martes, 13 de marzo de 2012

CRONOLOGIA 1996 -2002

CRONOLOGIA1996 -2002

(La selección de los hechos vinculados con los derechos humanos reseñados en esta cronología es responsabilidad del autor, y está hecha a partir de una formidable base de datos construida y mantenida por Sara Méndez y Raúl Olivera desde la secretaría de derechos humanos del PIT-CNT. Ese exhaustivo trabajo, además, es generosamente compartido por ellos con quienes lo necesitan y valoran, como en este caso. Todos los méritos, pues, son para Sara y Raúl, y los errores me deben ser atribuidos.)

1996
FEBRERO
-Gerardo Vázquez, el joven que se presume podría ser Simón, se presenta ante el Tribunal de Apelaciones de Familia de ler. Turno, acreditando su mayoría de edad.
-La revista Posdata publica declaraciones de un oficial retirado de las Fuerzas Armadas sobre el destino de los detenidos desaparecidos, afirmando que en todos los casos “murieron durante los interrogatorios militares, y que sus cuerpos fueron enterrados en predios correspondientes a diversos cuarteles de las FF.AA”, y que entre ellos habría algunos “extranjeros desaparecidos en nuestro territorio por la coordinación de las fuerzas represivas”.
ABRIL
-La justicia de Chile responde el exhorto remitido por la justicia uruguaya, solicitando antecedentes que le permitan investigar si el cadáver encontrado en un balneario es el de Eugenio Berríos.
-En el llamado “Día de los caídos”, el general (r) Nelson Rodríguez, del Centro Militar, y el coronel (r) Alberto Lerena, del Círculo Militar, plantean que los reclamos sobre desaparecidos, suponen una búsqueda de revisionismo y revanchismo.
-La revista Posdata publica los testimonios de dos personas que se identifican como “Gustavo” y “Marcos”, integrantes de inteligencia naval, señalando algunos nombres de responsables, y de las operaciones conjuntas con la República Argentina, donde militares uruguayos operaron en Buenos Aires con la aquiescencia del gobierno argentino.
MAYO
-El ministro de Defensa de Argentina, Oscar Camilión, declara que “si hubiera datos en la República Argentina, acerca de la colaboración que pudo existir entre las Fuerzas Armadas de Uruguay y Argentina durante las respectivas dictaduras, esa información se pondría a disposición de cualquier investigación que se realizara dentro del marco institucional correspondiente”.
-La revista tres publica declaraciones del coronel (r) José Nino Gavazzo: “Tengo por norma no hacer declaraciones ni entrar en polémicas en este tipo de asuntos. Es una norma trazada desde hace muchos años y así lo voy a seguir llevando adelante. Yo soy militar de verdad, estoy formado de una manera y la defensa mía no tiene que correr por mi parte, sino par parte de la fuerza a la que pertenezco. Como la fuerza a la que pertenezco tiene que ser, a su vez, defendida por aquellos a quienes está sujeta. Las fuerzas armadas como institución no pueden defenderse de ataques que pueden tener connotaciones políticas. El responsable de defenderlas es el comandante supremo que sí es un político. El Presidente de la República, el Poder Ejecutivo. Yo estoy en esa línea de verticalidad. Hasta que eso no falle, ahí voy a estar yo”.
-El País publica una carta del capitán de Navío (r) Jorge Néstor Troccoli, titulada “Yo asumo, yo acuso”.
-La República da cuenta de varias opiniones relativas a la carta publicada por Jorge Tróccoli. Según Rafael Michelini, se trata de “un testimonio y una dura confesión”; otro dirigente del Nuevo Espacio, el capitán de Navío (r) Gastón Silbermann, expresó que se trata de un “acto de coraje”; por su parte, Alberto Zumarán dijo que esa carta “demuestra que el tema no está totalmente terminado”; Matilde Rodríguez de Gutiérrez Ruiz, dijo que la carta contiene una “gran confusión de valores morales” que habría que “distinguir qué cosas son válidas y cuáles nauseabundas”. El ministro de Defensa Nacional, Raúl Iturria, dijo que la carta es un “llamado a la concordia nacional”. El forista Luis Brezzo expresó que los sucesos de los años 1960 y 70 “quedaron saldados hace siete años con la aprobación de la Ley de Caducidad y el plebiscito que la confirmó. Lo importante para el país es vivir en paz, trabajar en paz y preocuparse de los temas que hasta ahora hemos estado planteando. Lo mejor que podemos hacer es dejar el tema cerrado”. El comandante en jefe de la Armada, por su parte, expresó que la carta de Tróccoli no es una manifestación de revisionismo.
-Con la consigna “Verdad, memoria y nunca más”, se realiza por 18 de Julio la primera marcha de conmemoración de los 20 años del asesinato de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz.
-La Jueza de ler Turno en lo Penal de Pando, doctora Aída Vera Barreto, dictamina de acuerdo al informe forense, que el cuerpo encontrado en una playa de Canelones es el del bioquímico chileno Eugenio Berríos,
-Sara presenta ante la Suprema Corte de Justicia un recurso de casación sobre el fallo negativo dictado por el Tribunal de Apelaciones de Familia de ler. Turno.
NOVIEMBRE
-Los miembros del Comité de Naciones Unidas contra la tortura analizan el informe del Estado uruguayo, y concluyen en la existencia de insuficiencias legislativas que obstan a la aplicación completa de las disposiciones de la Convención.

1997
ENERO
-El Juez español Baltasar Garzón libra un exhorto a la justicia uruguaya solicitando la comparecencia de varios militares.
FEBRERO
-El Grupo de Trabajo sobre desapariciones Forzadas de la ONU, solicita al SERPAJ una actualización de casos de desaparición. El Estado uruguayo ante la solicitud recibida del Grupo de Trabajo, manifiesta su voluntad de investigar y proporcionar toda la información que fuera menester, “con el propósito de eliminar a Uruguay del registro de países con casos pendientes ante el Grupo”.
MARZO
-El Juez Baltasar Garzón libra orden de prisión contra Leopoldo Galtieri.
ABRIL
-El juez en lo Penal doctor Alberto Reyes dispone abrir una acción judicial para investigar si los hechos denunciados por el senador Rafael Michelini  (entierro y remoción de cadáveres de desaparecidos) ocurrieron luego del 1 de marzo de 1985. Esta resolución es apelada por la Fiscal Ana María Merello.
-Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos, presentan en el edificio Libertad un petitorio reclamando una investigación exhaustiva, imparcial y completa acerca de la suerte de sus familiares desaparecidos.
-El obispo de San José, Pablo Galimberti, difunde una propuesta de mediación de la Iglesia Católica entre las Fuerzas Armadas y los familiares de desaparecidos, para lograr una solución definitiva acerca del destino de los desaparecidos.
MAYO
-Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos emite una declaración tomando posición acerca de las propuestas de Galimberti y Rosencof. Establecen que una solución que signifique “privatizar” la verdad no es satisfactoria, remarcando que los desaparecidos no pertenecen a un sector de la sociedad en exclusividad y que no son un problema sólo de los familiares.
-Se realiza al segunda marcha por los desaparecidos, con la consigna “Verdad, Memoria y Nunca Más”.
-Según informa el semanario Brecha, una investigación realizada por el ministro de Defensa Nacional reveló que al menos dos oficiales (Thomas Cassella y Eduardo Radaelli) estuvieron vinculados al caso de Eugenio Berríos.
JUNIO - -El Tribunal de Apelaciones de 2do. Turno en lo Penal revoca la resolución del juez Alberto Reyes, del pasado 15 de abril, cenando el caso a nivel judicial y pasándolo a manos del Poder Ejecutivo, “en aplicación de la Ley de Caducidad”.
JULIO
-Sara declara ante el juez Baltasar Garzón.
SETIEMBRE
-La subsecretaría de Derechos Humanos del Ministerio del Interior de Argentina entrega a organismos de Derechos Humanos de Uruguay una lista de 122 uruguayos desaparecidos en aquel país.
DICIEMBRE
-En un documento titulado “Nuestra posición sobre el tema desaparecidos”, la logia militar Tenientes de Artigas sostiene que los desaparecidos “Están muertos debido a situaciones no buscadas, fruto de las urgencias y particularidades de las operaciones”
(...) “Accidentes o excesos no planificados” (...)“Debe quedar claro que las Fuerzas Armadas de nuestro país no elaboraron (...) una política de exterminio de sus enemigos”.
-El Presidente del Comité Central Israelita realiza declaraciones sobre los desaparecidos, sumándose a anteriores expresiones de los católicos y protestantes.
-La Suprema Corte de Justicia dicta sentencia cerrando el caso de Simón.

1998
FEBRERO
-La Suprema Corte de Justicia desestima el recurso de casación presentado por Sara sobre el caso Simón.
-Sara hace pública una carta abierta a la Suprema Corte de Justicia, criticando el fallo que negó la posibilidad de que se realizara una prueba de sangre a un menor que presumía podría ser su hijo Simón.
MARZO
-El comandante en jefe del Ejército, general Fernán Amado, designa al teniente coronel Jorge Silveira para integrar su Estado Mayor.
-El escritor Mauricio Rosencof hace pública una propuesta para que militares y “combatientes” negocien en privado y ante un tercero neutral la información confidencial existente sobre el destino de los desaparecidos.
-El Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas, al analizar el informe sobre Uruguay, reitera que se “Observa con honda preocupación que en algunos casos el hecho de mantener la Ley de Caducidad excluye de manera efectiva la posibilidad de investigar casos pasados de violaciones de derechos humanos y, por consiguiente, impide que el Estado parte asuma la responsabilidad de permitir que las víctimas de esas violaciones interpongan un recurso efectivo”.
-Durante una visita a Israel, el presidente-uruguayo Sanguinetti es blanco de reclamos por parte de la hija del desaparecido Eduardo Bleier, que logran sensibilizar a la opinión pública israelí.
-El PIT-CNT presenta los casos de desaparecidos uruguayos en la Argentina ante la Audiencia Nacional de España.
ABRIL
-El general (r) Juan Rebollo, presidente del Centro Militar, llama a “cenar filas” ante una “campaña psicopolítica” de desprestigio de las Fuerzas Armadas.
MAYO
-Se conoce el documento “Para la reconciliación Nacional”, de las Iglesias Cristianas. “La verdad sobre los hechos acontecidos —afirma el documento- debe ser conocida por el pueblo uruguayo, así como saber el paradero de muertos y desaparecidos es un derecho que asiste a sus familiares”.
-La organización HIJOS, realiza manifestaciones ante el Centro Militar y el Comando General del Ejército.
-Se presenta en Alemania una causa penal por desaparecidos en Argentina de origen alemán.
-Se realiza la tercera marcha por los desaparecidos con la consigna: “La verdad nos hará libres”
JUNIO
-En ocasión de visitar Portugal, el presidente Sanguinetti declara que “No tiene sentido jurídico ni político que alguien pretenda reabrir esos debates resueltos por el pueblo y por los poderes constituidos”.
-La Junta Departamental de Colonia resuelve remitir a la justicia española, y al Congreso argentino toda la información relativa a cuerpos NN, aparecidos en las costas de ese departamento durante las dictaduras en la región.
-Convocada por HIJOS, se realiza una marcha ante un nuevo aniversario del golpe de Estado.
-El abogado argentino Alberto Pedroncini solicita ampliar la querella por los delitos de sustracción de menores contra Videla, Galtieri y Bignoni.
JULIO
-Se crea en Roma la Corte Penal Internacional.
-Enrique Rodríguez Larreta declara ante el juez Garzón.
-El País de Madrid da cuenta de que España podrá juzgar genocidio.
AGOSTO
-Se inicia la campaña para la construcción del Parque Memorial de los Detenidos—Desaparecidos.
-El Fiscal Federal argentino Eduardo Freiler solicita instrucción ampliatoria por denuncia de sustracción de menores y sustitución de identidad, más los resultados hipotéticos de homicidio, reducción a servidumbre y privación ilegal de libertad, acompañados de sufrimientos físicos y psíquicos, contra los militares argentinos Jorge Rafliel Videla, Leopoldo Galtieri y Reynaldo Bignone.
-Sara declara ante el juez argentino Gustavo Literas, en la causa que allí se sigue por la inconstitucionalidad de los decretos de indulto.
Sara declara ante el juez argentino Adolfo Bagnasco, en la causa allí instruida por un plan sistemático para la apropiación de menores, hijos de desaparecidos.
SETIEMBRE
-Se inicia una campaña internacional cuestionando la candidatura del canciller uruguayo Didier Opertti a la presidencia de la Asamblea General de las Naciones Unidas, siendo que Uruguay tiene notorias omisiones en el cumplimiento de sus obligaciones internacionales con respecto a los derechos humanos.
-Se entrega a la esposa del presidente de Estados Unidos, Hillary Clinton, de visita al Uruguay, una nota en la que se denuncia la situación de las personas desaparecidas.
OCTUBRE
-Es detenido en Londres el dictador Augusto Pinochet, a requerimiento del juez español Baltasar Garzón
NOVIEMBRE
-La Cámara de los Lores de Gran Bretaña considera que los delitos que se le imputan al dictador Pinochet no pueden ser amparados por la inmunidad diplomática.
-Se dicta sentencia de primera instancia en la causa civil por la desaparición de Oscar Baliñas, condenándose al Ministerio de Defensa Nacional.
DICIEMBRE
-Es identificada en Buenos Aires Andrea Hernández Hobbas
1999
ENERO
-El Juez argentino Bagnasco dicta prisión preventiva contra Massera, Videla y Bignoni.
-Son exhumados en Chile varios cadáveres del predio donde funcionó la “Colonia Dignidad”, en el marco de las nvestigaciones que lleva adelante el juez Guzmán.
MARZO
-Sara, con el patrocinio legal del doctor Alberto Pedroncini, presenta acción penal constituyéndose en parte querellante en la causa contra los generales argentinos Harguindeguy, Suárez Mason, Nicolaides, Franco, Bignone, y el militar uruguayo José Nino Gavazzo.
ABRIL
-El ministro de Interior británico autoriza la continuación de los trámites de extradición de Pinochet.
MAYO
-Es nombrado prefecto de Punta del Este el capitán Eduardo Craigdallie, acusado de violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.
-Julio Cesar Lupinacci, implicado en el caso de Elena Quinteros, es designado embajador en Argentina.
-Se realiza la cuarta marcha por los desaparecidos. Una de las consignas es: “,Qué le falta a esta democracia? Verdad”.
JUNIO
-La organización HIJOS realiza un escrache frente al domicilio del capitán (r) Jorge Tróccoli.
-Seis madres y viudas declaran ante el fiscal italiano Giancarlo Capaldo, por la desaparición de ciudadanos italo-uruguayos.
-Dos abogados argentinos que representan a 13 familiares de desaparecidos, entre los que se encuentra Sara, solicitan al juez federal Gustavo Literas que cite a declarar como testigo al ex jefe del Segundo Cuerpo del Ejército, general Eduardo Cabanillas, en una causa en la que se planteó la inconstitucionalidad de los indultos firmados por el presidente Carlos Menem.
-Una investigación coronada por un examen de ADN revela que María de las Mercedes es la hija de los desaparecidos Aída Sanz y Castro Gallo.
JULIO
-Documentos secretos sobre el Plan Cóndor desclasificados en Estados Unidos señalan al general (r) Julio César Vadora como referente uruguayo en esa operación.
-La designación del doctor Julio César Lupinacci como embajador uruguayo en Argentina desata una serie de críticas de los organismos defensores de los derechos humanos y parlamentarios que recordaron su participación en el proceso de consulta y decisión que determinó que la dictadura no entregara a la desaparecida Elena Quinteros al gobierno de Venezuela.
-La hija de Aída Sanz, María de las Mercedes, arriba al país.
-La Corte Suprema de Chile, confirma las sentencias de primera y segunda instancia contra cinco oficiales del ejército chileno, por los asesinatos de la llamada “Caravana de la Muerte”.
OCTUBRE
-Un juez británico considera que, de acuerdo a la legislación internacional, hay méritos para conceder la extradición a España de Pinochet.
-Se realiza en Buenos Aires un escrache contra el embajador uruguayo Julio César Lupinacci.
-Juan Gelman envía una carta abierta al presidente Sanguinetti reclamando por su nieta y su nuera.
-El portugués José Saramago, premio Nóbel de literatura, remite una carta al presidente uruguayo Sanguinetti, sumándose al reclamo de Juan Gelman.
-El Comando General del Ejército se solidariza con 40 oficiales acusados de violaciones a los derechos humanos.
NOVIEMBRE
-Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos-Desaparecidos, el Servicio Paz y Justicia, la secretaría de derechos humanos del PIT-CNT, el Servicio Ecuménico para la Dignidad Humana, el Centro de Investigación y Promoción Franciscano y Ecológico, el Servicio de Rehabilitación Social, Amnistía Internacional-Sección Uruguay, emiten una declaración ante la respuesta del presidente Sanguinetti a Juan Gelman negando información sobre el caso de sus familiares desaparecidos en Uruguay.
DICIEMBRE
-María Esther Gatti, formula en un escrito la denuncia para presentar ante la justicia italiana, por la desaparición de su hija, María Emilia Islas de Zaifaroni.
-El exjefe del Primer Cuerpo de Ejército argentino entre 1976 y 1979, Carlos Guillermo Suárez Mason, sigue el camino de Videla, Massera y Acosta, al quedar detenido en un puesto de Gendarmería en Campo de Mayo, por disposición del juez federal argentino adolfo Bagnasco. Se le imputan, entre otros, el secuestro y la desaparición de Simón y del bebé hijo de Marcelo Gelman y María Claudia Irureta Goyena.

2000
ENERO
-El juez español Garzón ordena la detención de 48 militares argentinos acusados de violar los derechos humanos, entre otros Videla, Massera, Galtieri, Lambruschini, Suárez Mason, Lami Doso, Menéndez y Bussi,
-En Gran Bretaña se detiene el proceso de extradición a España de Pinochet, luego de 15 meses de arresto en ese país, por motivos de salud, y se le permite regresar a su país.
-El presidente Sanguinetti recibe 20.000 firmas que son un nuevo pedido internacional por la verdad sobre la nieta de Gelman, encabezado por el premio Nobel de literatura 1999, el alemán Günter Grass.
-En respuesta a esa carta, el presidente Sanguinetti reitera que “en los hechos» ocurridos en Uruguay “no desapareció ningún niño» durante la dictadura militar y que las sustracciones de hijos a parejas uruguayas ocurrieron en Argentina.
FEBRERO
-El presidente saliente Sanguinetti, en una entrevista a Radio Sarandí, afirma, refiriéndose al caso Juan Gelman, que “en Uruguay no hubo ningún niño desaparecido”. Agrega que “la denuncia es muy excepcional en cualquier caso, porque una ciudadana argentina traída a Uruguay no era muy normal”.
-Se difunde una nueva carta dirigida a Sanguinetti reclamando respuestas sobre el o la nieta de Gelman y su nuera. Está firmada por 240 científicos de 19 países.
-Llega a la Presidencia uruguaya una carta de 52 líderes religiosos argentinos de todas las confesiones exigiendo una respuesta sobre el caso Gelman.
-El presidente electo, doctor Jorge BatIle, y el candidato a la presidencia del Encuentro Progresista, doctor Tabaré Vázquez, discuten por medio de sus representantes una fórmula que contribuya a encontrar una salida al tema de los desaparecidos. La elaboración de esa fórmula queda en manos de los abogados Carlos Ramela Regules y Gonzalo Fernández.
-El Informe Anual del Departamento de Estado de Estados Unidos sobre los derechos humanos, señala por cuarta vez que el gobierno uruguayo “continúa sin tener en cuenta” la declaración de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de 1992, que recomendó investigar la desaparición de personas durante la dictadura militar y compensar a las familias de las víctimas.
-La justicia militar concluye que, según el alcance del artículo 4° de la Ley de Caducidad, “no corresponde investigación judicial alguna” en el caso de la supuesta desaparición de un nieto del poeta argentino Juan Gelman en Uruguay.
MARZO
-Sanguinetti afirma que la indagatoria que él hizo sobre el caso Gelman  ha concluido, demostrando que no aparece ningún indicio de que el episodio hubiera ocurrido aquí, y no en Argentina”.
-El 1 de marzo la Asociación de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos hace pública una carta abierta al Presidente la República, doctor Jorge BatIle, expresando que hasta hoy no se ha cumplido con lo dispuesto por el artículo 4° de la Ley de Caducidad, que obliga al Poder Ejecutivo a investigar y reclama: 1) El Estado uruguayo como tal debe asumir la responsabilidad de la desaparición de uruguayos durante la dictadura. 2) La verdad debe procurar dar respuesta a cuatro preguntas básicas con relación a cada uno de los desaparecidos: ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde? Y ¿por qué? 3) Esa respuesta debe darse con respecto a todos los uruguayos detenidos desaparecidos, independientemente del lugar donde se hubiera producido la detención desaparición. 4) Asimismo, esa verdad debe comprender la particular situación de los niños detenidos desaparecidos.
5) La verdad debe ser el resultado de una investigación seria, llevada adelante por una persona o grupo de personas que den garantías suficientes de independencia, imparcialidad e idoneidad.
-El presidente BatIle solicita al jefe de la Casa Militar, general Ricardo González, reunir la documentación disponible sobre el caso Gelman, a fin de dar pasos que puedan elucidar el tema. Esto incluye saber a qué llegó la investigación administrativa ordenada por Sanguinetti antes de terminar su mandato, centrada básicamente en el Hospital Militar, y sobre la cual el expresidente, antes de retirarse del argo, dijo no haber averiguado nada al respecto.
-BatIle sostiene una serie de reuniones con líderes de otros sectores políticos y con representantes de Familiares, con el fin de ir logrando el consenso para dar una salida al tema de los desaparecidos. Mientras tanto los doctores Ramela y Fernández estudian una solución.
-Juan Gelman y el presidente Jorge Batlle anuncian públicamente que ha encontrado a su nieta.
ABRIL - -Las FFAA apoyan la posibilidad de que el presidente BatIle asuma la responsabilidad en nombre del Estado por la desaparición de personas, que los “excesos’ y “errores” fueron cometidos en forma individual en el marco del cumplimiento de una misión encomendada originalmente por autoridades civiles. Que el Estado debe responsabilizarse por estos hechos, incluida la desaparición de personas durante el régimen militar, ya que las FFAA actuaron en su nombre.
-El jefe del Estado Mayor Conjunto, general Manuel Fernández, manifiesta que el Ejército destruyó todos los archivos de las acciones adoptadas durante la
dictadura militar, que no tiene ningún tipo de información respecto al destino de los desaparecidos pero cree que muchos están vivos.
-Como consecuencia de sus declaraciones el Presidente de la República releva al general Fernández de su cargo en la jefatura del Estado Mayor Conjunto.
-El Presidente recibe a una delegación de la Asociación de Familiares de Desaparecidos, en presencia de los doctores Ramela y Fernández. Sara expresa a la salida de la reunión que el Presidente dijo tener particular interés en aclarar de inmediato el tema de los niños desaparecidos.
-Comienza en el Tribunal de Apelaciones de Santiago el proceso de desafuero al exdictador y actual senador vitalicio chileno Augusto Pinochet. El pedido de desafuero y de juicio se basa en el caso de la “Caravana de la muerte”, una comitiva militar que recorrió el país poco después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 y asesinó a 72 opositores al régimen.
MAYO
-Jorge Batile solicita permiso a Sara para hacer gestiones ante quien se sospecha puede ser su hijo desaparecido en Argentina en 1976, para que el joven se haga los estudios correspondientes a fin de determinar si es o no Simón.
-Gerardo Vázquez, el joven hacia donde se dirige la búsqueda de Simón, acepta hacerse el examen de ADN a pedido del Presidente.
-Un exmilitar uruguayo miembro del Servicio de Información de-Defensa (Sid) declara en Madrid ante el juez Garzón que investiga la desaparición, tortura y asesinatos de 600 españoles durante el régimen militar argentino entre 1976 y 1983. El declarante reconoció en una foto de María Claudia García Irureta Goyena, nuera de Gelman, a la mujer embarazada que estuvo detenida en el SID en 1976 y luego dio a luz una criatura. Afirma que ambos fueron trasladados una noche por el teniente coronel Rodríguez Buratti y el capitán Arab con destino desconocido.
-Se realiza la quinta Marcha por la Verdad, con la consigna: “j,Dónde es
* tán? La verdad es posible y necesaria”.
-Se efectúa una nueva prueba de ADN en el Hospital Durán de Buenos Aires, Argentina, a Gerardo Vázquez, ante un veedor de la justicia de ese país. La extracción de sangre en Montevideo se había realizado el 8 de mayo en una clínica particular.
-Ej Presidente anuncia en conferencia de prensa que de acuerdo al resultado del examen deADN, el joven Gerardo Vázquez no es Simón, el hijo que le quitaron a Sara cuando tenía 20 días de nacido. -El especialista uruguayo Carlos Azambuja informa que exámenes realizados en París confirmaron que no hay ninguna duda de que una joven de 23 años que vive en Montevideo es la nieta del escritor Juan Geinian.
JULIO
-El Presidente de la República presenta al Parlamento una solicitud de venia para designar al coronel (r) Angel Neira como uno de los dos integrantes militares de la Suprema Corte de Justicia. El militar está acusado junto a otros oficiales de torturar y maltratar a un grupo de funcionarios de la Administración Nacional de Puertos.
-El Ministerio de Defensa, con la firma del subsecretario RobertoYabarone, resuelve no hacer lugar a la solicitud de Tota Quintetos de acceder a la investigación administrativa, la participación en diligencias de prueba y entrega de copia del acto administrativo por el que se dispuso efectuar la investigación.
AGOSTO
-En un seminario organizado por el Programa de Seguridad Ciudadana, el comisario Alvaro Vergara (jefe de la Escuela de Clases de la Jefatura de Policía de Montevideo) se manifiesta a favor de la autocrítica del instituto policial por su papel en la dictadura.
-El Ministro del Interior analiza la posibilidad de removerlo de su cargo por esos dichos a los que calificó de desafortunados.
-En un fallo inapelable la Corte Suprema de Justicia de Chile retira el fuero al exdictador Pinochet, quien ahora podrá ser juzgado por violaciones a los derechos humanos durante su régimen. El juez Juan Guzmán, que acumula en sus manos 154 querellas contra el general retirado, podría procesarlo en los tribunales por los crímenes que se le imputan.
-Se instala la Comisión para la Paz encargada de esclarecer el destino de los desaparecidos durante el régimen de facto en un plazo prorrogable de 120 días. La misma será presidida por el-arzobispo de Montevideo, Nicolás Cotugno, e integrada por los abogados Carlos Ramela y Gonzalo Fernández, el sacerdote Luis Pérez Aguirre y el presidente del PIT-CNT, José D’Elía.
-El fiscal federal argentino Miguel Angel Osorio acusa a los principales jefes del Plan Cóndor y considera la inaplicabil idad de leyes como las de obediencia debida y punto final para juzgar la desaparición forzada de personas como delito permanente y de lesa humanidad. Entre los acusados figura el excomandante en jefe del Ejército uruguayo Julio Vadora. En un exhorto que envió a Uruguay solicita saber en qué “fuerza” se desempeñaban entre 1976 y 1982 los militares Gavazzo, Cordero, Rodríguez Buratti, Enrique Martínez, Ricardo Medina. José Arab, Pedro Mattos y Jorge Silveira.
-La Comisión para la Paz recibe expedientes del gobierno argentino con información sobre la desaparición de uruguayos en Argentina durante la dictadura, y envía requerimientos de información a la secretaría de Derechos Humanos de Argentina y a la organización Abuelas de Plaza de Mayo.
-El asesor presidencial e integrante de la Comisión para la Paz, Carlos Ramela, comunica que recibieron listas de Familiares de Detenidos Desaparecidos y de SERPAJ, que chequearon con alguna nómina que maneja el gobierno, que ya tienen listas definidas, pero que las mismas están sujetas a incorporaciones.
-Abuelas de Plaza de Mayo y la subsecretaría de Derechos Humanos de Argentina envían documentación sobre cuatro niños desaparecidos durante la dictadura militar: los hermanos Beatriz y Femando Hernández Hobbas, Simón Riquelo y el hijo de Blanca Altman.
SETIEMBRE
-El gobierno argentino aporta a la Comisión para la Paz documentación relativa a uruguayos desaparecidos en la vecina orilla entre 1976 y 1983. La información fue entregada por el ministro de Justicia y Derechos Humanos Ricardo Gil Lavedra al integrante de la Comisión Carlos Ramela. Uruguáy solicita información sobre 150 desaparecidos uruguayos y cinco niños robados durante la dictadura.
-El equipo argentino de antropología forense se reúne con integrantes de la Comisión para la Paz y solicita la conservación de los restos de los cadáveres encontrados en la costa uruguaya en la década de 1970 y pide material que ayude a identificarlos
-El ministro de Defensa, Luis Brezzo, resuelve dejar sin efecto un concurso pictórico sobre temas militares y patrióticos, por considerar que puede generarse una «inconveniente polémica pública» en tomo al evento. El Ejército había transmitido al secretario de Estado su intención de convocar al concurso pictórico en el entendido de que hay artistas locales «de pensamiento democrático» que no tienen espacio para expresarse porque el ambiente cultural nacional, especialmente el relacionado con la pintura, está condicionado «por un alto componente de radicales intransigentes».
-El Poder Ejecutivo clausura la investigación administrativa sobre Elena Quinteros, ordenada por la sentencia judicial en el Recurso de amparo presentado por Tota Quinteros.
-El abogado Pablo Chargonia, en representación de Tota Quinteros, presenta un escrito intimando al demandado a dar cumplimiento a la sentencia

del 10/5/00 y notificar a su representada en un plazo de tres días el resultado de la investigación administrativa.
OCTUBRE
-El Juzgado Letrado de lo Contencioso Administrativo de 2do. Turno, intima al Ministerio de Defensa a que en un plazo de tres días presente copia autenticada de los tres expedientes vinculados a la investigación administrativa efectuada por doctora Sylvia Usher en cumplimiento de la sentencia dictada por la doctora Jubette, quien ordenó investigar el paradero de Elena Quinteros.
-La Comisión para la Paz entrega en Argentina las huellas dactilares de 130 uruguayos denunciados como desaparecidos en ese país, que serán comparadas con los registros de 500 cuerpos NN (sin identificar) que posee un equipo de antropólogos en Argentina.
-La Justicia Argentina solicita la detención y extradición del exdictador chileno Augusto Pinochet por su presunta participación en el asesinato del general Carlos Prats, ocurrido en 1974 en Argentina.
NOVIEMBRE
-Representantes del gobierno de Batlle se reúnen con un grupo de integrantes de Abuelas de Plaza de Mayo y acuerdan “coordinar” acciones a fin de investigar el paradero de niños uruguayos desaparecidos durante la dictadura en Argentina, y de menores argentinos que pudieran estar en Uruguay.

2001
ENERO
-Cuestionamientos a la Comisión para la Paz tras el fallecimiento de «Tota» Quinteros. El padre Luis Pérez Aguirre, realiza polémicas declaraciones afirmando que “Tota murió sabiendo la verdad”.
-Cuando aún no se apaga el debate sobre sus declaraciones acerca de Tota Quinteros, muere en un accidente de tránsito el sacerdote Luis Pérez Aguirre.
MAYO
-El doctor Héctor Gross Espiell sostiene que la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas, ratificada por Uruguay en 1996, tiene vigencia legal y es posterior a la Ley de Caducidad. A petición de parte, pues, la justicia penal uruguaya podría reabrir los casos hasta ahora amparados por ella.
Julio -La Comisión para la Paz inicia gestiones en Argentina para realizar análisis de ADN a dos jóvenes a los efectos de determinar si uno de ellos es Simón.
-Sara envía una carta a la Comisión para la Paz, en la que responde acusaciones que se le hacen por supuesta falta de colaboración en la búsqueda de su hijo Simón.
AGOSTO
-Sara hace público un comunicad, cuestionando la veracidad de afirmaciones de la Comisión para la Paz y medios de prensa sobre posibles exámenes de ADN a jóvenes en la Argentina.
-El equipo argentino de antropología forense, a partir del acceso a los archivos de la Policía Federal Argentina, establece la identidad de Maria Rosa Mora, cuyo cadáver apareció en las costas uruguayas en 1976.
SETIEMBRE
-El coronel (r) Manuel Cordero realiza declaraciones reivindicando conductas delictivas cometidas por las fuerzas armadas durante la dictadura.
OCTUBRE
-El mismo Cordero envía una nota a los medios de difusión a propósito de sus declaraciones anteriores. En ellas afirma, que sus expresiones han sido utilizadas para poner en su boca cosas que no dijo. Recuerda que se encuentra en vigencia una orden del Comando del Ejército señalandci que
“... no se permitirá ninguna forma de revisionismo de lo actuado por sus integrantes durante la guerra contra la subversión...”.
NOVIEMBRE
-Diversas organizaciones de derechos humanos, varias personas individualmente y tres parlamentarios radican una denuncia penal contra Manuel Cordero.
•-Se realiza un acto frente al domicilio del coronel (r) Cordero, en repudio a sus declaraciones.
DICIEMBRE
-La Comisión para la Paz revela los nombres de cuatro desaparecidos más cuyos casos fueron esclarecidos de un total de 15. Entre ellos se encuentran los casos del maestro y periodista Julio Castro, Oscar Baliñas, Antonio Omar Paitta Cardozo y José Arpino Vega.
-El presidente honorario del PIT-CNT, José DElía, anuncia que planteará en la Comisión para la Paz su voluntad de que haya un «cambio de rumbo» en el trabajo del grupo.

2002
ENERO
-Comienza a trabajar en Colonia del Sacramento el Equipo Argentino de Antropología Forense que estudia los restos depositados en ocho tumbas NN en el cementerio de esta ciudad, para identificar a nuevas víctimas del terrorismo de Estado en los años de las dictaduras militares en ambas márgenes del Río de la Plata.
-Carlos Ramela expresa que la Presidencia se encargará de establecer el paradero de los restos de la maestra Elena Quinteros, ya que el mismo está en un 97% resuelto para la Comisión para la Paz.
MAYO
-Revelan que el entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, tenía conocimiento del fraude electoral cometido en 1971 contra la candidatura de Wilson Ferreira.
-Se realiza la séptima Marcha por la Verdad.
-Se informa que el 10 de junio deberá concurrir al Juzgado Penal de ler. Turno el excanciller Juan Carlos Blanco, para declarar por el caso de Elena Quinteros.
JUNIO
-Comparece Juan Carlos Blanco ante la Jueza de ler. Turno quien, además, solicita información sobre Elena Quinteros a la Comisión para la Paz.
OCTUBRE
-A solicitud de la fiscal Mirtha Guianze,el juez Eduardo Cavalli procesa a Juan Carlos Blanco por el delito de privación de libertad especialmente agravado en relación con el caso de Elena Quinteros. Blanco es alojado en la Cárcel Central.
-Se conoce el contenido del informe preliminar que la Comisión para la Paz presenta al Presidente de la República. Entre tras cosas, afirma que los secuestros y desapariciones se produjeron en el marco de “operativos no oficiales”. Expresa el informe que los desaparecidos “fallecieron” a consecuencia de los «castigos recibidos» o, en algunos casos excepcionales, de “actos y acciones tendientes a provocar su muerte”. En declaraciones a la prensa, el Dr. Ramela afirma que los cuerpos de los desaparecidos en Uruguay fueron cremados y las cenizas arrojadas al mar.

lunes, 12 de marzo de 2012

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

Veinte años después de que fueran violentamente separados, Sara y Simón aún no han podido recuperarse mutuamente. Muchos han tendido puentes, tejido sutiles lazos, ofrecido el hombro para acercarlos. Pero algunos han puesto piedras en el camino del reencuentro. Unos cuantos han preferido mirar hacia otro lado, fingir que esto nunca ha sucedido o escudarse detrás de la impotencia individual. Otros, quizás, piensen que esto no es asunto suyo.
La realidad es, sin embargo, que hoy, en el Uruguay de 1996 se sigue desarrollando el último capítulo de aquella guerra sucia. Ninguno de los asesinos pasará un solo segundo en la cárcel. Los torturadores han sido protegidos. Pero los secuestradores de niños los siguen robando cada día que cae del calendario sin que hayan sido devueltos a sus familias; su acto prolonga indefinidamente el dolor de las víctimas. Trece niños uruguayos desaparecieron en 1976 en Argentina. Sólo seis fueron encontrados. Sara es la única madre que sobrevivió a un secuestro y que todavía no pudo recuperar a su hijo. Simón es el único de aquellos niños que tiene la oportunidad de conocer a su madre.
Esta no es la historia sobre Sara, es la historia de Sara. Casi todos los episodios que se relatan están mirados con sus ojos, escuchados con sus oídos, sentidos con su
corazón. Suyos son los gritos y los silencios. No hay neutralidad en el punto de vista, sino compromiso declarado. No hay búsqueda progresiva de una esquiva verdad. Es simplemente la historia de una madre buscando a su hijo. Esa es la verdad.

domingo, 11 de marzo de 2012

INTRODUCCIÓN. Buenos Aires - 1976

INTRODUCCIÓN

Buenos Aires - 1976 Ostensibles o escondidas, las armas erizaban las calles. El miedo y la pólvora impregnaban el aire, los muros y las caras. La violencia, en realidad, no era nueva en Argentina, duraba desde hacía por lo menos 40 años. Pero ahora era diferente, se trataba del verdadero terror. La siniestra AAA (Alianza Anticomunista Argentina), una organización que nucleaba a policías, peronistas de derecha y fundamentalistas de extrema derecha fundada por el entonces ministro de Bienestar Social, José López Rega —también conocido como el “Brujo” por su devota práctica de cultos esotéricos—, y por el nazi Aníbal Gordon, había inaugurado ya en 1974 el método del secuestro de opositores y su posterior asesinato o desaparición. López Rega había sido un oscuro cabo retirado de la policía, hasta que se ganó la confianza de Juan Domingo Perón en el exilio y, sobre todo, la de su esposa, María Estela Martínez de Perón, Isabelita para el pueblo. En mayo de 1974, desde la presidencia de la República, Perón lo ascendió de cabo a comisario general, salteándose 15 grados. En julio de 1974, tras la muerte de “el General”, Isabelita asumió la presidencia y con ella los sectores fascistas del peronismo.
En setiembre de ese año ya sumaban 130 los asesinados por la “Triple A” y numerosos intelectuales, docentes y artistas —entre ellos Norman Briski, Nacha Guevara, Horacio Guarany, Luis Brandoni, Mercedes Sosa y Héctor Alterio— se habían exiliado después de recibir amenazas de muerte. El gobierno de ¡sabelita clausuró diarios, intervino universidades y encubrió la masacre de opositores, mientras llovían las denuncias en su contra por corrupción y los movimientos guerrilleros —fundamentalmente el trotskista Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), y los Montoneros (peronistas de izquierda)— intensificaban sus acciones y atentados.
López Rega cayó en desgracia en julio de 1975 como efecto de luchas internas en el peronismo y se retiró a Estados Unidos, pero no por ello dejó de actuar la AAA. Los militares fueron ganando espacios progresivamente hasta que asumieron la lucha contra la guerrilla en todo el país. El gobierno estaba a un paso. A principio de marzo de 1976 el matutino bonaerense La Prensa informó que, según una estimación de “las fuerzas de seguridad”, en los últimos tres años habían muerto 1.358 personas “por causas políticas”, de las cuales 1.122 eran civiles.
Los militares argentinos, habituados a ser protagonistas en la vida política de su país, derrocaron al gobierno peronista el 24 de marzo de 1976 y una Junta de Comandantes designó presidente de la República al teniente general Jorge Rafael Videla. A partir de entonces las bandas parapoliciales fueron integradas a un verdadero plan de exterminio orquestado desde las propias fuerzas armadas. Los grupos operativos combinados tuvieron a su disposición no sólo la infraestructura castrense, sino también los recursos y la cobertura del propio Estado. Los comandos secuestraban opositores de día y de noche, en sus casas, sus trabajos o en plena calle. La impunidad era absoluta.
Los militares uruguayos ya estaban en el gobierno desde 1973 y habían logrado establecer algún contacto con las primigenias bandas parapoliciales argentinas. Gracias a ello, en 1975 pudieron asesinar a varios opositores orientales que se habían exiliado en Buenos Aires. Pero esta era la ocasión de operar en grande. Y no la desperdiciaron. El 7 de mayo, 45 días después del golpe de Estado, el entonces canciller uruguayo Juan Carlos Blanco viajó a Buenos Aires donde se entrevistó con su homólogo argentino y con altos jerarcas militares, quizás para ajustar detalles políticos y diplomáticos antes de liberar la jauría.
El acuerdo fue sellado: los comandos uruguayos podrían actuar libremente en territorio argentino y recibirían apoyo logístico de las fuezas locales. Los resultados fueron inmediatos: apenas 15 días después de esa entrevista fueron secuestrados en sus domicilios porteños y posteriormente asesinados el senador Zelmar Michelini, exministro y figura de importante trayectoria en el tradicional Partido Colorado al que había abandonado en 1971 para fundar junto a otros políticos el Frente Amplio, y el diputado Héctor Gutiérrez Ruiz, joven y brillante parlamentario del Partido
Nacional. Sus cadáveres fueron hallados dentro de un automóvil junto a los de otros dos uruguayos: Rosario Barredo y William Whitelaw. El excandidato a la presidencia por el Partido Nacional, Wilson Ferreira Aldunate, era el quinto en la lista de esa noche, pero logró escapar milagrosamente y buscó refugio en Europa. Como tantos otros uruguayos, éstos habían optado por el exilio luego del golpe de Estado y desde allí denunciaban permanentemente al régimen militar. De ahí en adelante, centenares de uruguayos exiliados en Buenos Aires sufrirían persecución, torturas, muerte y desaparición como resultado de un plan de exterminio de opositores que sería conocido como “la guerra sucia”, uno de cuyos aspectos contemplaba la cooperación entre los ejércitos de las dictaduras de la región, una coordinación represiva: la “Operación Cóndor”.
La guerra sucia regional —cuyo principal escenario fue Buenos Aires— tuvo varios objetivos. Quizás el más siniestro de todos fue el referido a los niños, contra quienes también se aplicó una política sistemática de secuestro y desaparición, con la variante de que ellos eran en general conservados con vida y entregados a familias de represores. Los niños fueron considerados un “botín de guerra”, y su despojo adquiría el sentido de agregar a la eliminación física una suerte de “desaparición moral” del “enemigo”, pues su descendencia sería educada en un sistema de ideas y valores que no sólo justifica el asesinato de sus verdaderos progenitores, sino que también proclama la voluntad de volver a hacerlo si se estimara necesario. El efecto más perverso de esa política es que seguramente muchos de los niños aún no encontrados interpretan aquella etapa de la historia reciente según el punto de vista de sus verdugos: sin saberlo, estarán calificando a sus padres como “terroristas”, “asesinos”, “traidores a la patria”, y utilizando los mismos conceptos de discriminación política que pretendieron justificar un genocidio del cual ellos son, en realidad, víctimas.
En esa época desaparecieron en Argentina (según una lista parcial elaborada por las Abuelas de Plaza de Mayo) 72 niños, de los cuales 40 fueron recuperados y seis aparecieron asesinados. 26 aún no han sido ubicados. 131 mujeres fueron secuestradas estando embarazadas y hay pruebas de que la mayor parte de ellas dio a luz. De esos niños nacidos en cautiverio hasta ahora sólo cuatro fueron identificados.
La guerra sucia fue también contra los niños.
Sara y Simón son dos de sus víctimas, y así fue como sucedió.

sábado, 10 de marzo de 2012

EL SECUESTRO.

EL SECUESTRO
Aquella sensación contradictoria por momentos se adueñaba por completo de su conciencia. El aire excepcionalmente frío y seco le entraba directo a los pulmones, acentuando el bienestar de su cuerpo abrigado, protegido. Le gustaba imaginarse que ella era el sobretodo humano del niño que llevaba dentro en aquel invierno, amenazador como ningún otro. Y más todavía le gustaba pensar que en un par de semanas conocería, por fin, a su primer hijo. Las cosas habían cambiado tanto en pocos meses. Era junio de 1976, el principio del período más crítico de la guerra sucia en Buenos Aires. Pero así, embarazada, Sara se sentía casi invulnerable.
El carrito de feria cargado con frutas y verduras rodaba tras ella, denunciando cada baldosa floja, cada irregularidad del camino. Marchaba despacio, mirando el cielo entre las ramas desnudas, escuchando los sonidos apagados de la gente viviendo tras las ventanas cerradas, los retazos de las conversaciones entre las vecinas que a esa hora ya se animaban a barrer la
vereda. Siempre había odiado las confidencias de escoba, pero ahora las
echaba de menos; eran parte de un paisaje, de una forma de vida que nunca habría abandonado si no la hubiesen aménazado la cárcel y la muerte. Tenía 29 años cuando, en abril de 1973, las Fuerzas Conjuntas uruguayas requirieron públicamente su captura. Desde entonces, como otros tantos miles de sus compatriotas, vivía exiliada en Argentina.
No se arrepentía de la opción que había hecho siendo aún una jovencita; apenas iniciaba la carrera de magisterio cuando quiso comprometerse en las
luchas sociales y políticas y se integró a la actividad gremial, en la
Agrupación
3, de tendencia anarquista. Su temperamento siempre la había empujado
a preferir las opciones claras, a rechazar las negociaciones que, pensaba, terminan comprometiendo los principios. Y entre los anarquistas encontró, además, ese amor irrestricto por la libertad, una libertad que su vida personal reclamaba a gritos. Empezó a militar con ellos porque le gustaba su compañía, su forma peculiar de cuestionar todo proponiendo un mundo tan nuevo que, por momentos, ni siquiera conseguía imaginarlo. Simpatizaba profundamente con los conceptos de generosidad y solidaridad que practicaban en su vida diaria los anarcos más viejos, aquellos a quienes muchos llamaban “los maestros”.
Poco después, los gases lacrimógenos y la pólvora ya se olían en el aire. Sara se había integrado a la Federación Anarquista Uruguaya (FAU), donde desde los años sesenta, al influjo de la revolución cubana y los nuevos conceptos tercermundistas que llegaban de la mano de Franz Fanon y el Che Guevara, entre otros, se desarrollaba un profundo debate sobre la necesidad de crear una “organización revolucionaria” más adecuada para alcanzar los cambios que se postulaban. La síntesis de ese proceso de discusión provocó una división dentro de la FAU que, casi simultáneamente, en 1967, fue declarada ilegal junto a otros grupos políticos por el gobierno de Jorge Pacheco Areco. Algunos militantes provenientes de la Federación fundaron la Alianza Libertaria Uruguaya (ALU), que proclamaba la ortodoxia anarquista, y otros, liderados por el dirigente sindical Gerardo Gatti, impulsaron la creación de una organización de masas ideológicamente amplia, que pretendía insertar su acción en los conflictos y las luchas de obreros y estudiantes. Así nació en 1968 la Resistencia Obrero Estudiantil (ROE), a la que se integraron agrupaciones gremiales de trabajadores y estudiantes que comenzaron a coordinar y a apoyarse mutuamente.
El país se convulsionaba; la generación de Sara ingresaba a la adultez asistiendo a la crisis económica, política y cultural de los sesenta y, como ella, muchos otros sentían que se angostaba el espacio de la teoría y se abría el infinito campo de la acción, de la práctica revolucionaria. Una experiencia que dejaría grabados en la conciencia de Sara valores vitales indelebles.
La ROE se convirtió en el escenario de su militancia que, en poco tiempo, ocupó lo principal de sus días y sus fuerzas. Su lucha se identificó co la existencia misma porque en ella le iba la vida.

Llegó frente a la casa, sacó las llaves y abrió la puerta. María del Pilas Nores compartía el local con Sara. Escuchó la puerta y se apresuró a cruzar la pieza central de la casa techada con una claraboya. Mientras retaba cariñosamente a Sara por insistir en ir a la feria a pesar de su embarazo, se
hizo cargo del carrito y lo llevó a la cocina, en la otra punta de la casa. La luz entraba como una pedrada por el ventanuco que daba al patio, iluminando parte de una corta mesada de mármol blanco y la mitad de la heladera que ahora María del Pilar abría para guardar las verduras. Sara no quería ceder por nada del mundo esa tarea. Había descubierto que las ferias eran lo que mas se parecía a Montevideo en aquella ciudad enorme, impersonal y neurótica. Entre los puestos de frutas y verduras todo cambiaba, y flotaban en el aire los mismos olores, las mismas invitaciones voceadas en el mismo lenguaje directo, familiar y pícaro de las ferias “de allá”. Se quitó el abrigo y los guantes; los dejó en una silla. Se acercó a la hornalla encendida de la cocina y puso las manos cerca del fuego.
María ordenó las compras y comentó que ya era la hora de ir al correo. La organización había alquilado una apartado postal donde recibían la correspondencia. Sara entró en una de las habitaciones de la antigua casa. La única ventana estaba cerrada y cubierta con una pesada cortina. Seis personas —cuatro hombres y dos mujeres— se habían acomodado entre un caos de paquetes de hojas blancas, valijas, colchones enrollados y alguna silla desvencijada. En el centro de la pieza, sobre la única mesa, una pequeña fotocopiadora parecía presidir la reunión.
Hablaba uno de los hombres. En realidad era apenas un muchachón; tenía el cabello negro y lamido hacia un costado, aunque sin ninguna coquetería. Llevaba un vaquero, un pulóver de lana marrón tejido a mano hacia varios años y una bufanda de la misma factura colgando del cuello. Explicaba al grupo que todas las informaciones coincidían en que un importante grupo de militares y paramilitares uruguayo estaba instalado en Buenos Aires y había comenzado a actuar con cobertura del ejército argentino. Se imponía más que nunca el estricto respeto a los mecanismos de seguridad y la adopción de nuevos: todos debían reportarse telefónicamente en forma diaria y quien faltara a un contacto y no diera señales de vida a la base en las siguientes seis horas sería considerado secuestrado. Quedaban prohibidos los papelitos sueltos en los bolsillos, las agendas y cualquier
lista de direcciones y teléfonos. Todo debía ser memorizado.
Una de las jóvenes tomó la palabra e informó que ya estaban otra vez en condiciones de producir documentos argentinos falsos en 24 horas para quienes tuviesen necesidad. Por los pasaportes habría que esperar. Se procuraba obtenerlos en el exterior pero no había todavía proveedores seguros. Nadie pareció dar importancia a las dificultades para obtener pasaportes falsos, pero comentaron con ironía aquella oferta de documentos “en 24 horas’’.
Sara salió con los últimos asistentes a la reunión. Debía pasar por un local para encontrarse con Mauricio Gatti, su compañero, y aprovechó el vehículo de uno de ellos. Cuando regresó era casi mediodía. Sobre la mesa del comedor encontró una nota de María del Pilar que le heló la sangre:
“Encontré en la casilla una citación de la Dirección de Correos para las cinco de la tarde. Debe ser alguna pavada. Después de la entrevista te llamo. Cualquier cosa voy a estar en lo de Rosa y Peque”. Era una locura, pensó Sara. La casilla había sido alquilada utilizando documentación falsa y, en las circunstancias que vivían, lo primero que había que pensar era que se trataba de una trampa. Se sentó en un sofá intentando calmarse. María del Pilar era una militante con experiencia y no parecía posible que le pasara desapercibido el riesgo enorme que entrañaba acudir a esa cita. Decidió esperar. A partir de las cinco de la tarde comenzó a buscarla desesperadamente. Primero llamó al lugar donde ella dijo que estaría, pero no la encontró; después telefoneó a otros locales donde la podrían haber visto, también en vano Eso podía significar varias cosas diferentes, pero lo urgente era valorar qué sabía y hasta dónde podrían llegar los militares si le arrancaban información. Ella conocía la oficina de la calle Cuba, en el barrio de Belgrano donde trabajaba habitualmente Gerardo Gatti, hermano de Mauricio y miembro de la dirección de la organización, y era ése el lugar al que dijo que acudiría después de la cita en el correo.
Continuó la recorrida telefónica hasta que encontró a Mauricio, quien acudió de inmediato a la vieja casona. Al llegar le contó a Sara que Gerardo no se había comunicado con nadie desde la mañana anterior. Era alarmante, pero había que esperar un poco más antes de sacar conclusiones definitivas. Decidieron evacuar rápidamente la casa. Recogieron lo esencial. Una parte del material político fue retirado por Roger Julien quien lo trasladó a su casa. En pocos minutos todo parecía un caos. La prisa era justificada los secuestradores solían comenzar la tortura en el mismo vehículo para conseguir información rápidamente, antes de que la ausencia fuera notada
y se evacuaran los locales conocidos por el detenido. No les importa fracturar miembros cortar dedos, vaciar ojos; de todas formas, los secuestrados eran virtuales cadáveres que sólo importaba mantener con vida hasta que ya no tuvieran información para dar, sí es que no morían sin hablar. Era la noche del 10 de junio; al día siguiente la desaparición de Gerardo no admitía dudas: había faltado a varias citas y no se había recibido ninguna llamada suya.
No había mucho para hacer más que esperar. La alarma intemacional ya había sido dada y provocaba la movilización en el exterior de los grupos de exiliados que comenzaban a solicitar el apoyo de los organismos defensa de los derechos humanos. Sara y Mauricio pasaron las tres noches siguientes en diferentes hoteles de alta rotatividad, un lugar poco frecuentado por embarazadas a término, pero el más seguro que se les ocurrió mientras buscaban una nueva casa. En uno de ellos tuvieron que esperar más de media hora en una sala apenas iluminada y rodeados por varias parejas que también aguardaban turno. Ya en la habitación sonrieron imaginando los comentarios que, por un momento, distraerían a los enamorados de sus actividades. Afuera era de noche y las calles estaban desiertas. Sólo un loco o un suicida se atrevería a salir a esa hora; la hora de los perros de caza montados en los Ford Falcon, con sus escopetas recortadas y sus rostros de anfetamina y alcohol. No había sirenas ni uniformes. No había órdenes de allanamiento ni derechos individuales. Era la hora del terror y la muerte. Las desapariciones de Gerardo y María del Pilar fueron prácticamente simultáneas.

Mauricio alquiló una casa de dos plantas en el residencial barrio Beigrano, sobre la calle Juana Azurduy. Junto con ellos se instaló allí Asilú Maceiro, una mujer madura, nurse profesional. Ella también había tenido que exiliarse, perseguida por la dictadura uruguaya.
La ocuparon inmediatamente y compraron apenas los muebles imprescindibles; entre ellos, una cuna, tipo moisés, para el bebé. La seguridad, sin embargo, había empeorado: Sara comprobó que en el apuro había olvidado en la casa evacuada todos los papeles con los resultados de sus exámenes prenatales, además de su ropa. Descontaba que los militares ya habían hallado esa información y, por lo tanto, conocían su nombre verdadero y, lo peor, dónde tenía planeado parir.
Sara recordó que Rosario Pacheco, una estudiante de medicina uruguaya que había llegado a Buenos Aires con su familia huyendo de la dictadura, trabajaba en un laboratorio de análisis clínicos. Los conocimientos de Rosario eran por entonces más teóricos que prácticos, y la extracción de sangre fue dificultosa. Cuando ya no podía seguir buscando las venas en brazos de Sara, intentó en los tobillos. A esa altura, toda la familia Pacheco participaba en la escena hinchando por Rosario. “Esta vez sí, ahora vas a poder”, le decían mientras la trémula estudiante tomaba puntería con la jeringa y Sara miraba el techo. Rosario obtuvo los resultados de los análisis y dejó el nombre en blanco para que Sara lo completara cuando recibiera la nueva documentación.
La tuvo pocos días después —con el nombre de Stella Maris Riquelo— y debía elegir otra maternidad donde alumbrar. Acudieron a la Clínica Bastarica con un “verso” muy fresco pero bien aprendido: Stella Maris, su sposo -Mauricio—, y su adinerada madre —Asilú—, venían del Interior para que el parto fuese atendido por los mejores médicos de la capital. La decisión se había tomado a último momento siguiendo los consejos de una amiga de la familia que había tenido todos sus hijos en la Bastarrica, clínica que recomendó calurosamente. El “verso” funcionó a la perfección.
Sara se sintió más tranquila, pero en la calle la caza continuaba, implacable. En todo el mundo los grupos de uruguayos exiliados denunciaban los secuestros y asesinatos de sus compatriotas en Buenos Aires, y cada día debían agregar nuevos nombres a la lista de muertos y desaparecidos.
En la madrugada del 22 de junio, una semana después de haberse instalado en la casa de Belgrano, Sara sintió los primeros síntomas del trabajo de parto. Mauricio pasaba esa noche en otro local, retenido por una reunión. Asilú preparó té y se tendió en la cama junto a Sara. Las contracciones eran leves y espaciadas. Dormitaron hasta más allá del amanecer, con una calma expectativa. Temprano en la mañana, como estaba convenido, Mauricio telefoneó y resultó el más agitado por la noticia. Apenas unos minutos después estaba allí, listo para el viaje a la clínica.
Simón nació esa tarde en un parto rápido y sin complicaciones. Tenía la firma de los Gatti en la piel muy blanca y el cabello rojizo. Mauricio y Asilú saturaron la habitación con rosas y claveles, pero Sara quiso abreviar al máximo su estancia en la clínica y apenas un día y medio después de parir estaba de regreso en Belgrano, el único lugar donde sentía algo de seguridad.
La presencia de Simón entre aquellos seres acechados por una cacería humana que pasaría a la peor historia de las masacres políticas, representaba un triunfo de la vida sobre la muerte, la señal de que no todo estaba perdido. Pero al mismo tiempo era algo precioso a proteger; más, mucho más que la propia vida. Aunque ninguno lo confesara, todos eran conscientes de que Simón estaba amenazado por los mismos peligros que ellos estaban corriendo y temían por aquel niño que les traía esperanza, que los aterrizaba en una cierta “normalidad” desechada desde hacía muchó tiempo. Cambiar pañales, amamantar, comprar “la ropita”, descifrar el significado del llanto; nada de eso calzaba en una táctica de resistencia y de denuncia, en una estrategia política, pero era una motivación más —y muy poderosa— para sobrevivir.
La angustia por lo que le pudiera suceder al niño era fundada. Hacía y casi dos años que Floreal García, Mirtha Hernández y el hijo de ambo Amaral, habían sido secuestrados sin que nadie volviese a saber nada del pequeño. Floreal y Mirtha, junto a Graciela Estefanel, María de los Ange les Corbo y Héctor Brun, también secuestrados en Buenos Aires, aparecieron poco después acribillados en Uruguay, cerca de la localidad de Soca.  Desde entonces Sara había comenzado a sentirse, en cierta forma, mucho más desamparada. La apropiación de los niños era obviamente una política adoptada por los militares en el marco de la represión. Sara se preguntaba por qué se los llevaban, y Mauricio decía que para utilizarlos durante la tortura de los padres. Y era muy posible que Mauricio tuviese razón; ya había testimonios de eso.
Desde aquel 20 de noviembre de 1974, cuando aparecieron sus compañeros asesinados en Soca, la muerte había golpeado otras veces alrededor de Sara, y todos los casos le resultaban dolorosos. Pero algunos eran casi insoportables. Fue lo que sintió a principio de julio, apenas diez días después de haber parido, cuando se enteró de la desaparición de su amiga íntima Elena Quinteros.

Elena había sido detenida a mediados de junio de 1976 en Montevideo por las entonces llamadas “Fuerzas Conjuntas” (una coordinación de todas las fuerzas represivas del país que incluía a las tres ramas militares y a la Policía). Después de varios días de “interrogatorios” prometió llevar a sus captores a un contacto. Le creyeron, y el 28 de junio la llevaron hasta las inmediaciones de la embajada venezolana. En un descuido de la pareja de militares que la seguía de cerca, Elena entró corriendo en la sede diplomática y estuvo a punto de salvarse, pero quien después fuera identificado como el capitán Cacho Bronzini la alcanzó, golpeó a un funcionario de la embajada que intentó protegerla y con la ayuda de la mujer que lo acompañaba redujo a Elena y la arrastró hasta un vehículo particular. Poco después del incidente Venezuela rompió relaciones diplomáticas con Uruguay hasta el fin de la dictadura, en 1985, porque consideró que su territorio había sido violado por fuerzas oficiales de seguridad. Los militares uruguayos nunca reconocieron la detención de Elena.
Sara y Elena no sólo habían sido compañeras de militancia en magisterio, también eran muy amigas. Ahora, en Buenos Aires y con su hijo recién nacido, Sara recordó las últimas vacaciones que tomó en Uruguay, en el verano de 1971: ella y Elena se habían largado en tren hasta La Paloma, en la costa atlántica. Llevaban una pequeña carpita bastante traqueteada y la Instalaron en el Parque Andresito, junto a un verdadero campamento de unos parientes de Elena que, en caso de necesidad —y siempre lo era— les daban una mano. Durante aquellos días su relación se había afianzado compartiendo las cosas simples de la vida cotidiana. Conversaban sobre todo y confiaban sus intimidades con sinceridad. Elena regresó un par de veces a Montevideo para visitar a su compañero, el “Gallego” José Díaz, preso en un cuartel por Medidas Prontas de Seguridad. Esas habían sido sin duda
las mejores vacaciones de su vida; la noticia de la desaparición de Elena le provocó una profunda conmoción.
A partir de ese día empezó a sentir con claridad que todo se desmoronaba, que estaban encerrados en una trampa de la que no saldrían. Muchos años después Sara se preguntaría, sin hallar una respuesta satisfactoria, por qué no tuvo entonces el reflejo, el sano reflejo que tuvieron otros de escapar de Buenos Aires. En parte lo vivía como una especie de precio que había que pagar para alcanzar los cambios por los que luchaba, las reglas de juego de la revolución; pero también pensaba que ella no viviría para verla. Había una dosis de fatalismo que aceptaba con naturalidad, y no era la única. La mayor parte de los militantes que eran secuestrados en aquellos meses no portaba armas, no se resistía con violencia. Muchos, sin embargo, llevaban siempre consigo pastillas capaces de provocar la muerte en pocos minutos. Durante su cautiverio en Montevideo los militares uruguayos manifestaron delante de ella y en varias oportunidades, haber sido sorprendidos por la ausencia de armas en la mayor parte de los locales que habían allanado. Ellos esperaban una resistencia mucho más dura de la que encontraron.
Ese fatalismo estaba directamente asociado a las condiciones en que se desarrollaba aquella militancia en Argentina que, en el caso de Sara, ya duraba tres años. La clandestinidad en Buenos Aires exigía criterios de seguridad extremos. Las organizaciones de la izquierda argentinas estaban muy infiltradas, y las relaciones con ellas eran consideradas peligrosas. Todos los contactos de los militantes con Uruguay estaban reglamentados: no podían ni debían permitir que sus familiares los visitaran para no comprometer la seguridad. Los miembros de la organización debían permanecer compartimentados; no existían lugares “normales” donde encontrarse con amigos o conocidos. Tales eran las recomendaciones oficiales que los más ortodoxos, entre los que se encontraba Sara, cumplían estrictamente. Una inflexibilidad que, años más tarde, Sara relativizaría, porque si en algún caso la violación de esas normas dejó alguna punta suelta que los militares pudieron remontar hasta llegar a locales o militantes, también comprendió después que era algo normal pretender salvar algún retazo de la propia afectividad en aquellas circunstancias de casi total soledad. Y soledad no se manifestaba sólo en los aspectos humanos, sino también en
los políticos. Sara recuerda hoy que las noticias que llegaban del país eran analizadas, elaboradas, sopesadas; cada información se daba vuelta para un lado y para el otro hasta que se conceptualizaba, pero faltaba la vivencia directa. La realidad política se tornaba difusa; se perdía precisión en los análisis. Y eso provocó que la convicción de muchos militantes en el proyecto político entrara en crisis. Para Sara ello no justificará jamás las traiciones, pero sí algunas conductas de debilidad frente al enemigo. Se ha instalado una enfermedad: el fatalismo.
Simón imponía sus propios horarios a todo el grupo, y rápidamente las rutinas cotidianas comenzaron a organizarse de acuerdo a ellos. Decidieron incrementar al máximo las medidas de seguridad, limitando sus salidas a las estrictamente imprescindibles; dar amplios rodeos para salir y regresar, chequear constantemente la calle para detectar posibles seguimientos y hacer una llamada telefónica desde las cercanías de la casa para evitar las ratoneras.
Durante esos días Mauricio se había tenido que desdoblar en diferentes papeles: por un lado el compañero de Sara y flamante padre de Simón; por otro el dirigente político; y finalmente, el de hermano de un secuestrado. Los dos últimos habían entrado en conflicto dramáticamente en esos días. Los militares uruguayos habían iniciado una negociación con el Partido por la Victoria del Pueblo (PVP) fundado enjulio de 1975 en Buenos Aires a partir del núcleo de militantes de la ROE y de otras pequeñas agrupaciones como la Organización Popular Revolucionaria 33 Orientales (OPR 33), que en Uruguay había efectuado varias acciones militares, en general apoyando conflictos sindicales. Washington “Perro” Pérez, un exiliado uruguayo que había sido compañero de trabajo y de dirigencia sindical de León Duarte —otro de los conductores del PVP— en la fábrica de neumáticos FUNSA, fue detenido en el quiosco de venta de diarios que tenía en Rivadavia y Boyacá y trasladado encapuchado hasta un lugar que no pudo identificar. Allí los militares uruguayos le explicaron que él sería el chasque de una negociación: pedían una importante cantidad de dinero y la devolución de la bandera de los 33 Orientales —hurtada en agosto de 1969 del Museo Histórico de la Fortaleza del Cerro por un grupo que se identificó como Resistencia 33, algunos de cuyos miembros se habían integrado más tarde a la OPR y luego al PVP— como rescate por Gerardo Gatti. El “Perro” Pérez fue conducido hasta la habitación donde se encontraba Gatti y los militares tomaron una fotografía de ambos exhibiendo un ejemplar de un diario de ese día. El “Perro” percibió que Gatti había sido muy torturado y que su salud estaba notoriamente debilitada. Antes de irse pidió que le permitieran despedirse de su amigo y compañero. Cuando lo abrazó sobre el camastro, Gatti le susurró al oído: “Estos son unos asesinos; paren con esto porque van a terminar cayendo todos...”.
Pocos días después, y luego de establecer varios contactos con los militares uruguayos por intermedio de Pérez, el PVP decidió no aceptar el intercambio. Mauricio participó en el proceso de negociación como un dirigente más, y naturalmente se sintió desgarrado afectivamente cuando se tomó esa decisión, pero lo había convencido el argumento de que, una vez en poder de los militares, su hermano tenía las mismas chances de sobrevivir con o sin rescate. Si sus captores habían decidido asesinarlo, lo único que tal vez podía evitarlo era una enorme presión internacional, y eso ya se estaba haciendo. De todas formas, la situación pesaría para siempre en el ánimo de Mauricio. Aun años después, cuando vivía exiliado en España, le costaría velados reproches de su madre María Helena, para quien los compañeros de su hijo Gerardo no habían hecho todo lo posible por salvarle la vida.
En la última evacuación Sara apenas había tenido tiempo de manotear alguna ropa, y en la rápida selección había priorizado el ajuar del bebé. Al hacer el inventario lamentó más que nada haber dejado un cuento que Mauricio había escrito para Simón. Para ella sólo había rescatado un par de vestidos y un pantalón, todos apropiados para una embarazada. Pero ahora aquellas prendas le iban como un disfraz de carnaval en pleno invierno. Llamaba demasiado la atención. En la tarde del 13 de julio fue al Once, una zona comercial de Buenos Aires, y se compró alguna ropa.
Esa noche Mauricio no regresara a casa; tenía una reunión en un lugar alejado de Belgrano y no era conveniente circular durante la madrugada. Estaría de vuelta temprano en la mañana.
Sara y Asilú eran militantes con experiencia. Sabían que el enemigo iba ganando la partida y que no abandonaría la iniciativa. Pero allí, en la casa, se esforzaban por conservar la banalidad de los gestos cotidianos. Y Simón, con puntualidad de recién nacido, reclamaba sus fueros cada tres horas. Esa noche se habían entretenido hasta tarde con el niño que comenzaba a encontrar su ritmo regular de alimentación: la última mamada cerca de la medianoche, la primera a las seis de la mañana. Ahora, ya saciado, dormía en el moisés de mimbre que Sara había colocado en el lado de la cama que habitualmente ocupaba Mauricio. De pie sobre el lecho, Sara se probaba uno de los pantalones que había comprado esa tarde y Asilú le ayudaba a marcar el dobladillo mientras comentaba la facilidad con que había recuperado su silueta habitual: Así parecés una chiquilina!, decía la veterana. Sara, que se veía todavía más semejante a un tonel que a sí misma, la acusaba de utilizar el viejo mecanismo de quienes pretenden parecer más jóvenes quitándole edad a los demás.
Más que discutir, reían como si realmente fueran madre e hija. Quizá era una consecuencia del nacimiento de Simón, quizá ese inconsciente reflejo de los exiliados por el cual tienden a sustituir los lazos perdidos con nuevos afectos. Los adultos encuentran hermanos postizos; los niños eligen abuelos sustitutos entre los que peinan canas y llaman tíos a casi todo el mundo adulto. Pocos tienen a mano un pariente de sangre, pero la familia se extiende a los conocidos, amigos, compañeros. Una familia del corazón, sin rituales ni compromisos que, con los años, llegan a desvanecerse completamente.
Fue como si estallara una bomba. El timbre sonaba sin pausa mientras los vidrios de la puerta de calle caían destrozados. No hubo tiempo siquiera para pensar. Cuando Sara y Asilá llegaron a la puerta una docena de hombres vestidos de civil y armados a guerra entraban en la casa como una jauría histérica. La puerta era de hierro forjado con amplias ventanas y daba acceso a la cochera donde estaba estacionado el jeep que habitualmente utilizaba Mauricio para desplazarse. Les bastó romper los vidrios y girar la llave que estaba colocada en la cerradura, por dentro. Las dos mujeres fueron inmovilizadas contra el jeep mientras el resto de los hombres copaba la casa. Las órdenes eran gritadas; las puertas derribadas a patadas.
—Ustedes: aseguren arriba! iVos: acá, en la escalera! ¡Vamos! ¡Peinen todo!
Aquello sucedía vertiginosamente. Mientras las apuntaban con sus armas les preguntaban a gritos cómo se llamaban. Sara no lograba recordar su nuevo nombre falso, y apenas atinaba a exclamar: ¡Mamá! ¡Mamá!; ¿quiénes son estos hombres? Asilú le contestó que eran policías, y Sara, compenetrada con su papel aunque aún sin acordarse del nombre que figuraba en sus documentos, intentaba seguir con la comedia: ¡No, mamá; no pueden ser policías!
—Arriba no hay nadie! —gritó alguien.
Por un momento los militares quedaron algo desconcertados. Esperaban encontrar también a un hombre en la casa y sólo había dos mujeres. Pero la duda duró muy poco. Uno de los comandos había hallado en el doble fondo de un cajón la foto de Gerardo Gatti tendido en el camastro de Orletti. La tortura comenzó de inmediato. Asilú era golpeada en una habitación de la planta baja. Sara era demolida a puñetazos y patadas sobre la cama, en su dormitorio. A cada trompada Sara veía cómo se balanceaba el moisés de su hijo y trataba de sujetarlo para que no cayera al piso. Querían saber dónde estaban las armas; dónde estaba Mauricio y cuándo regresaría. Unos veinte minutos después cesaron los golpes y los insultos.
Otros cuatro hombres entraron al dormitorio. El que parecía conducir el operativo recorrió la habitación con la mirada deteniéndose brevemente en el moisés. Tomó una funda, le hizo un nudo en un extremo, fue hasta el placard y comenzó a llenarla con todo lo de valor que caía bajo sus ojos. Miró a Sara y le preguntó: —Sabés quién soy, no? —Sara negó con la cabeza.—No me conocés? Soy el mayor del ejército uruguayo José Gavazzo, y él —dijo señalando aun hombre a su lado—, es oficial del ejército argentino.
Muchos años después Sara reconocería al “oficial argentino” como el nazi Aníbal Gordon, jefe de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA).
—,Dijo algo? —preguntó Gavazzo.
a—Dice que no hay armas —contestó uno de los hombres que se distinguía de los demás por su peculiar saña al golpear. Era alto, delgado, de cabello negro peinado “a la gomina”. Todo su aspecto era repulsivo. De pronto sacó una cadena de bicicleta de un bolsillo y la hizo zumbar en el aire.
—Déjeme a mí, mayor; déjeme darle que le saco todo en dos minutos — rogaba.
Los comandos abandonaron provisoriamente a las mujeres y con la misma violencia que habían ejercido contra ellas se abocaron al registro minucioso del lugar. Destrozaron los muebles; despanzurraron los colchones a cuchillo; hicieron saltar los marcos de las puertas; desfondaron los placares. Nada quedó sin registrar. —Señora, tome al niño -dijo Gordon, que hacía pocos minutos la había golpeado brutalmente. Quería registrar la cuna. Sobre la cama había un muñeco que Mauricio había comprado para Simón. Uno de los hombres lo tomó de los cabellos y con un gesto rápido y seco le cortó la cabeza con un cuchillo para revisar su interior. No encontró nada.
Sara estaba sentada en el piso, encogida en un rincón del dormitorio. Le sangraban la boca y la nariz, pero no se dio cuenta hasta que vio las manchas en la ropa de Simón. No sentía dolor. Sabía que sólo podía esperar algunos días más de vida y que sería salvajemente torturada. Su nombre sería otro más en la lista de desaparecidos. Pensó en su familia, en Mauricio, y se aferró al pequeño cuerpo de su hijo. El debía sobrevivir. Simón tenía que vivir. Lo apretaba contra su pecho. Ya no podría ser su abrigo. Ya no podría protegerlo, amamantarlo, criarlo. Pero quería creer que ése no era su fin.
Escuchó a alguien decir algo sobre el “traslado”. Apretó a Simón con más fuerza y cerró los ojos. Gavazzo entró en la habitación.
—Mejor dejalo; adonde vas no podés llevarlo. El va a estar bien, no te preocupés. Esta guerra no es contra los niños.
Sara no respondió. Hizo todo el tiempo que pudo, pero el tiempo se acabó. Unas manos se adelantaron intentando sacarle a Simón. Ella se aferró a él y tuvieron que golpearla para quitárselo. Fue la última vez que Sara y Simón se abrazaron, se besaron.
Mucho tiempo después, cuando tuvo tranquilidad de espíritu para analizar todo lo que había vivido, Sara se culpó de no haber luchado con más fuerza para evitar que la separaran de su hijo. Recordaría siempre el caso de Margarita Michelini, también secuestrada esa misma noche por otro grupo, quien gritó y se debatió de tal forma que sus captores le permitieron entregar su bebé a unos vecinos antes de subir al vehículo que la llevaría con destino desconocido. Pocos días después, el niño fue recuperado por la familia Michelini. Era una conclusión tan dolorosa que Sara se le fue aproximando lentamente, durante varios años. Finalmente asumió que su actitud se debió al escepticismo con que vivió aquel período: estaba convencida de que su vida terminaría en algún recodo de la lucha, y en aquel momento límite sintió que llevarse a Simón equivalía a arrastrarlo con ella a una muerte segura. Pero una duda quedaría instalada: la de no haber utilizado las posibilidades de negociación que, quizá, existieron y ella no exploró.
Atadas de pies y manos, amordazadas y con una bolsa de nailon cubriéndoles la cabeza, las dos mujeres fueron arrojadas al piso de una camioneta. Luego cargaron todos los objetos que no habían hecho pedazos. Era la tajada material del botín. El vehículo hizo varias paradas y en cada una de ellas se agregaron nuevos detenidos. En la parte trasera de la camioneta no quedó lugar ni para el miedo. Paralizada por las ataduras y al borde de la asfixia, Sara ocupó su mente con una sola idea: ahorrar la mayor cantidad posible de energía para intentar la fuga en la primera oportunidad.
No sabía cuánto tiempo llevaba tirada en el piso de la camioneta. De pronto sintió que el vehículo se detenía nuevamente; escuchó que se elevaba una cortina metálica y después el ruido del motor entrando a un lugar cerrado. Ella no lo vio, pero sobre la cortina metálica había un gran cartel de latón en el que estaba pintado un nombre: “Automotores Orletti”. Era un centro clandestino de detención con fachada de taller mecánico que los comandos del ejército argentino compartían con sus colegas uruguayos. La costumbre del lugar era recibir a los recién llegados con una golpiza. Sara y Asilú no fueron excepciones.

Mauricio había crecido junto a un hermano mayor que parecía extraído de un manual sobre los hábitos clánicos. Desde muy pequeño Gerardo lo había introducido en los ambientes que él frecuentaba. Fue Gerardo quien le hizo posible descubrir la cerámica artística, una de sus pasiones. Aún recordaba con nitidez el día en que su hermano lo llevó a la legendaria Comunidad del Sur y le presentó a quienes trabajaban en el taller de cerámica. Entonces él era apenas un púber, pero todavía hoy guardaba en el rincón más cálido de su corazón el sabor de aquellas primeras incursiones al anarquismo práctico y teórico. Aquel grupo pretendía construir una microsociedad libertaria en el seno del capitalismo.
Gerardo era linotipista, y continuando la tradición de su gremio era un obrero tan formado como cualquier intelectual. Era, además, un hombre cálido, comunicativo, luchador y carismático, virtudes que lo habían convertido en uno de los principales líderes sindicales del país, fundador de la Convención Nacional de Trabajadores que nucleó en su seno a casi todos los sindicatos uruguayos. Mauricio era más bien hosco, algo solitario, hipersensible. Había repartido su vida entre la creación y la militancia. Escribía, dibujaba, pintaba, pero era en la cerámica donde sentía que se expresaba mejor. Las características de su personalidad eran mucho más las de un artista, bohemio y orejano, que las de un dirigente político. El momento histórico, el ámbito en el que vivía y su conciencia individual lo colocaron en ese papel que intentaba cumplir cabalmente.

Aquella noche la reunión había durado hasta la madrugada. Muy temprano en la mañana del 14 de julio, mientras regresaba a Belgrano desde el otro extremo de la ciudad, Mauricio pensaba que quizás ahora, con tanta casa a disposición, podría comprar un pequeño horno e instalar un tallercito en el garaje. Extrañaba el barro y la sensación de libertad que experimentaba cuando sus dedos lo maleaban con la delicadeza de un sombrerero, o cuando lo golpeaba contra la madera de una mesa, con la impiedad del herrero. Le comentó su proyecto al compañero que venía conduciendo el coche, sabiendo que enunciar una idea es la mitad de su concreción. Habló largamente sobre el tipo de horno que necesitaría, sobre la cantidad de horas por día que pasaría encerrado en el taller y repasó los comercios donde podría intentar colocar sus obras para ganarse unos pesos. Aventaba la apestosa muerte de’su cabeza. No la propia —él, como todos, sabía que podía quedarla en cualquier momento, pero, igual que los demás, no pensaba que moriría—, sino la que planeaba como un buitre sobre el cuerpo roto de Gerardo en la fotografía.
La había observado cientos de veces en esos pocos días. Hacía un esfuerzo mental por borrar de esa imagen todo lo que no fuera la mirada de su hermano, tratando de descubrir un destello, un leve brillo portador de algún mensaje descifrable sólo por él. Por momentos se sorprendía esperando que el rostro en la foto hiciera una guiñada, esbozara una sonrisa, como diciendo: “No pasa nada, muchachos; me hago el destrozado para no avivar a estos giles; en realidad estoy entero”. Pero la imagen le devolvía siempre esa expresión con apenas un hilo de vida, lúcida pero marchita. Lo estaban masacrando despacio y quizás ya todo había terminado.
Estaban cerca del Centro. Mauricio le pidió al conductor que parara frente a un bar, se bajó del coche y entró. Pidió el teléfono y marcó el número de la casa de Beigrano. Volvió a discar cuatro o cinco veces más. Regresó al automóvil como si alguien lo viniese persiguiendo.
—j,Qué pasa? ¿Qué pasó hermano? —preguntó el conductor mientras arrancaba en segunda y haciendo chirriar las gomas por puro reflejo.
Mauricio estaba gris y, de pronto, parecía veinte años más viejo. Apenas habían recorrido una cuadra cuando estalló.
—La putísima madre que los parió; milicos hijos de mil putas; hijos de puta! —gritaba dando puñetazos al tablero del auto.
—j,Qué carajo...? ¿Qué mierda pasa?
—En la casa... donde está la Petisa; no contesta nadie ¡la puta madre que lo parió!
—¿Estás seguro de que no salió a algún lado?
—j,Adónde va a ir a esta hora, hermano? No, no...
—No sé... a comprar el pan, la leche. Yo qué sé.
—No, no, no... Se los llevaron, ¿entendés? Se los llevaron a todos. ¡Carajo! ¡Carajo!
Se detuvieron en otro boliche para llamar nuevamente. Nada. Decidieron ir hasta Belgrano y pasar frente a la casa sin llamar la atención. Mauricio apretaba la mandíbula y ahora sus facciones parecían de piedra. Estaba fuera de control. Su compañero percibió que iba a tener que estar muy alerta si quería evitar un desastre.
Pasaron una vez frente a la casa, pero no vieron nada.
—Arrimate más al cordón y pasá más despacio. ¿‘ta?
—Bueno, bueno; pero, por favor, no hagas ninguna macana.
—Dale, doblá acá.
En la segunda pasada el conductor tomó muchos más riesgos que los aconsejables. Se pegó a cordón de la vereda y recorrió la cuadra muy lentamente, tratando de dar la impresión de que eran extraños en el barrio buscando un número que no hallaban. Mauricio, sin embargo, ni siquiera pensó en disimular; miró fijamente hacia la casa todo el tiempo que pudo. Las palabras salieron a presión entre sus dientes.
Te lo dije; te lo dije.
—j,Qué? ¿Qué viste? Yo no vi nada.
—Los vidrios de la puerta están rotos. Hay vidrios en el piso. Se los llevaron.., a todos.
Estaban dando vuelta en la esquina cuando el conductor vio que Mauricio manoteaba la puerta. Puso el cambio y aceleró a fondo. Mauricio estaba enloquecido de dolor. Le ordenaba a su compañero que detuviera el coche de inmediato mientras sostenía la puerta a medio abrir, pero el conductor cruzó tres calles con el pie pegado al piso. Mauricio se abalanzo sobre el volante y forcejeó hasta que el vehículo frenó bruscamente. Dentro del automóvil se desencadenó una verdadera lucha cuerpo a cuerpo. Mauricio soltó la primera trompada. Gritaba, golpeaba y sollozaba él mismo tiempo. Su compañero lo redujo sin miramientos.
—Calmate! ¡No podés hacer nada, ¿entendés?!, ¿Qué querés? ¡Te van a limpiar como a una liebre! ¡Sabés que hay una ratonera!
Mauricio fue cediendo; apoyó la cabeza en el pecho de su compañero y lloró desconsoladamente.
—No me importa. No me importa nada... nada de nada.
Ya en lugar seguro, Mauricio recuperó el control e hizo lo que debía hacer, Fue telefoneando a todos los locales y, al fin de la recorrida, concluyó que esa noche habían sido secuestrados casi veinte de sus compañeros. Comprendió que él aún estaba libre por pura casualidad. Si la reunión hubiese sido otro día, o hubiese terminado más temprano...

jueves, 8 de marzo de 2012

ORLETTI

ORLETTI
El “pozo de Orletti” fue uno de los “chupaderos” más activos de aquellos años y cuartel general de los militares uruguayos en Buenos Aires. En la planta baja de lo que había sido una automotora se apiñaba la mayor parte de los prisioneros. En el piso superior se hallaba la sala de torturas, una cocina y una habitación que ocupaban los militares. Allí mismo, distribuidos en pequeños cubículos aislados entre sí por delgadas mamparas, estaban los secuestrados considerados más importantes y, por lo tanto, torturados con mayor asiduidad. Entre otros, los dirigentes sindicales Hugo Méndez
—textil—, Enrique Rodríguez Larreta (hijo) y Gerardo Gatti.
Después de la paliza de bienvenida los nuevos detenidos fueron desfilando ante un militar que llenaba una ficha con los datos personales, día y lugar de detención. En el piso había un montón de cartoncitos, Alguien tomó uno y se lo colocó a Sara colgando del cuello. Era el número. Poco después, sentada en el piso, comenzó a reconocer las voces de otros secuestrados. Había muchos de sus compañeros. Y empezaron a rondarle las preguntas: ¿cómo llegamos a esto?; ¿qué pasó?; ¿quién más está?; ¿quién zafó? La voz de León Duarte, dirigente sindical y del PVP secuestrado esa misma noche, resonó cerca suyo: “A resistir, compañeros, que aquí nos graduamos de revolucionarios”.
El mensaje del ‘Loco” Duarte tuvo un efecto inmediato en Sara. Le hizo saber que no estaba sola, que otros compañeros suyos compartían lo que estaba sintiendo en ese momento y que se preparaban para enfrentar lo que venia; que de alguna manera eran todos un solo cuerpo soportando juntos los tratamientos crueles que les infligía su enemigo; que no eran apenas víctimas, sino miembros de una organización política ante una nueva etapa de su lucha.
Sara vivió aquella llegada a Orletti con una mezcla de angustia y expectativa; estaba comenzando a enfrentar una situación límite que, inconscientemente, había esperado desde hacía mucho tiempo. Mientras la subían por la estrecha escalera de madera que conducía a las salas de tortura en la planta alta, Sara se dio cuenta de que trepaba los escalones más rápido de lo que la obligaban. El soldado que la escoltaba le comentó a otro; “Pero mirá a esta loca; está sonriendo!”. Y era cierto. Eran los nervios, pero también que quería enfrentarse de una vez por todas a ¡a tortura, una prueba que había asumido como inevitable. Había llegado el momento; ¿cómo sería? Sabía que cuando comenzara, empezaría a terminar. En lo último que pensó mientras la colgaban para aplicarle la picana eléctrica fue en la voz de Duarte: “A resistir, compañeros...”.
El mayor sufrimiento que padecían los secuestrados era escuchar los gritos de sus compañeros mientras eran torturados. Cuando Sara los oyó por primera vez se propuso “aguantar”, no gritar jamás. Pero cuando estuvo colgada y mientras le aplicaban la picana eléctrica en todo el cuerpo, gritó; gritó con toda la violencia de que fue capaz, comprendió que el grito explotaba como un reflejo físico inevitable, y también que era la única forma de expresar que aún se resistía, el último reducto de la protesta. Pero sobre todo, el único contacto posible con la sensación de estar vivo.
El mundo era un hilito de aire que se filtraba a través de la oscuridad, de la capucha; se colaba entre sus labios resecos, partidos, hinchados, pasaba por su garganta en llaga viva de tanto gritar y apenas llegaba a sus pulmones con un silbido agudo, arrítmico. Era lo único que sentía al salir de aquella primera sesión de “máquina”. Después, mucho rato después, comenzó a percibir el resto de su cuerpo; una pequeña masa dolorida que se enrollaba en el piso de cemento lustrado y frió. Todavía no sabía que alrededor de ella había varias decenas de secuestrados, todos bárbaramente torturados, vestidos con andrajos o completamente desnudos, algunos ya reducidos a jirones humanos.
Al moverse levemente Sara sintió una presencia a su lado, tocó una pierna, un pantalón vaquero. Escuchó una voz diciendo que los cuerpos se dan calor, y ambos, lentamente, se acercaron lo más que pudieron el uno al otro. Esa fue la primera manifestación de solidaridad básica, instintiva, total, de las muchas que compartieron y se prodigaron entre sí los detenidos sobrevivientes de Orletti. Nació entre ellos un vínculo profundo de compañerismo y amistad que se prolongaría durante muchos años.


Encapuchados y esposados a la espalda, los prisioneros estaban limitados a percibir la realidad sólo por medio de sus oídos. En los escasos momentos en que los militares apagaban la radio puesta a todo volumen para disimular los gritos de los torturados, los secuestrados escuchaban que muy cerca (¿enfrente?) pasaban trenes; y del otro lado debía haber una escuela porque dos veces por día les llegaba el bullicio de los recreos.
La actividad central de los carceleros era la tortura sistemática y salvaje. Los métodos comúnmente utilizados eran el submarino y la electricidad, aplicada por medio de una suerte de taparrabo metálico que se ajustaba a la cadera del prisionero de forma que quedara en contacto pleno con sus genitales. El voltaje de la corriente era regulado mediante un dispositivo que llamaban “el aparatito”, y que los militares argentinos se ufanaban de haber inventado para “trabajar” con mayor precisión y comodidad. Para aumentar el efecto del choque eléctrico, los torturados eran colgados de un gancho que pendía del techo y que se regulaba para que ¡a víctima tocara el piso sólo con las puntas de los pies. El suelo se mantenía permanentemente mojado y cubierto con gruesos cristales de sal que, además de mejorar la conductividad, producían dolorosísimas heridas. Sara fue llevada allí una y otra vez. Fueron días de una crueldad demencial, absoluta e inhumana que no se detenía nunca, porque los dolores ajenos dolían tanto o más que los propios.


Montevideo. 20 de julio de 1976. La reunión se efectuó al anochecer en un lujoso chalé de Carrasco. Cuatro militares uniformados fueron recibidos en la entrada por el dueño de casa —un acaudalado hombre de negocios políticamente vinculado a la dictadura— y por el embajador estadounidense, Ernest Siracusa, Los militares eran el jefe del Estado Mayor Conjunto (Esmaco), contralmirante Víctor Sanjurjo, los comandantes en jefe de cada una de las armas, Julio César Vadora por el ejército, el vicealmirante Saúl González lbargoyen por la armada y el brigadier Dante Paladino por la aviación.
El Senado estadounidense discutía desde hacía varios meses una propuesta del demócrata Edward Koch que impulsaba la suspensión de la ayuda militar del Pentágono a las dictaduras latinoamericanas, acusadas de violar sistemáticamente ¡os derechos humanos mediante desapariciones forzosas, torturas y asesinatos.
La propuesta había sido bautizada como “enmienda Koch”. Partidarios y detractores trabajaban intensamente para volcar la opinión del Congreso en uno u otro sentido. La campaña contra la enmienda argumentaba que los países bajo gobierno dictatorial estaban librando una guerra frente a un peligroso enemigo financiado y entrenado por el comunismo internacional, y que sin la ayuda de Estados Unidos esos gobiernos caerían rápidamente en manos de los terroristas.

Las copas estaban servidas. El fuego ardía en el hogar. Los seis hombres ocupaban los amplios sillones de la sala formalizando el encuentro.
—Bueno, embajador; aquí estamos. Hable con sinceridad —dijo Vadora.
—Los he llamado a esta reunión porque tengo información fresca de Washington. En concreto, y según lo que ustedes me solicitaron, recorrí mis contactos en el Congreso. La evaluación es negativa: tal como están las cosas en este momento, si la enmienda Koch se aprueba Uruguay integrará la lista de los países que dejarán de recibir nuestra ayuda militar.
—,Hay alguna posibilidad de influir en esa decisión? ¿Se puede sacar a Uruguay de esa lista? —preguntó Sanjurjo.
—No quiero engañarlos: es casi imposible, pero se puede intentar. Habría que demostrar que el país se encuentra en peligro real, que está siendo atacado por grupos bien organizados, poderosos en gente, armas y dinero. En todo caso, cualquier acción que se ejecute debe ser muy espectacular e incuestionable.
Hubo un incómodo silencio que rompió Vadora.
—Puede haber un plan —dijo, y lo explicó.
Se trataba de monta un falso operativo de invasión utilizando a militantes izquierdistas prisioneros en Buenos Aires. Vadora informó que en ese momento tenían allá algo más de 30 “detenidos”, pero que algunos de ellos eran demasiado importantes y peligrosos como para incluirlos en la operación. En su opinión, no sería difícil obtener la colaboración de los prisioneros ya que su alternativa era cooperar o morir. El principal escollo sería convencer a los militares argentinos de cambiar la metodología de “limpieza total” previamente adoptada.
Hubo acuerdo general y distribución de tareas: Siracusa se encargaría de hacer llegar la información al Departamento de Estado; el hombre de negocios gestionaría el apoyo del sector financiero estadounidense con representación en Uruguay para que las casas matrices utilizaran sus influencias en el Congreso de Estados Unidos. Los militares debían implementar la fase operativa. Mencionaron al coronel Amaury Prantl, jefe del Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas (OCOA), y al mayor José Gavazzo —“un especialista”, dijo Vadora— para que se hicieran cargo de la selección de los prisioneros que se utilizarían en la operación. Con los demás se procedería según el plan original.

Orletti era el sótano del infierno. Todas las noches se despachaba por menos un “traslado” (un grupo de prisioneros era subido a vehículos q partían a toda velocidad; nadie los volvía a ver), y ya entrada la madruga las mismas camionetas regresaban con nuevas víctimas. La tortura esta organizada como una cadena de producción que jamás se detenía. Pero aquí no se armaban autos, sino que se desmontaban seres humanos. Sara presenció muchas escenas terribles, actos que excedían el “profesionalismo” del verdugo para ingresar al terreno de la crueldad pura, de lo aberrante.
En aquellos días de julio de 1976 permanecían secuestrados en Orletti varios familiares de Mario Santucho, líder del grupo guerrillero argentino Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Allí estaba Carlos, cuyo único delito era ser hermano del dirigente prófugo. El 19 de julio Mario Santucho resultó muerto en un enfrentamiento con los militares. La noticia repercutió inmediatamente en Orletti. Esa misma noche hubo una fiesta y excepcionalmente se suspendió la calesita de torturas. Se encargó comida y bebida a un conocido restorán porteño y hasta llegaron algunas mujeres, obviamente contratadas para la ocasión.
En la planta baja de Orletti, sentados en tomo a una larga e improvisada mesa y rodeados por los prisioneros deshechos y encapuchados, los militares brindaron por la muerte. El festejo fue largo y escandaloso, hasta que la mayor parte decidió continuarlo en otro lado dejando en el local apenas el personal imprescindible. Euforizado por el alcohol y la victoria de esa noche, uno de los guardias preguntó a los prisioneros cuánto tiempo hacía que no comían (era en realidad una pregunta irónica, pues en Orletti no estaba previsto alimentar a los prisioneros).
—Cinco días —respondió alguien.
El hombre tomó las sobras del banquete y las distribuyó, autorizando a los detenidos a quitarse vendas y capuchas mientras comían. Sara recuerda que fue el único momento durante la estadía en Orletti en el que los secuestrados pudieron verse las caras, comunicarse, tratar de levantar el ánimo de los más estropeados. Cuando habían terminado de comer esos maravillosos restos, un prisionero pidió de beber; el guardia sirvió en tazas y vasos de plástico lo único que había: champaña, y les ordenó volverse a colocar los vendas en los ojos.
Apenas unos minutos después los mismos guardias se acercaron a Carlos Santucho. Parecieron interesarse por el estado de sus piernas gangrenadas a raíz de las heridas que le habían causado en la tortura.
—Querés que te llevemos a ver un médico? —le preguntaron.
Santucho había perdido la razón como consecuencia de las torturas que le infligían desde hacia varias semanas. Deliraba en voz alta durante la mayor parte del día, pero pudo contestar.
—Sí; un médico, un médico...
—Te vamos a llevar a Campo de Mayo. Ahí hay un médico que cura todo.
Sara estaba acostada en el piso y pudo observar la escena por debajo de la venda. Fueron dos guardias de civil, uno de ellos con un fuerte acento provinciano; Lo levantaron riendo, haciendo bromas, y delante de todos los prisioneros lo ahogaron en un tacho con agua mientras comentaban: — Ahora te está recibiendo el doctor San Pedro.
También estaba secuestrada allí Manuela, hermana de Mario Santucho. Como Carlos, su único delito era el apellido. Al día siguiente de la muerte del líder del ERP y del asesinato de Carlos, un oficial con alto grado que Sara no pudo identificar irrumpió muy temprano en la planta baja de Orletti, se dirigió hasta Manuela, le arrancó la venda y le ordenó que se pusiera de pie. Luego le extendió un recorte de prensa.
—¡Lea, y en voz alta! —gritó el oficial.
Manuela Santucho tuvo que leerles a todos los prisioneros un artículo publicado en un diario de ese día que relataba minuciosamente el enfrentamiento en el que había muerto su hermano. Manuela es hoy una desaparecida.
La convivencia entre militares uruguayos y argentinos en Orletti no era sencilla. Sobre todo con los paramilitares argentinos, empleados a discreción durante la guerra sucia. En general se trataba de personas con formación militar por haber revistado en algún servicio de las Fuerzas Armadas, pero que por diversas razones habían renunciado o perdido su vínculo formal con el estamento castrense. Compartían los objetivos ideológicos de la tarea que estaban realizando, pero eran casi ingobernables, principalmente cuando había que aplicar la violencia. Casi todos parecían disfrutar con los tratamientos más crueles; siempre eran voluntarios para las palizas y la tortura y alardeaban permanentemente de sus armas. Los militares los utilizaban, pero no los consideraban elementos confiables.
Las discusiones eran constantes y por las cosas más nimias: desde quién debía hacer las guardias —los paramilitares se quejaban de que habiendo más prisioneros uruguayos que argentinos, siempre les tocaba a ellos efectuarlas—, hasta quién hacía los mandados. Un día dos de ellos recibieron la orden de ir a buscar aceite para cocinar. Armaron un escándalo, pero obedecieron. Al rato regresaron en un enorme camión cargado con centenares de latas de lubricante para automóviles.
—Querían aceite? Aquí tienen aceite —gritaban desde la cabina mientras introducían el vehículo en el local.
Todos festejaron la ocurrencia. Con la misma espontaneidad eran capaces de asesinar a un prisionero de un tiro entre los ojos.
Pero cuando Gavazzo regresó de Montevideo con la noticia de que más de 20 de los uruguayos secuestrados serían repatriados, se generó un durísimo enfrentamiento entre oficiales de ambas nacionalidades.
Los argentinos exigían que se respetara el acuerdo según el cual no habría supervivientes, y consideraban que violar el pacto no sólo constituía un riesgo para su seguridad, sino además, y sobre todo, un grave error político.
Los prisioneros percibieron que algo extraño estaba sucediendo, aunque no podían precisar qué era, hasta que alguien sorprendió una conversación entre dos guardias:
—Parece que los uruguayos se van a cambio de plata —dijo uno de ellos.
Todos los secuestrados en Orletti conocían el antecedente del rescate que propusieron los militares a cambio de Gerardo Gatti, por lo que no les resultó imposible que ahora se hubiesen reiniciado esas tratativas por todo el grupo de prisioneros. En realidad, no existieron otras negociaciones ni hubo más contactos entre militares y dirigentes del PVP. Pero es posible que ése haya sido el argumento final que Gavazzo usó con los argentinos para que accedieran a la repatriación, y quizás hasta les ofreció una parte del botín. La transacción era una mentira, y su descubrimiento por parte de los argentinos explicaría la interrupción de la coordinación durante más de un mes, hasta mediados de setiembre, cuando se lanzaría una segunda oleada de secuestros de uruguayos en Buenos Aires.
El trato que recibían cambió ligeramente. Sara intentó ordenar sus pensamientos y, a pesar de que aún no estaba segura de sobrevivir, decidió concentrar su energía en memorizar todos los detalles auditivos que, quizás, algún día, podrían ser útiles para identificar ese lugar. Registró la escuela y la vía férrea, e intentó ponerles nombres a las caras que había logrado ver y un rostro a los nombres que había escuchado mencionar. Constató que varios prisioneros ya no estaban y que tampoco oía las voces de Gerardo Gatti, León Duarte, Hugo Méndez y otros.
Durante los 13 días que estuvo en Orletti Sara evitó cualquier pensamiento que se relacionara con lo que había dejado tras las puertas del chupadero, todo lo que había perdido. Tenía la convicción de que podía aguantar muchas cosas: la picana, el submarino, las palizas, las amenazas o los simulacros de fusilamiento. Pero imaginar a Simón en aquel lugar, apenas permitirse evocarlo, era superior a sus fuerzas. Bloqueó tras una cortina de supervivencia la existencia de su hijo. No podía soportar pensar en él, especular acerca de qué le estaría pasando. Estaba segura de que la mejor forma de protegerlo y protegerse era no mencionarlo. Sabía que algunos de sus compañeros habían sido torturados en presencia de sus hijos, y varios niños habían sido utilizados para obtener la confesión de sus padres. Era lo que más temía, y no habló con nadie de Simón. Ni siquiera con ella misma.
Muy temprano en la mañana del 26 de julio, Sara y otros detenidos fueron separados del resto. Uno a uno fueron conducidos hasta el baño donde se les permitió lavarse someramente, aunque siempre encapuchados. Les dieron ropa usada, casi harapos, seguramente de otros prisioneros que habían estado en el pozo. Después de muchos días podían cubrirse con algo parecido a una vestimenta. Pasaron varias horas antes de que recibieran la orden de ponerse de pie. Cuando estuvieron colocados en fila les quitaron las vendas y capuchas que fueron inmediatamente sustituidas por esparadrapo en los ojos y la boca. Sara estaba en la fila, como todos los demás. De pronto alguien le bajó la venda de un tirón y la miró durante un momento. Era una mirada cargada de odio e impotencia. Luego, el hombre volvió a colocarle la venda sin decir una palabra. Hizo lo mismo con Margarita Michelini.

Ninguna de las dos olvidaría ese rostro. Terminada la dictadura argentina, en uno de sus viajes a Buenos Aires Sara volvió a ver aquellos ojos, pero ahora en una foto de una publicación de derechos humanos. Se trataba del mayor Otto Paladino, quien en 1976 era jefe de la inteligencia militar argentina (SIDE) y que en esos días estaba siendo indagado por la justicia penal, acusado de participar activamente en la guerra sucia. Sara y Margarita se presentaron ante el tribunal argentino y relataron sus testimonios en el Juicio en su contra.

Esposados a la espalda fueron arrojados como bultos en el piso de un camión. Sobre los cuerpos, apoyadas en las barandas del vehículo, colocaron unas tablas y encima todos los objetos robados que habían acumulado durante los operativos. El vehículo salió de Orletti a gran velocidad y con la sirena abierta.
En el piso del camión los prisioneros no podían comunicarse, apenas rozar otros cuerpos sin nombre, quizá apretar alguna mano anónima tratando de sentir e infundir solidaridad, pero todos compartían la misma inquietud. Tal vez los estuviesen llevando a algún lugar donde serían ejecutados, o a otro centro de detención clandestino. ¿Se estaría concretando el canje por dinero’? Todos ellos habían presenciado los “traslados”, habían visto salir de Orletti vehículos cargados con prisioneros que después eran asesinados. El camión se iba abriendo paso en el tránsito a golpes de sirena. Sara escuchaba la proximidad de los automóviles “normales”, la estridente respiración de la ciudad y sentía enormes deseos de escapar, de atravesar la delgada lona que los separaba del mundo para gritarle lo que estaba sucediendo.
La incertidumbre duró pocos minutos. El cortejo entró a la Base Aérea militar contigua al aeropuerto de Buenos Aires. Cuando todo estuvo pronto los prisioneros fueron bajados del camión e introducidos en un Fairchild de la compañía estatal uruguaya PLUNA. En esos momentos todos los prisioneros intentaban “pescar” elementos que les ayudaran a discernir cuál sería su verdadero destino. A pesar del estrechísimo campo de visión que le habilitaba el esparadrapo colocado a modo de venda sobre los ojos, apenas subió al avión Sara pudo ver sobre un asiento una gorra militar que no dudó en identificar como parte del uniforme castrense uruguayo. Desde el momento del despegue intentó contar los segundos, los minutos que duraba el viaje. Las manos esposadas hacia atrás se le clavaban en la espalda; para evitar el dolor intentaba volcar su cuerpo hacia adelante, pero reiteradamente algún soldado la obligaba a retomar la posición anterior. Así pudo ver más de una vez las mangas de los uniformes de sus guardias, y también pertenecían al ejército uruguayo.
Cuando el avión aterrizó la cuenta de Sara rondaba los 45 minutos, el tiempo de vuelo entre Buenos Aires y Montevideo. El aparato se detuvo al fin de una pista secundaria de la Base N° 1 de la Fuerza Aérea Uruguaya, ubicada junto al Aeropuerto Internacional de Carrasco. El mayor Gavazzo y un oficial al que llamaban “301 “supervisaban personalmente el operativo que se efectuó bajo excepcionales medidas de seguridad. El vuelo no quedó registrado y los escoltas habían sido seleccionados entre los militares que habían participado en los comandos de Buenos Aires. Estaba comenzando el operativo de intoxicación informativa más audaz y complejo que ejecutó la dictadura uruguaya.