escuela a la que el chico había asistido. Conversé con las maestras, quienes le informaron que Alejandro tenía la piel bien oscura y era definidamente morocho, lo que no coincidía con las características de Simón, que era pelirrojo y tenía la piel muy blanca.
En noviembre Mauricio llegó a Buenos Aires y se produjo, finalmente, el postergado encuentro. A veces ocho años son ocho vidas, y ésta fue una de esas veces. Sara fue a recibirlo al aeropuerto, pero no pudo reconocerlo entre los pasajeros que iban saliendo después de pasar el control aduanero de rutina. Cuando se aseguré de que ya no faltaba ninguno empezó a recorrer el lugar. Se lo topé a la vuelta de un corredor, más envejecido, más triste y más frágil de lo que había imaginado. La alegría del reencuentro fue muy grande, pero Sara comprobó que afectivamente algo se había quebrado. Ese sentimiento estaba sin duda vinculado a que Mauricio nunca hubiese asumido públicamente la paternidad de Simón, que en ninguna de las campañas que se hicieron en el exterior se haya presentado como el padre que reclama a su hijo desaparecido, aun cuando desplegó una intensa actividad desde el anonimato para difundir el caso. Sara conocía las razones personales que explicaban esa actitud, pero para ella no constituían una justificación valedera. (Mauricio, que para Sara estaba separado desde hacía varios años, en realidad, y aunque conflictivamente, había recompuesto en Buenos Aires la relación con su esposa con quien tenía dos hijos, Paula y Felipe. Se lo confesó cuando ella estaba embarazada, lo que provocó una crisis en la pareja que se resolvió cuando Mauricio formalizó la ruptura con su esposa. Hasta poco tiempo antes de regresar a Buenos Aires, sin embargo, Mauricio no tendría la fuerza anímica de reconocer públicamente aquella simultaneidad de vínculos.) Esa diferencia pesaría en forma determinante en sus futuras relaciones. Lo intentaron: durante un par de semanas Mauricio vivió en el departamento de Sara, pero restablecer la pareja era imposible. Ya en los primeros días de convivencia ella identificó una ambivalencia en sus sentimientos: aunque aún seguía sintiendo cariño por Mauricio, pesaba demasiado el resentimientoque le provocaba la actitud que él había asumido con respecto a la paternidad de Simón. Racionalmente lo entendía, pero no podía justificarlo emotivamente. Mauricio queda participar en la búsqueda, pero Sara estaba decidida a aceptarlo siempre y cuando asumiera plenamente su papel de padre de Simón. Iniciaron una terapia con psicólogos que trabajaban con las Abuelas de Plaza de Mayo, y allí constataron que no sólo estaban buscando a su hijo, también se buscaban ellos mismos. Pero esa búsqueda no partía de cero, sino que estaba cargada con un pasado que en parte les era común, y que en los últimos años había sido disímil para ambos. Como muchos exiliados, Mauricio estaba carcomido por el sentimiento de culpa de los sobrevivientes, por no haber estado en prisión y haber podido escapar al exterior. Aunque rápidamente quedó claro para ambos que no sería posible reconstruir su relación de pareja, lograron sin embargo compartir intensamente la búsqueda de Simón.

El 12 de noviembre el Secretariado Internacional de Juristas por la Amnistía en Uruguay (SIJA U) presentó ante la Cámara de Apelaciones en lo Criminal de Buenos Aires un recurso de hábeas corpus en favor de 117 uruguayos “desaparecidos en Argentina luego de ser detenidos por fuerzas represivas argentinas y uruguayas “. El 30 de noviembre la Cámara comunicó el rechazo de la denuncia, amparándose en los informes de los ministerios del Interior y Defensa que negaron que las personas mencionadas “estuviesen o hubiesen estado detenidas oficialmente El rechazo de la Cámara incluyó el caso de Mariana Zaffaroni, del que se habían proporcionado informaciones tan concretas como la identidad y el domicilio de sus raptores.

Desde hacía algunas semanas Sara venía investigando un caso en el que cada nuevo dato abonaba la hipótesis de que se trataba de su hijo. Era un niño que había sido supuestamente adoptado por un alto oficial de la marina argentina, miembro, además, de una de las familias más acaudaladas y patricias del país. Mauricio se integré de inmediato a la pesquisa.
Muchas cosas coincidían: era pelirrojo, tenía la misma edad de Simón y por las fechas que habían proporcionado los informantes el chico había aparecido en la familia poco después del secuestro. El matrimonio tenía otros hijos mayores, lo que reforzaba la-hipótesis de una adopción espontánea, y no planificada como suelen serlo las de parejas que no pueden concebir. Chequearon muchos detalles, analizaron varias fotografías (en una de ellas el niño aparecía vestido de marino y haciendo la venia) y vigilaron los movimientos de la casa durante semanas. Todo parecía encajar, hasta que un día el sueño se desmoronó. Uno de los datos esenciales que intentaban confirmar era la fecha exacta en la que el niño había aparecido en la familia. El informante, que estaba vinculado al matrimonio adoptivo, logró establecer sin ningún tipo de dudas el día en que el chico fue entregado a la pareja: había sido antes del secuestro de Simón.
Sara y Mauricio sufrieron una enorme decepción; estaban persuadidos de que lo habían encontrado y el golpe fue muy rudo. Pocos días después, sin embargo, habían comenzado a investigar otras pistas, pero ninguna los condujo a Simón. Cuando no hubo más pistas, ni datos, ni siquiera una pequeña corazonada, Sara regresó a Montevideo.
No tenía casa —su hermano y su cuñada, con quienes convivía antes de ir a Buenos Aires, estaban en proceso de separación y consideró inadecuado permanecer allí en esas circunstancias—, no tenía trabajo y regresaba sin nada concreto sobre el paradero de Simón. Pero el balance que hizo no fue completamente negativo: esos meses de intenso trabajo de investigación le habían ayudado a adquirir madurez, mesura y calma para enfrentar lo que sabía sería su futuro: seguir buscando a su hijo mientras tuviese fuerzas.
1985. En Uruguay encontró una situación política muy diferente a la que había dejado cuando viajó a Buenos Aires. El Partido Colorado había ganado las elecciones en noviembre de 1984 y se preparaba para asumir el gobierno. El país entero discutía una propuesta de amnistía general e irrestricta para presos políticos y exiliados. El Parlamento entró en funciones en febrero y aprobó la amnistía. Sara estuvo en la puerta de la Cárcel Central —adonde habían sido trasladadas las últimas prisioneras— para asistir a la salida de sus excompañeras en lo que fue una verdadera fiesta popular.

El proceso de liberación de los presos había comenzado el año anterior simultáneamente con las negociaciones entre los militares y los partidos políticos en procura de un acuerdo que concretara el regreso a la democracia. Entre el fin de 1984 y marzo de 1985 fueron liberados cerca de 700 presos políticos.

Los exiliados retomaban en cada vuelo desde todas partes del mundo. Fueron meses de reencuentros con amigas y amigos y de esperanza en la justicia que aportaría la democracia recuperada. Se abría en ese entonces una enorme expectativa sobre las posibilidades de que los crímenes cometidos por los militares fuesen investigados y sus responsables juzgados. Las organizaciones de derechos humanos coordinaban sus esfuerzos y acumulaban material para presentar las denuncias formales. Sara participaba activamente en esa tarea; era a menudo entrevistada por la prensa y se la invitaba a intervenir en numerosos actos públicos que reclamaban el restablecimiento de la justicia y la restitución con vida de los desaparecidos.
Ese año se inició en Argentina el juicio público promovido por el gobierno de Raúl Alfonsín, representado por el fiscal Julio César Strassera,  contra los tenientes generales Jorge Rafael Videla, Roberto Viola y Leopoldo Galtieri; los almirantes Emilio Massera, Armando Lambruschini y Jorge Anaya; y los brigadieres generales Orlando Agosti, Omar Graffigna y Basilio Lami Dozo, integrantes de las Juntas de Comandantes bajo cuyo gobierno se produjeron las violaciones a los derechos humanos. El proceso era televisado en directo, aunque sin audio, y durante varios meses se edité un diario del juicio donde se reproducían las síntesis de los principales testimonios del día anterior. Argentina se miraba en un espejo en el que se reconocía dolorosamente. En esta nueva instancia judicial volvieron a declarar Sara, Quadros y Zina, a quienes se agregaron Margarita Michelini, Raúl Altuna, Asilú Maceiro, Enrique Rodríguez Larreta (padre), Elba Rama y Washington “Perro” Pérez, quien en 1976 fuera utilizado como intermediario en las negociaciones por el rescate de Gerardo Gatti. Sara viajó en varias oportunidades a Buenos Aires para testificar en esos procesos que, en la mayoría de los casos, terminaron con sentencias de prisión para los acusados. En cada una de esas ocasiones tomaba contacto con las Abuelas, esperando que hubiese surgido algún nuevo dato que le permitiese retomar la investigación, pero sus esperanzas eran vanas.
Mientras tanto, en Montevideo también se promovieron varios juicios contra los militares. En abril los Familiares de Desaparecidos, asistidos por el Instituto de Estudios Legales y Sociales del Uruguay (lelsur) y el Servicio Paz y Justicia (Serpaj), presentaron una denuncia por las desapariciones de uruguayos en Argentina fundada en los testimonios de los “repatriados” y otras víctimas de la dictadura. En setiembre retornó a Uruguay el niño Amaral, hijo de Floreal García y Mirtha Hernández, quien había desaparecido en noviembre de 1974 cuando sus padres fueron secuestrados. Amaral fue recuperado gracias al trabajo de las Abuelas de Plaza de Mayo y la obstinada labor del entonces senador del Frente Amplio Germán Araújo, quien lo acompañé personalmente en el viaje de regreso.
Después de tantos años de inestabilidad, de inseguridad y de cambios casi permanentes, Sara necesitaba comenzar a sentar las bases de cierta “normalidad”. Por eso aceptó trabajar en una guardería (Despierta y canta) que mediante un convenio con la flamante Comisión por el Reencuentro de los Uruguayos recibía a los niños de los desexiliados además de los chicos de la zona, el barrio Sur. Ese trabajo le permitía un nuevo vínculo con su vocación de maestra y el contacto diario con los niños le aportaba alegría y dinamismo. Su vida afectiva, además, empezaba a dar un vuelco muy importante: se había reencontrado con Raúl, a quien conociera en 1982, y la relación iba creciendo a medida que pasaban los meses. Sin prisa, pero sin
pausa, comenzaban a pensar en vivir juntos.
1986. Entre los juicios promovidos durante el año anterior había uno iniciado por los Familiares de Detenidos Desaparecidos en el que se incluía, junto a otros casos, el de Sara y Simón. El juez que entendía en la causa, el doctor Dardo Preza, quedó hondamente impactado por éste y no dudó en otorgarle prioridad frente a las otras denuncias. A poco de investigar estableció las identidades completas de varios militares acusados en el caso, como Gavazzo, Jorge Silveira, Cordero y otros. Por otra parte, la justicia argentina continuaba con su propia investigación sobre los hechos de Orletti, y en abril solicitó formalmente la extradición de los tres militares mencionados. La cancillería uruguaya nunca contestó los exhortos argentinos y, en junio, Gavazzo, Silveira y Cordero fueron procesados “en ausencia” (los tres serían incluidos en el indulto decretado por el presidente argentino Carlos Saúl Menem en octubre de 1989).
El avance de los procesos judiciales comenzaba a conmover a toda la sociedad. Los jerarcas militares se inquietaban y celebraban reuniones privadas en las que discutían de qué forma debían presionar al sistema político para que se detuvieran las denuncias y los juicios. Frente a ello, las organizaciones populares respondían con “caceroleos”, manifestaciones y concentraciones en el ámbito parlamentario se había integrado una comisión investigadora sobre los casos de Michelini y Gutiérrez Ruiz, asesinados en Buenos Aires en 1976. Una testigo —enfermera, de 44 años— declaró ante esa comisión que el capitán Pedro Mattos —el mismo que participara en el operativo de la falsa invasión— le había confesado pocas semanas después de los asesinatos que él había sido el verdugo: “Michelini estaba al lado mío, y le pegué un tiro en el medio de la cara”, le habría dicho Mattos a la enfermera. Según su testimonio, el militar recibió un pago especial de 12 mil dólares por el “trabajo” y desde entonces padecía delirios de persecución: estaba persuadido de que lo querían envenenar y sólo se alimentaba con comida enlatada.
En los últimos meses del año el juez Preza citó a los militares identificados para interrogarlos sobre varios de los episodios denunciados y, particularmente, sobre su participación en el secuestro y la desaparición de Simón. Pero los militares no se presentaron. Fueron nuevamente citados, y esta vez con un plazo perentorio, expirado el cual el juez debía requerir su comparecencia por la fuerza si ello fuese necesario.
El entonces ministro de Defensa, teniente general (retirado) Hugo Medina, afirmó públicamente que las citaciones estaban guardadas en su caja fuerte y que ningún militar se presentaría a declarar ante un juez civil por esos hechos. El conflicto de poderes quedó instalado, y algunos sectores políticos vinculados al gobierno de Julio María Sanguinetti comenzaron a plantear que la crisis debía ser resuelta mediante la aprobación parlamentaria de una ley de amnistía para los militares. La decisión de la Suprema Corte de Justicia en una querella de competencias que había planteado la justicia militar agregó aun más tensión entre los sectores castrenses. Los militares habían exigido que las denuncias de violaciones a los derechos humanos acaecidas durante la dictadura fueran juzgadas por “su” justicia, reclamo desestimado por la Suprema Corte que habilitó todos los procesos iniciados por la vía penal. No se trataba sólo del caso de los “repatriados”; a esa altura eran casi 400 las denuncias que se embotellaban en los juzgados y en ellas se acusaba con nombre y apellido a cerca de 200 policías y militares.
En la noche del 22 de diciembre, pocas horas antes de que expirara el plazo legal para que los militares se presentaran al juzgado y con rumores de golpe de Estado como telón de fondo, el Parlamento aprobó por mayoría la ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, una verdadera amnistía para militares y policías que habían violado los derechos humanos durante el período dictatorial. Esta ley, obviamente, colocaba un obstáculo insalvable para que Sara pudiese obtener por medio de la justicia penal uruguaya elementos que la ayudaran a orientar sus pesquisas en Buenos Aires. Una vez más, el camino para llegar hasta Simón se desdibujaba.
Ese día el Palacio Legislativo había permanecido rodeado por miles de personas que respondieron a la convocatoria de las organizaciones de derechos humanos que se oponían a la ley. Sara y Raúl estaban allí. Caía la tarde y la espera se hacía cada hora más tensa. Sara se separó del grupo con el cual había llegado hasta allí y fue a conversar con integrantes del sindicato de maestros. De pronto alguien preguntó por ella en voz alta y quienes la conocían la señalaron. La persona se acercó y la abrazó, visiblemente emocionada. Le preguntó si ya había hablado con Germán Araújo, entonces senador del Frente Amplio y con una destacada labor en la denuncia de las violaciones a los derechos humanos. Sara preguntó por qué Araújo debería hablar con ella. La persona no contestó, pero antes de irse la volvió a abrazar diciéndole que pronto tendría novedades de su hijo. Estaba acostumbrada a que mucha gente se le acercara con gestos emotivos de solidaridad, pero en este caso había surgido un elemento concreto sobre Simón. Le contó a Raúl lo que había sucedido, y ambos quedaron perplejos e intrigados. Algunas horas más tarde, dentro del Palacio Legislativo, la ley de caducidad resultaba aprobada mientras afuera la demostración era reprimida por los grupos de choque de la Policía. Raúl resultó con un brazo fracturado.

jueves, 1 de marzo de 2012

GERARDO

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GERARDO
1987. En la semana posterior a la aprobación de la ley de caducidad, los sectores que se oponían a la impunidad iniciaron una campaña de recolección de firmas para derogarla por medio de un referéndum. Desde los Familiares de Detenidos Desaparecidos, Sara participó activamente en la conformación de la Comisión Nacional pro Referéndum que presidirían Elisa Dellepiane de Michelini y Matilde Rodríguez Larreta, viudas de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, los parlamentarios uruguayos asesinados en Buenos Aires en 1976, y María Esther Gatti de Islas, abuela de la niña desaparecida Mariana Zaifaroni Islas, quien representaba al grupo de Familiares. En la convocatoria al pueblo uruguayo para que apoyara la iniciativa se afirmaba: “Pretextando la amenaza de un golpe de Estado se cometió el error de someter la democracia a la tutela de los mismos que hasta hace muy poco se dedicaron a deshacerla. No sabemos en qué plazo ya qué velocidad vamos a ir padeciendo las consecuencias de este error. Sí sabemos cuánto dolor le ocasionará a nuestro pueblo. [41 Hay, pues, dos clases de uruguayos: los impunes, dotados de la razón de la fuerza, y los indefensos, aunque tengan la fuerza de la razón”
También en esos primeros días de 1987 Germán Araújo tomó contacto con Hugo Cores, secretario general del PVP, para fijar un encuentro. Cores, quien ya conocía el extraño episodio de los alrededores del Palacio Legislativo, advirtió a su vez a Raúl y decidieron concurrir ambos a la cita. Allí, Araújo les relató que había recibido información que consideraba veraz sobre un chico que estaría viviendo en Montevideo con familiares de un militar uruguayo que en 1976 y 1977 viajaba a menudo a Buenos Aires. La fecha de la adopción era apenas posterior a la desaparición de Simón, y
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tenía la misma edad. Además, la familia adoptiva había dado versiones contradictorias entre sus parientes y conocidos sobre la procedencia del niño. Araújo era partidario de no informar a Sara hasta que la investigación hubiese aportado más seguridad de que estaban sobre una pista confiable. Raúl. sin embargo, opinó que era necesario enterarla para que ella decidiera qué deseaba hacer. Sara tomó inmediatamente las riendas de la investigación que comenzó con la ayuda de un pequeñísimo grupo de personas. La búsqueda se haría sin mido, intentando preservar al máximo la identidad de los involucrados para evitar innecesarios daños emocionales. Por otra parte, Sara se comprometió públicamente en la batalla para derogar la ley de caducidad.
En febrero culminaba en Argentina el plazo legal estipulado por la llamada “ley de punto final” para que se presentaran ante la justicia denuncias contra militares por violaciones a los derechos humanos. Se libraba allí una verdadera guerra de nervios institucional entre los tribunales militares, que se negaban a juzgar a sus compañeros de armas, y los civiles, que al momento de aprobarse el “punto final”, en noviembre del año anterior, habían
procesado a más de 40 militares, policías y agentes civiles de inteligencia.
El gobierno de Raúl Alfonsín esperaba que al expirar el plazo no hubiese más de medio centenar de encausados, pero sus cálculos fueron avaros: en febrero, la justicia argentina difundía una lista de 250 violadores de derechos humanos que quedaban procesados. A diferencia de lo que sucedía en Uruguay, allí se investigaban las atrocidades cometidas por el terrorismo de Estado durante la dictadura y se difundían públicamente los nombres de los responsables.
La reacción de los militares argentinos llegaría en abril. Unos 80 boinas verdes, excombatientes de las Malvinas, con sus rostros pintados de negro, se amotinaron en Campo de Mayo, a 25 kilómetros de la capital argentina, liderados por el teniente coronel Aldo Rico y apoyados por varias importantes guarniciones del Interior. Exigían, entre otras cosas, la destitución de la jefatura del ejército del general Héctor Ríos Ereñú, acusado de “claudicante”, y el fin de los juicios por “actos de servicio” cumplidos durante la guerra sucia. La población bonaerense reaccionó concentrándose espontáneamente en la Plaza de Mayo en apoyo al presidente Alfonsín. Después de marchas y contramarchas, los amotinados se rindieron, pero resultaron vencedores. No sólo “renunció” el general Ríos, sino que lo siguieron otros 14 generales. En cuanto a los juicios, el gobierno implementó la “ley de obediencia debida” que, de hecho, proclamó la inocencia de la mayor parte de los acusados por las gravísimas violaciones a los derechos humanos. De ahí en adelante el sector ultraderechista de las fuerzas armadas argentinas sería conocido como los “carapintada”, quienes más de un año después, en diciembre de 1988, protagonizarían otra rebelión (el alzamiento de Villa Martel) liderados por el coronel Mohamed Alí Seineldín. Algunos de los cabecillas visibles de esa acción serían procesados y condenados, pero a cambio el movimiento militar obtuvo del presidente argentino Carlos Saúl Menem el indulto general para todos los responsables de la guerra sucia decretado en 1989, que incluía a los integrantes de las Juntas de Comandantes.
En Uruguay, la campaña de recolección de firmas comenzó oficialmente el 22 de febrero; movilizó a miles de personas en todo el país y ocupó el primer plano de la escena política durante todo ese año. Como en los tiempos previos al fin de la dictadura, hombres y mujeres, jóvenes y viejos de todos los partidos mancomunaban su esfuerzo por una causa que, sentían, era más ética que política.

El artículo 4 de la ley de caducidad dejaba expresamente fuera de sus efectos los casos de “personas presuntamente detenidas en operaciones policiales o militares y desaparecidas, así como de menores presuntamente secuestrados en similares condiciones “, y obligaba al Poder Ejecutivo a efectuar las investigaciones consecuentes. El resultado de esa pesquisa debía ser comunicado a los denunciantes, aunque los culpables de los delitos que se probaran quedarían eximidos de responsabilidad penal. La ley no específicaba qué organismo debía investigar En mayo, el presidente Julio María Sanguinetti encomendó la tarea al ministro de Defensa, Juan Vicente Chiarino, quien la efectuaría “con los servicios a su cargo “, según el decreto presidencial. Chiarino designó al coronel Juan Sambucetti, fiscal militar de segundo turno, para que se encargara de cumplir con lo que disponía la ley de caducidad. Sambucetti actuó de inmediato, solicitándole a las organizaciones de derechos humanos toda la información que dispusieran sobre varios casos de desapariciones, y citó a su despacho a las víctimas para interrogarlas. Recién cuando llegaron esas citaciones se hizo pública la vía elegida por Sanguinetti para ejecutar el mandato del artículo 4. Los Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos, Ielsur y Serpaj respondieron en una carta al fiscal señalando que los testimonios constaban en cada uno de los expedientes judiciales que se habían sustanciado hasta entonces, así como en la comisión investigadora parlamentaria que había actuado en su momento, documentación que obraba en poder del Supremo Tribunal Militar facilitado por el Ministerio de Defensa. Y agregaban: “(...) el respeto al dolor de los familiares y la comunidad y la digna valoración de la función arbitral que tiene que cumplir el Estado, aconsejaban la elección de un instrumento neutral, que ofreciera garantías de imparcialidad en el cumplimiento de cometidos tan delicados (...). A nadie puede ofrecer garantías de imparcialidad una investigación llevada a cabo por aquellos que dependen de quienes de una u otra manera están comprometidos. A los familiares tampoco les ofrece estas garantías. Por estas razones, por no estar legalmente obligados, y por contar ya el Poder Ejecutivo con toda la información disponible, los familiares no concurrirán a las citaciones que fueran libradas por la Fiscalía Militar”. La labor de Sambucetti fue puramente formal y se limitó a preguntar por escrito a las diferentes reparticiones y servicios de las fuerzas de seguridad que actuaron durante la dictadura si tenían alguna información vinculada con los hechos denunciados. Invariable y previsiblemente, todas negaron tener el más mínimo conocimiento al respecto. Sambucetti informó al ministro de Defensa que nadie sabía nada. Chiarino trasladó las actuaciones al presidente Sanguinetti, quien nada pudo aportar a los familiares de los desaparecidos y de los niños secuestrados. Caso cerrado. Sara reencontraba en la gente el fervor de los años posteriores a su liberación, cuando los vecinos montevideanos se unían para defender derechos sociales como la preservación del ambiente en sus barrios. Pero esta vez se trataba también de su hijo, era su lucha personal, y sentía que gran parte de la sociedad no quería dejarla cargar sola con todo el peso de sus ausencias. Estaba llena de optimismo y vitalidad, sentimientos que se afirmaron aun más cuando supo que estaba embarazada.
Sabía que otro hijo no sustituiría a Simón, pero estaba decidida a no resignar su maternidad. Tenía 43 años y era consciente de que no podía esperar más. Esta era quizá la última oportunidad para ver crecer a un niño suyo; lo deseaba desde sus entrañas. Aún tenía mucho amor para dar. Si su pasado le impedía sentirse completamente libre aun fuera de las rejas, el futuro, al fin, volvía por sus fueros diciendo de la forma más tierna que la vida continúa. Siempre.
El embarazo no le resultó un inconveniente para desarrollar sus actividades habituales, y aun las extraordinarias, que ese año fueron abundantes. La Comisión pro Referéndum decidió recabar muchas más firmas que las necesarias según la Constitución, previendo inconvenientes posteriores, puesto que la Corte Electoral debía constatar, una por una, su validez. Los ministros del organismo podrían ser presionados a fin de que se eliminaran tantas firmas como fuesen necesarias para impedir el referéndum.
Desde su inicio la investigación a partir de la pista obtenida por Araújo aportaba sólidos elementos positivos. Los datos primarios fueron ampliados. Ya se sabía que Zully Morales y Carlos Vázquez, el matrimonio adoptante, habían dado versiones contradictorias entre sus familiares y conocidos sobre el origen de la criatura, a lo que se sumaba el parentesco con un militar (casado con una prima hermana de la madre adoptiva). Los informantes no tenían muchos datos sobre el militar, apenas que entre 1976 y 1977 viajaba con frecuencia a Buenos Aires. Poco después se pudo precisar el grado y el nombre completo: se trataba del coronel Juan Antonio Rodríguez Buratti.
La etapa siguiente fue ponerle una cara al nombre del militar. Sorteando todo tipo de dificultades la fuente logró obtener una fotografía de Rodríguez Buratti, la colocó dentro de un sobre y se la envió a Sara por medio de la cadena de conocidos y amigos que operaba como enlace y protección del informante. Cuando Sara abrió el sobre tuvo que apoyarse en la pared: el de la foto, el coronel Rodríguez Buratti, era el oficial “301”, aquel que Gavazzo señalara en el SID como el responsable de traer a Simón desde Buenos Aires, implicado en las atrocidades y desapariciones de Orletti y en la falsa detención de Shangrilá. Exhibió la fotografía a otros sobrevivientes de Orletti, quienes también lo identificaron, así como a Julio César Barboza, el soldado que estaba dentro del furgón militar en el que los condujeron a Shangrilá para la conferencia de prensa, y que en denuncias ante la justicia ya había individualizado al coronel Rodríguez Buratti como el jefe del Departamento 3 del SID y uno de los responsables de los secuestros perpetrados en Argentina contra ciudadanos uruguayos. Barboza agregó que la tropa le llamaba “Burratti”, por su reconocida torpeza intelectual.
En ese momento encajaron perfectamente en el puzzle que intentaba armar desde hacía años las dos insólitas escenas ocurridas en el SID, una en privado y otra en público, en las que Gavazzo responsabilizara a “301” por la devolución de Simón. Si Gerardo era Simón, en noviembre de 1976, cuando se produjeron esos dos episodios, el niño ya había sido entregado a sus padres adoptivos, y seguramente Gavazzo había discrepado con que la criatura terminara en Montevideo ya que en el futuro podía poner aun más en evidencia la participación de militares uruguayos en las desapariciones de Argentina. Si la supervivencia de una madre a la que se le había robado el hijo ya era para Gavazzo una piedra en el zapato, que el niño fuese entregado en Uruguay iba contra el más elemental criterio de seguridad. Pero todo se explicaba si “301” había asumido personalmente la responsabilidad de la desaparición, y sólo intereses muy fuertes podían haber decidido a Rodríguez Buratti a enfrentar al todopoderoso Gavazzo. La relación entre su esposa y la madre adoptiva de Gerardo era muy estrecha, por lo tanto conocían detalladamente los intentos frustrados de los Vázquez para adoptar un niño; y un pequeño dato obtenido en esas semanas completó el cuadro de las posibles motivaciones de Rodríguez Buratti: quizás una suerte de identificación compasiva lo animó a desafiar cielo y tierra: su mujer estaba embarazada a término cuando los Vázquez recibieron a Gerardo.
A partir de estos indicios fuertes, claros, concretos, Sara fundó una sospecha razonable de que ese joven podía ser Simón. La reacción de la familia adoptiva, que siempre se negó a realizar una prueba de compatibilidad genética, o siquiera a mantener un diálogo franco y directo, y la mediocridad con que la justicia uruguaya abordó este caso impidiendo durante 15 años un desenlace simple y oportuno, alentaron que la sospecha se fuera transformando en convicción. Sara y Mauricio intentaron todo, desde el contacto personal y tranquilizador con los Vázquez, las cartas reflexivas, los encuentros personales con Gerardo, la espera pasiva y hasta la justicia penal. Nada logró destrabar una situación que se cristalizó durante 15 años. Sara creía haber encontrado a Simón. En su corazón la duda ocupaba apenas un pequeño rinconcito, casi invisible. Durante esos años Sara y Raúl se casaron y tuvieron una niña que no logró sobrevivir a una delicada operación que debieron practicarle al nacer, El reclamo judicial para probar si Gerardo Vázquez era Simón tuvo numerosas alternativas, algunas muy positivas, pero siempre impedidas o distorsionadas por un “ánimo” hegemónico en las más altas instancias del Poder Judicial, totalmente compenetradas en este caso con los intereses políticos de los sucesivos gobiernos.
El equívoco duró demasiado tiempo, y provocó daños innecesarios en todos sus actores, a Sara ya Mauricio, como a la familia Vázquez. Por eso, para esta segunda edición se ha sintetizado al máximo la engorrosa y larga peripecia judicial en torno a esta etapa del caso, aunque se han conservado ‘las notas de contextualización con información acerca de los principales hechos vinculados a este tema ocurridos en ese período.
En agosto la comisión investigadora parlamentaria sobre los asesinados de Michelini y Gutiérrez Ruiz, luego de casi dos años de labor; clausuró su actividad sin lograr que concurriera a declarar uno solo de los militares acusados de haber participado en los homicidios. En su balance final, la comisión señaló que el permanente obstruccionismo oficial le impidió alcanzar “ciertas conclusiones más terminantes o que progresara significativamente la investigación emprendida “. Por eso, aunque afirmó que “La coordinación represiva entre los regímenes dictatoriales de Uruguay y Argentina ha sido una triste realidad ampliamente conocida, tanto en el área de intercambio de información como también en el intercambio de detenidos ilegales”, la comisión concluyó que “no (se) ha reunido prueba alguna de participación directa, en los secuestros y homicidios investigados, de personas de nacionalidad oriental “. El Parlamento decidió enviar a la justicia todos los antecedentes sobre el caso reunidos por la comisión. “Un entierro de lujo “, comentaron entonces varios legisladores, y tuvieron razón.
El 17 de diciembre la Comisión Nacional pro Referéndum entregó 630 mil firmas a la Corte Electoral, superando ampliamente las requeridas constitucionalmente para llamar a una consulta popular En el último día del año, en Buenos Aires, el juez Juan Ramos Padilla restituyó a su familia biológica a María Victoria Moyano Artigas, nacida en el “pozo de Banfield” el 25 de agosto de 1978. María Victoria es hija de Alfredo Moyano (argentino) y María Asunción Artigas (uruguaya), ambos secuestrados el 31 de diciembre de 1977 en su domicilio del barrio Berazategui. María Asunción estaba embarazada de cuatro semanas y fue conservada con vida hasta que dio a luz. Pocos días después del nacimiento, María Victoria fue entregada al comisario Oscar Antonio Penna, entonces jefe de la Brigada de Investigaciones de San Justo. El comisario confió la niña a su hermano, Víctor Penna, y a su esposa, María Mauriño, quienes fraguaron un certificado de nacimiento e inscribieron a la niña como propia. Un año después, Víctor Penna falleció. La ubicación y restitución de María Victoria fueron posibles gracias a la investigación de las Abuelas de Plaza de Mayo y a la celeridad con que actuó la justicia argentina.
1988
A fines de 1988 la Corte Electoral, luego de tomarse más de un año para verificar las firmas, anunciaba que unos 35 mil ciudadanos, a quienes citó por nombre
y apellido provocando que el acto de suscribir el referéndum dejara de ser confidencial, debían ratificar sus signaturas, trámite que sería efectuado en una sola jornada y en horario de oficina. Fue la última y vergonzosa chicana para evitar que el pueblo se expresara en las urnas. Durante el proceso de verificación de las firmas la Corte Electoral había incurrido en groseras violaciones de la legalidad anulando firmas de conocidos dirigentes políticos y sindicales, y suspendiendo para ratificación— las de otras muchas conocidas personalidades que habían adherido públicamente a la iniciativa. Por ejemplo, la del general Líber Seregni; presidente del Frente Amplio. La jornada de ratificación de las firmas se cumplió el 17 de diciembre y culminó exitosamente para quienes impugnaban la ley de caducidad con un marco de movilización popular que mantuvo en vilo a toda la población hasta el último minuto de la hora en que se cerraban las mesas receptoras. El número de ratificación de firmas necesario para llamar a un referéndum fue ampliamente superado. La campaña por el voto verde --llamado así por el color de la papeleta que en la votación identificaría a la propuesta de derogar la ley— comenzó casi inmediatamente. Quedaban dos meses escasos para explicar a quienes aún no estaban convencidos las razones por las que era necesario apoyar la iniciativa.

El 16 de abril de 1989 el voto verde fue derrotado con un 42.5 por ciento frente a un 57 por ciento para el voto amarillo, favorable al mantenimiento de la ley. A pesar de que espiritualmente se había preparado para ese resultado, Sara sintió una decepción enorme, que rápidamente dio paso a la bronca y la rebeldía. Ese día se juró a sí misma no detenerse hasta recuperar a su hijo, así tuviese que luchar absolutamente sola el resto de su vida. Poco después, en una entrevista periodística, aludiendo a que muchos de quienes habían votado por mantener en vigencia la ley de caducidad no se atrevían a sostenerlo públicamente, Sara calificó al voto amarillo como “silencioso, antes y después del plebiscito. Ese silencio tiene mucho de vergüenza. Tal vez quieran borrar hasta lo que votaron porque no actuaron de acuerdo a su conciencia, sino por temor. El voto amarillo fue una opción de pérdida, de sacrificio de ciertos valores. Y eso da vergüenza”.

Las elecciones generales de noviembre de 1989 produjeron cambios radicales en el mapa político uruguayo. El nuevo presidente de la República sería el blanco Luis Alberto Lacalle cuyo programa de gobierno prometía eficacia, modernización y privatizaciones de empresas públicas. El Frente Amplio recibía la mejor votación de su historia y obtenía la mayoría relativa en Montevideo. El doctor Tabaré Vázquez, carismático y excelente polemista, sería el primer intendente de izquierda en la capital. El Partido Colorado, por su parte, perdía casi un cuarto de su electorado de 1984.
1990. Con los votos de todos los colorados presentes en sala y la mayoría de los blancos, el Parlamento aprobó las venias para los ascensos de cuatro militares acusados de haber violado los derechos humanos. Ellos eran los coroneles Yelton Bagnasco, Mario Aguerrondo y Raúl Sampedro. El cuarto era el teniente coronel Manuel Cordero, quien participó activamente en las torturas y desapariciones de uruguayos en Buenos Aires, y estuvo presente en el secuestro de Simón y en las negociaciones del SID.
A mediados de año se conocieron revelaciones sobre el caso Elena Quinteros que implicaban al excanciller de la dictadura y entonces senador del Partido Colorado, Juan Carlos Blanco. Según un documento que formaba parte de un expediente hallado ‘fortuitamente” en un rincón del Edificio Libertad, sede de la Presidencia de la República, la cancillería de la época había evaluado las “ventajas” y “desventajas” de acceder al requerimiento del Ministerio de Relaciones Exteriores venezolano, que exigía se le entregara a la mujer (Elena) que en 1976 había sido secuestrada de los jardines de su embajada en Montevideo por agentes del gobierno uruguayo. El documento, que probaba la responsabilidad de la inteligencia uruguaya en el episodio, ,aparecía dirigido a Blanco y había sido elaborado por el funcionario Alvaro Álvarez, entonces encargado de Asuntos Políticos del Ministerio y a la sazón embajador uruguayo en Gabón, quien reconoció su autoría. El acusado excanciller solicitó la integración en el Senado de una comisión investigadora. Algunos meses después, la comisión elevó al plenario de la Cámara cuatro informes deferentes. Dos de ellos, el de Germán Araújo del Frente Amplio y el de Carlos Cassina del Partido por el Gobierno del Pueblo, reclamaban con matices una condena concreta y el envío de los antecedentes a la justicia penal. La mayoría del Senado (17 votos en 30), sin embargo, y a pesar de todas las pruebas acumuladas, decidió que no había mérito para condenar a Juan Carlos Blanco, y también rechazó la intervención de la justicia. Asunto archivado.

martes, 28 de febrero de 2012

LA ESPERANZA

LA ESPERANZA
En febrero de 1996, en virtud de recientes disposiciones legales que rebajaron el límite de la mayoría de edad de 21 a 18 años, Gerardo, con 20, quiso asumir su propia representación ante la justicia, de forma que ahora él y Sara quedarían enfrentados directamente ante la justicia.
Sara continuará la búsqueda de Simón. Piensa que es algo instintivo, que surge de su naturaleza como lo haría de la de cualquier madre. Está convencida de haberlo encontrado, aunque esa convicción sólo se transformará en certeza cuando sea confirmada por un examen de sangre. Sin darse cuenta, en estos últimos años ha ido poniéndole un rostro a aquel bebé de 20 días. Y por los comentarios que recibe de quienes lo conocen y frecuentan, a ese rostro le ha sumado una personalidad, una forma de ser.
Aunque le gustaría que su posición fuese otra, entiende la negativa de Gerardo a hacerse la prueba de sangre. El sólo conoce y se siente afectivamente ligado a esas figuras que desde muy temprano aparecieron como sus padres. Tiene su barrio, su historia, elementos que le aportan seguridad. Ahí está enraizada su persona. Teme perder el afecto de quienes lo criaron porque ellos se niegan a aceptar la prueba de histocompatibilidad. Sara sabe que la situación de Gerardo no es como la de otros hijos adoptivos que, a partir de cierta etapa de su vida, se plantean la necesidad imperiosa de conocer sus orígenes e inician una búsqueda muchas veces desesperada, sin contar con ningún elemento concreto. En este caso se trata de un niño que pudo haber sido secuestrado por la dictadura con toda la carga que implica saberse parte de esa historia tan trágica y dolorosa. Piensa que tampoco ha sido fácil para él mantener esta interrogante abierta durante tantos años, y al respecto recuerda que durante las audiencias judiciales en las que compareció, varias veces utilizó la expresión “Yo no soy hijo; yo no soy hijo”, refiriéndose a que no es hijo de quien dice que podría ser su verdadera madre. Pero a Sara le sonó como una suerte de negación de su propia condición filial, algo que revela los profundos conflictos en los que se debatiría cualquier muchacho en su posición. Sabe que puede haber gente que piense que él es insensible por negarle la posibilidad a una madre de saber si debe o no seguir buscando a su hijo, pero ella lo defiende porque piensa que los adultos han sido incapaces de resolver el problema y le han transferido la mayor responsabilidad al más indefenso de los involucrados, a quien es la primera víctima porque nunca tuvo oportunidad de optar. En opinión de Sara, la justicia uruguaya ha demostrado en este caso su debilidad como poder independiente negándose a dictaminar la prueba de sangre; una negativa muy parecida a la cobardía cuando se encubre detrás de la impotencia de un joven para disimular la propia claudicación.
Esta historia, la historia de Sara buscando a Simón, empezó hace 26 años. Y ahora tiene final, ése que elegimos poner al principio: Simón y Sara se han reunido. Pero muchos de los personajes que desfilan por esta historia siguen estando entre nosotros. Algunos aparecen a menudo en las noticias, en la televisión; otros pueden vivir en nuestro mismo barrio; podríamos coincidir cualquier día con alguno de ellos en un cine, un tablado, un restorán o compartir el asiento del ómnibus. Hoy, ahora, están casi todos aquí. Los valores que se confrontan en este relato continúan pugnando, y no pocas de las luchas que aquí se mencionan se siguen desarrollando. Esta historia ha cambiado radicalmente, y es momento de celebrarlo. Simón está entre nosotros.
Por eso, porque la verdad es posible, la lucha continúa.

sábado, 25 de febrero de 2012

ANEXO "LOS REPATRIADOS".

Anexo
Los “REPATRIADOS”
 
1- Jorge González Cardozo
2- Elizabeth Pérez Lutz
3- Raquel Nogueira Paullier
4- Raúl Altuna
5- Margarita Michelini
6- Eduardo Dean Bermúdez
7- Enrique Rodríguez Larreta (hijo)
8- Enrique Rodríguez Larreta (padre)
9- Sergio López Burgos
10- Asilú Maceiro Pérez
11- Ana Quadros Herrera
12- Elba Rama Molla
13- Sara Méndez Lompodio
14- Ana Salvo Sánchez
15- José Félix Díaz
16- Laura Anzalone -
17- Gastón Zina Figueredo
18- Cecilia Gayoso Jáuregui
19- Mónica Soliño Platero
20- Ariel Soto Loureiro
21- Alicia Cadenas Ravela
22- Edelweis Zahn Freire
23- Víctor Lubián Peláez
24- Marta Petrides de Lubián
25- María del Pilar Nores
26- Alvaro Notes.