domingo, 4 de marzo de 2012

PUNTA DE RIELES

PUNTA DE RIELES


Diciembre de ¡976. Había sido un seminario religioso, pero el gobierno policial de Jorge Pacheco Areco en proceso hacia la dictadura necesitaba
prisiones y ya lo había habilitado para esa función a principio de 1971. Los militares sólo tuvieron que ampliar y ordenar. En los suburbios de Montevideo La construcción de dos pisos donde estaban los celdarios albergaba a unas 200 presas políticas. y otro tanto estaba ubicado en las llamadas
“barracas” — edificaciones precarias, separadas de la planta principal y donde el régimen era algo más laxo —. Observado desde el exterior Punta de Rieles no parecía una prisión; era un edificio relativamente moderno, de líneas agradables y hasta coquetas, de ladrillo visto y tejas.
En el celdario las prisioneras estaban clasificadas en cuatro sectores rojo, amarillo, azul y negro. Cada una llevaba cosido en su uniforme —
pantalón gris, camisola del mismo tono abotonada hasta el cuello— un bolsillo con el color de su sector. El rojo era el de las “peligrosas”. En la parte
derecha del pecho y en la espalda estaba inscrito el número de cada presa. Nadie era un nombre, sólo un color y una cifra. Sara era el “349 rojo”.
El edificio principal tenía dos pisos en forma de V. En cada una de sus alas había dos hileras de celdas separadas por un corredor, en cuya parte central
estaban los baños, limpios pero insuficientes para la población carcelaria. En el vértice, donde se unían las dos alas, se hallaban las escaleras de acceso
protegidas por una gran reja. Detrás había una mesa donde se apostaba la guardia interna. A fines de 1976, cuando Sara llegó al Penal, los calabozos
estaban también en ese vértice. Luego fueron emplazados fuera del edificio. Las antiguas aulas habían sido convertidas en celdas de diversos tamaños donde convivían entre ocho y 14 mujeres. Dormían en cuchetas; las ventanas enrejadas sólo podían abrirse con autorización de la guardia; los vidrios estaban pintados de un blanco espeso que les impedía ver el exterior pero dejaba entrar la luz natural. Los pisos de parquet, de buena calidad, eran encerados con frecuencia por las propias prisioneras. La puerta de las celdas era una reja; las camas y unos lockers para guardar objetos personales eran todo el mobiliario. Las cuchetas eran el único espacio individual disponible para leer, escribir o cualquier otra actividad.
La planta física era de una calidad muy superior a la de otras prisiones. Los militares le llamaban con sorna “El internado de señoritas”. Y desde el punto de vista de las instalaciones no estaban muy lejos de la verdad. Pero en todo lo demás era una cárcel dura, cuyo sistema de funcionamiento interno y de relaciones entre carceleros y prisioneras era sofisticadamente destructivo, aunque eso no se percibiera a simple vista. Igual que en las cárceles masculinas, aquí las reglamentaciones cambiaban arbitrariamente: durante un período ingresaban libros o revistas, con excepción de cualquier publicación que aludiera a la realidad contemporánea externa; de pronto, sin razón aparente, se prohibían esos materiales durante meses. El sistema de represión contra los presos elaborado por la dictadura uruguaya reposaba fundamentalmente en un concepto: nada era realmente previsible, la lógica no existía. Se intentaba mantener al preso en la incertidumbre sobre el futuro inmediato, demostrándole que el poder estaba de un solo lado y que la única actitud posible era el sojuzgamiento total frente al enemigo. No disponían de aparatos de radio o cualquier otro medio de comunicación con el exterior. Podían hacer trabajos manuales pero tenían absolutamente prohibido representar palomas o caballos, usar ropas de color rojo y cantar en coro. Podían escribir y recibir una carta de dos carillas cada 15 días, cartas que, por supuesto, pasaban previamente por la censura de la prisión que se reservaba el derecho de retenerlas. Las misivas de las presas no podían contener ninguna alusión a la vida interna de la cárcel y las que escribían las familias ninguna información ajena a su propio ámbito. Las visitas eran cada 15 días en un recinto especialmente acondicionado. Cuando Sara llegó al Penal visitante y visitado estaban separados por un muro de más de un metro de alto y medio de ancho; desde el muro y hasta el techo, con unos 30 centímetros de separación, una doble malla de alambre grueso y rígido que permitía verse y escucharse, pero no tocarse. Una guardia femenina permanecía durante toda la visita junto a la prisionera. Poco después la malla de alambre fue sustituida por un grueso vidrio y para comunicarse había que usar un teléfono. Las conversaciones eran escuchadas por la guardia que las podía interrumpir en cualquier momento. Hablar de temas prohibidos acarreaba sanciones para la prisionera y suspensión de la visita para el familiar. Las detenidas con hijos menores de 12 años podían tener contacto físico con ellos; las otras tenían que conformarse con el teléfono y la caricia en el vidrio. Cuando bajó del vehículo militar, a escasos metros de la puerta de la cárcel de Punta de Rieles, Sara sintió que por fin terminaba una etapa durante la cual su vida había estado en peligro permanente. Era el fin de aquella relación de excesiva proximidad con el enemigo y el principio de otra en la que los campos estarían más claramente delimitados. Como muchos militantes, se había preparado mentalmente para enfrentar las consecuencias de su lucha; sabía desde hacía tiempo que podía tocarle la muerte, la tortura y la prisión, lo que no impidió que delante de la puerta de la cárcel sintiera temor por ese mundo nuevo, cerrado, que se abría allí, diez pasos más adelante. Mientras ingresaba a la prisión donde pasaría mas de cuatro años Sara recordó la voz de Duarte, gritando en Orletti: “A resistir, compañeros, que aquí nos graduamos de revolucionarios”. La llegada del grupo “repatriado” causó conmoción entre las detenidas en el Penal de Punta de Rieles. El hecho de que el propio Gavazzo, el personaje más conocido y temido en ese período, hubiese encabezado el cortejo levantó una enorme curiosidad. Era una situación completamente anómala. Todas las prisioneras llegaban a Punta de Rieles desde los cuarteles donde habían sido interrogadas y torturadas; venían con una custodia femenina y jamás acompañadas por los propios torturadores. Las que ingresaban traían noticias de las que aún permanecían o recién habían llegado a los cuarteles, de forma que existía una suerte de cadena de información mediante la cual se sabía quiénes podían arribar al Penal. Era muy extraño que ninguna de estas “nuevas” hubiese sido vista antes. La presencia de Gavazzo comandando ese traslado contenía, además, un mensaje muy claro: “Nadie escapa a mi persecución. Estos tampoco, y aquí los traigo personalmente a la cárcel”. ¿De qué se trata? ¿Qué caso es éste?, se preguntaban. La expectativa se incrementó y duró varios días, alimentada inconscientemente por las recién llegadas, quienes previamente habían decidido mantener la boca cerrada hasta estar seguras de saber exactamente dónde estaban paradas, y también por las prisioneras “locatarias”, quienes antes de establecer vínculos de confianza quisieron saber con quién estarían hablando. El hielo, sin embargo, no demoró en romperse. Sara intentaba encontrar nuevas bases para su equilibrio emocional, bases adaptadas a las circunstancias. Quería aprender, encontrar su forma de bancar la prisión. Le costaba mucho dormirse y tenía un sueño muy ligero. Llevaba pocos días en la cárcel cuando pasó una de las peores noches de su vida. Los calabozos, que todavía estaban en el mismo piso que las celdas, no sólo eran un lugar de castigo: antes de entrar o salir del Penal se hacía un pasaje obligatorio por ellos. Cada ida y vuelta a los juzgados militares o a los hospitales externos implicaba otras tantas calaboceadas que casi siempre duraban uno o dos días. Era como una suerte de cuarentena del rigor, donde las que volvían debían “limpiarse” de toda contaminación del mundo exterior y las que salían tenían tiempo de empezar a desear no volver a asomar la nariz. Esa noche ocupaba uno de los calabozos una presa que regresaba del Hospital Militar, donde había parido a un hijo engendrado en libertad. Allí estaban los dos, ella y el bebé, en el calabozo. Esa noche el niño lloró durante horas, y el llanto invadía el celdario, rebotaba en las paredes de ladrillo y se amplificaba en los techos de las celdas. Sara no podía dejar de pensar que ese llanto era el de su hijo, Simón, que desde algún lugar le hacía saber que la necesitaba.
Al día siguiente de cumplir una semana en Punta de Rieles Sara pidió una entrevista con el mayor Gavazzo. Cuando recibió su solicitud, el director de! Penal la hizo conducir a su despacho: quería conocer la razón de su reclamo. Ella no reveló el motivo y se limito a responder que se trataba de un acuerdo personal entre ambos. Esa y ninguna de las posteriores solicitudes que hiciera para entrevistarse con Gavazzo tuvieron respuesta. El mayor nunca mas dio la cara. Sara y el resto de las presas de su grupo fueron rápidamente integradas a la vida colectiva que, en Punta de Rieles, era muy rica. También se sumaron a las diversas tareas que debían efectuar las prisioneras. El día empezaba a las seis de la mañana. La primera obligación era formar fila ante las guardias, numerarse y asistir al izamiento del pabellón nacional. Luego cada una se ocupaba en el trabajo que le tocara. Fundamentalmente eran la cocina, la fajina o la quinta.
El trabajo en la cocina era el más agotador — se producía para la población carcelaria, pero también para la tropa — y peligroso, ya que se manipulaban objetos muy pesados cerca de enormes hornallas; requería comenzar muy temprano, inmediatamente después del desayuno de leche y pan que era traído por la tropa hasta el celdario en grandes tachos. Las prisioneras, al igual que para el almuerzo y la cena, armaban largas mesas de tablones sobre caballetes en el corredor del celdario que eran desmontadas al fin de la refacción. En la cocina había que pelar bolsas y bolsas de papas y boniatos para llenar unas ollas tan grandes que Sara entraba de pie en ellas y apenas se le veía el copete. Esos tubérculos, carne, pastas y guisados con pirón eran la base de la alimentación que recibían. Raramente aparecían verduras. Otra parte del trabajo en la cocina era el aseo de los utensilios que se efectuaba en un patio exterior, y la limpieza de la carnicería donde los soldados trozaban las medias reses. Después del almuerzo había un breve y muy necesario descanso. A las tres de la tarde el equipo regresaba a la cocina para preparar la cena y recomenzaba el mismo ciclo que a mediodía. Era la tarea más dura: nadie la hacía más de 15 días corridos, y la permanencia de alguna prisionera en esa labor por un plazo más largo era una forma de castigo o persecución que utilizaba la institución. En algunos sectores las detenidas podían administrar ellas mismas quiénes realizaban las tareas externas, y en esos casos se practicaba una rotación permanente teniendo en cuenta las situaciones personales, físicas o anímicas.
En la fajina había que atender varias cosas: limpieza de los corredores, de los baños, de los utensilios que se usaban para comer; las fajineras ponían la mesa, preparaban y distribuían la merienda y se ocupaban de mantener agua caliente constantemente a disposición para las sempiternas rondas de mate.
El trabajo en la quinta consistía casi siempre en dar vuelta tierra. Pocas veces el terreno labrado era posteriormente sembrado, por lo que a menudo se daba vuelta la misma tierra dos, tres, infinitas veces sin objetivo aparente. Cuando se llegó a sembrar y cuidar algunos canteros, los frutos no se consumieron en el Penal, sino que fueron llevados por algunos oficiales con destino desconocido. Mucho antes de que llegara el grupo de “repatriadas” las presas habían discutido las características alienantes de hacer un trabajo inútil, y habían decidido obedecer pero a desgano. Por otra parte, esa opción era coherente con la actitud general de resistencia pasiva frente al sistema carcelario y al enemigo siempre que se podía se hacía lo que estaba prohibido; todo lo que no fuera trabajo que de alguna forma beneficiara a la población reclusa era terreno de lucha. Sara salió a la quinta cada vez que tuvo oportunidad. Cualquier ocasión de abandonar aquellas paredes —aunque fuese transitoriamente—, de respirar aire libre, le parecía buena. El contacto con la tierra le resultaba enormemente satisfactorio, y le costaba mucho contener el deseo de prodigarse a fondo con la azada, pero debía hacerlo. Obtuvo momentos de indescriptible placer observando nacer y crecer una insignificante hierba, espiando los aparentemente caprichosos traslados de un bichito. Mucho tiempo después de salir de la prisión, Sara y otras ex presas harían una revisión crítica de la actitud que asumieron en aquel momento, fruto quizás de un cierto esquematismo que les impidió comprender que esa tarea podía haber sido efectuada de forma tal que procurara satisfacción para las prisioneras, independientemente de los objetivos de sus carceleros. En prisión, cualquier gratificación resulta vital para el equilibrio individual. Quizás en aquel contexto el trabajo a desgano se justificaba, aunque seguramente hizo falta imaginación para buscar otras formas de resistencia que implicaran menores costos para las detenidas.
La participación en estas labores obligatorias era administrada en general por los militares. Eran ellos quienes decidían quién hacía qué y cuándo. El único que podía eximir del trabajo total o parcialmente era el médico del Penal, si encontraba razones de salud que lo justificaran.
La tensión entre prisioneras y guardianes era constante, y una de las formas más eficaces de enfrentarla era desarrollar una solidaridad sin cortapisas entre compañeras. Sara iría conociendo los pequeños gestos aparentemente intrascendentes que conformaban el lenguaje del afecto, del compañerismo; un lenguaje que quedaba fuera del alcance de los carceleros y de su represión. Era una preocupación constante y unánime, por ejemplo, lograr comunicación con las castigadas. Mientras los calabozos estuvieron en la misma planta que los celdarios los mensajes —evidentes o cifrados— eran permanentes. A veces se hablaba en voz exageradamente alta para que las conversaciones llegaran hasta las sancionadas, una forma de hacerlas participar en la vida cotidiana y romper el aislamiento. Otras veces, aunque estaba absolutamente prohibido, se silbaban las canciones preferidas de las prisioneras castigadas, hasta que llegaba la orden de callarse. Las fajineras intentaban acercarse lo más posible a los calabozos esperando la oportunidad propicia de dar o recibir mensajes” o simplemente de intercambiar saludos e infundir coraje.
Pero a poco de ingresar Sara en Punta de Rieles los militares levantaron una edificación especial para los calabozos junto a la planta principal de la cárcel. Fue cuando se traslado a la mayor parte de las presas que estaban diseminadas en los cuarteles del Interior. Ellas fueron quienes inauguraron las instalaciones, durante el consabido rito de las calaboceadas sistemáticas a quienes salían o ingresaban al Penal. Venían de vivir en condiciones mucho más duras, y estos calabozos con baño y duchas les resultaron muy soportables.
Era una construcción de unos 200 metros cuadrados, con techo de tejas, a dos aguas, paredes blancas; lo único que lo diferenciaba exteriormente de un clásico chalé era la ausencia de ventanas, sustituidas por banderolas altas, casi pegadas al techo. Los guardias le llamaban “La casita de muñecas”. En el interior había calabozos cuyas puertas no se enfrentaban y un corredor central. Las puertas de los calabozos eran de hierro y tenían una mirilla por donde pasaba la comida. Una parte del dispositivo era de vidrio, casi totalmente pintado de blanco. Por el intersticio transparente los guardias vigilaban a las prisioneras durante sus rondas periódicas... y también era por donde se comunicaban ellas cuando podían, utilizando el abecedario manual que toda presa debía conocer y practicar con destreza de prestidigitador. Pero la lucha era constante, y a medida que las vías de comunicación eran detectadas y suprimidas, las prisioneras debían ir aguzando el ingenio para encontrar nuevas.
Cuando una reclusa era sancionada, el castigo comenzaba de inmediato y era conducida al calabozo con lo que tenía puesto. Más tarde le llegaba un bolso con su ropa de cama, sus utensilios de higiene personal y alguna vestimenta. El bolso lo armaban las compañeras de celda de la castigada, que aprovechaban la ocasión para enviarle las mejores prendas de cada una como expresión de apoyo, y para contrabandear todo tipo de “objetos útiles” como hilos de colores en los dobladillos de los pantalones, agujas en los cuellos de las blusas; había especialistas en coser botones con diez veces más hilo que el necesario. Al principio el colchón, la ropa de cama y los objetos de higiene personal quedaban en el calabozo; no sólo eran todo el mobiliario del lugar, sino que resultaban elementos vitales para la estrategia de supervivencia de las reclusas aisladas. Mientras se permitió tener una servilleta de tela, se la podía ir deshilachando poco a poco y se tejían pulseras o simplemente trozos de diseños sin otra utilidad que la mera ocupación. A menudo se invertía el mismo tiempo en hacer algo que en deshacerlo, para volver a empezar con los mismos materiales pero en otras combinaciones. Esta posibilidad duró poco, pero mientras existió las compañeras de celda de la sancionada buscaban incluir en su bolso la servilleta con más cantidad de colores que tenían a mano. Primero retiraron el colchón, las sábanas y frazadas, con el pretexto de que algunas sancionadas no cumplían con la obligación de tenerlo plegado durante el día; lo devolvían sólo en la noche. Más tarde quitaron también el bolsito con los elementos de higiene, que quedaba en el baño, colgado.en una percha para cada reclusa, de modo que el calabozo llegó a ser una habitación completamente vacía.
El objetivo principal de esas restricciones fue extremar las condiciones del aislamiento eliminando todas las posibilidades de que las castigadas hallaran formas de ocuparse. Pero la lucha era, además de desigual, casi siempre inútil. Todo estaba prohibido, así que había que mantenerse alerta constantemente para evitar ser descubierta por la guardia. A veces se lograba escatimar a la vigilancia algún trozo de miga de pan, o robar un pedazo de jabón del baño, y con eso se tallaban y modelaban figuras, objetos.
Si bien una estadía de una semana en el calabozo era considerada una prueba extenuante para la salud psíquica, la mayor parte de las prisioneras encontraba siempre qué hacer. Era cuestión de aguzar el ingenio y trazarse un plan del día. Cada una se hacía el suyo, pero casi todas usaban algunos métodos comunes: la gimnasia, practicada con lentitud para que durara más; repasar mentalmente los últimos estudios hechos en el celdario sobre materias tales como historia, geografía o matemática; algunas iban “escribiendo” un libro durante sus calaboceadas, de forma que a cada nuevo castigo retomaban mentalmente el hilo de la trama donde lo habían dejado en la sanción anterior. Las actividades manuales ocupaban un lugar muy importante, no sólo porque muchas de ellas permitían trabajar al mismo tiempo con la cabeza, sino que también requería mucho ingenio encontrar qué hacer con tan pocos elementos. En la época en que el régimen del calabozo aún era ‘laxo”, Sara fabricó con miga de pan una enorme variedad de cosas, hasta una suerte de scrabble y un juego completo de ajedrez. Un día logró llevarse la pasta de dientes al calabozo y la usó para pintar esos objetos y un tablero en el colchón.
Había una hora establecida para comunicarse con los otros calabozos, que coincidía con el momento en que habitualmente la guardia no entraba al corredor. Pero habían aprendido a no centrar todas las expectativas del día en ese momento, porque a veces la comunicación resultaba demasiado riesgosa o imposible, y porque las prisioneras intentaban desarrollar la capacidad de resistir el aislamiento de forma autónoma. Esta decisión reflejaba con exactitud las características de la relación entre las reclusas y el sistema carcelario militar: siempre se debía estar preparado para lo peor; de la institución sólo se podía esperar más represión. Los casos de ensañamiento contra algunas prisioneras les recordaban permanentemente esa premisa: la sanción máxima que se podía aplicar era tres meses de calabozo; cualquier falta que generara un castigo superior caía en el terreno del delito y debía ser evaluada por un tribunal militar. Pero los guardias habían encontrado la manera de eludir ese obstáculo aplicando sanciones sucesivas con cualquier pretexto. A veces las detenidas no habían completado el trayecto entre el calabozo y el celdario cuando eran sancionadas nuevamente y daban media vuelta, directo al aislamiento. Algunas estuvieron castigadas hasta cuatro y cinco meses de continuo. Dos de los casos más notorios durante el período en que Sara estuvo en Punta de Rieles fueron los de Elisa Michelini, que había estado en calidad de rehén en varios cuarteles del Interior y sufría en el Penal una persecución alevosa, y Alicia Troglio, quien se había negado a firmar la sentencia en el tribunal militar ya que su expediente había sido inventado de cabo a rabo.
El régimen de las sancionadas incluía un breve recreo durante el cual se salía a caminar por una estrecha vereda junto a la pared exterior de los calabozos. Desde las ventanas de una de las alas del celdario se podía observar el paseo de las castigadas, y era una oportunidad de oro para comunicarse. El recreo de los calabozos era vigilado mucho más atentamente por las presas que por los propios guardias. No se podía hablar, menos aun gritar o hacer señas evidentes, pero hay gestos irreprimibles, como alisarse el pelo o atarse los cordones de los zapatos. Había un complejo código de movimientos aparentemente anodinos, pero a los cuales las prisioneras les habían asignado distintos significados y servían para trasmitir, por lo menos, estados de ánimo. También había canciones con dobles sentidos, y aunque estaba prohibido, las sancionadas silbaban hasta que recibían la orden de no hacerlo.
Sara invirtió mucho de su tiempo de calabozo en aprender a silbar. Nunca lo logró. Estuvo allí varias veces, y le resultaba una situación tan límite que sólo podía compararla con los días de Orletti. Allá, en “el pozo”, el riesgo permanente era perder la vida; aquí, en el calabozo, la amenaza constante era la locura. Debía invertir todas sus energías para producir el esfuerzo de eludir el vacío, las especulaciones, la angustia; para domesticar el sueño superando el ex profeso escándalo nocturno de las guardias con sus conversaciones en voz muy alta, la radio encendida, las bromas sobre las castigadas festejadas con risotadas y el “tolete” (un garrote similar al que usan los policías) campaneando contra las rejas. En el Penal nadie lo comentó, pero después supo que no era la única en tener “sueños de calabozo”. Eran sueños plenos, vívidos. Soñaba con campos ilimitados, ondulados, floridos, soleados, y animales que corrían libremente bajo un cielo infinito. Esos sueños solían aportarle un estado de ánimo especial, una sensación casi material de que se había fugado del encierro y que atenuaba el día de calabozo que le seguía cubriéndolo con una tenue pátina de frescura.
Los integrantes de la Cruz Roja Internacional que lograron ingresar a Punta de Rieles para verificar el tratamientQ que recibían las prisioneras, señalaron que la intensa colectivización de la vida cotidiana y esos elaborados sistemas de comunicación eran los pilares del fuerte clima de afectividad en que vivían las reclusas, peculiaridad que sólo hallaron en las cárceles femeninas. Esta conclusión sirvió de pretexto a algunas prisioneras para analizar en grupo las diferencias culturales entre hombres y mujeres y cómo aquellos reciben una educación castradora de sus manifestaciones afectivas que las soslaya a un segundo o tercer plano. Pero también sabían que ese entramado emocional tan espeso sólo podía generarse en condiciones de reclusión, imposible de reproducir en circunstancias normales. Mientras Sara estuvo en el Penal, y hasta mucho más allá, no existieron nucleamientos por grupos políticos. Allí, en ese mundo creado por mujeres, el afecto se transformaba en un factor de cohesión que galvanizaba al colectivo porque fortalecía el ánimo individual sin sensiblerías. Muchas admitieron en prisión no haber experimentado nunca antes un sentimiento tan completo de pertenencia. Esos valores elaborados durante años de prisión coexistían a veces con conceptos que quizá podían pecar por una cierta rigidez, provocada por el corte absoluto con el mundo exterior. Primaba, sin embargo, la calidez humana, que se expresaba sobre todo en los regalos de cumpleaños que se mantenían escondidos hasta último momento, en la energía con que se manufacturaban souvenirs para las que salían en libertad yen los sueños que se tejían con ellas que, de alguna forma, las llevaban a todas “afuera”. Las comidas en conjunto, las celdas colectivas y las numerosas actividades de. grupo favorecían también ese clima, y no pocas veces generaban momentos de auténtica alegría, como sucedía invariablemente cuando se organizaban representaciones teatrales en las celdas. Nadie desperdiciaba la más pequeña oportunidad de reír.
El sector rojo, donde iba a parar lo más “duro” del Penal y al que Sara fue asignada, resultó, para su asombro, también el más sensible. Poco a poco fue entendiendo el límite impreciso, la forma en que sus compañeras lograban armonizar los extremos: la intransigencia absoluta frente al enemigo y la exigencia de resistencia sin desmayos, con la ternura, el cariño, el afecto y la calidez humana sin ambages hacia las compañeras. Desde mucho antes de su llegada el sector había adoptado un símbolo interno, un lenguaje propio que no se expresaba en palabras, una clave con muchos significados que nadie intentó nunca definir con precisión: era una semilla, pequeña, dura y gris. Se utilizaba en todo el Penal para hacer manualidades, rosarios, pulseras collares, pero el sector rojo le daba además otro uso aparecía sin remitente sobre la almohada, en un bolsillo, dentro del libro que estaba leyendo la compañera que en ese momento enfrentaba alguna situación personal difícil, Sara encontró muchas de esas semillas, pero recuerda especialmente la que halló estando en el calabozo, depositada dentro del bolsito individual que quedaba colgado de una percha en el baño por alguna anónima “rififí”, y supo que le estaban diciendo lo que más necesitaba oír: “Estamos contigo”.
La vida en el celdario giraba en torno a actividades colectivas. Todo se hacía en grupo, y a diferencia de los hombres en las prisiones masculinas, aquí se dedicaba mucho más tiempo a la charla que al juego. Se conversaba sobre todo: cosas de la vida, historias personales; se charlaba sin propósito prefijado, para compartir abiertamente las experiencias individuales y, muchas veces, analizarlas colectivamente.
También se estudiaba en grupos: historia, idiomas —aunque estaba prohibido—, geografía, física, matemática, dibujo, pintura, lingüística e infinidad de otros temas. Estudiar colectivamente era muy lento, pero para algunas reclusas era indispensable, ya que sin el apoyo del grupo jamás hubiesen podido hacerlo. Las manualidades también se efectuaban en conjunto, y mientras las demás trabajaban alguien leía un libro interesante en voz alta.
La organización interna de las prisioneras abarcaba varios aspectos clave. La “despensa”, que se nutría con el contenido de los “paquetes” que los familiares traían en las visitas, estaba centralizada. Si bien cada alimento que entraba de afuera era considerado precioso por su destinataria que los acogía como expresión de cariño y apoyo, todos iban a parar a una bolsa común. Las encargadas de la despensa no sólo debían llevar un estricto control de las reservas sino distribuirlas según las necesidades: quien no podía tomar leche recibía más queso; a la que no toleraba los cítricos o las bananas se le daba más manzanas, y en general se intentaba atender las situaciones especiales con el mayor esmero. La “cantina” se le llamaba al fondo común del dinero que los familiares depositaban en el Penal según las posibilidades de cada cual. Ese fondo se utilizaba para comprar, por medio de la institución carcelaria, los elementos que no estaban autorizados en los “paquetes”: yerba, tabaco, y en general todos los objetos de higiene personal. Las encargadas de la “cantina” administraban las existencias, las prorrateaban y presentaban periódicamente un estado de cuentas a los celdarios. La biblioteca también era administrada por las presas; se podía hacer un pedido por semana y se llevaban escrupulosas listas de espera para las obras más codiciadas.
Pero el momento más importante para todas era el de la visita, los sábados y domingos. Esos días eran completamente diferentes a los otros; el clima era algo más distendido, más tolerante y el ritmo en los celdarios era de excitación creciente. Las presas se vestían especialmente para la ocasión con el “uniforme de visita” —más nuevo que los otros— y todas trataban de ponerse por debajo algo alegre, colorido, que asomara apenas sobre el cuello abotonado. Muchas se maquillaban y se prestaban ropa. Luego era el retomo algo alborotado al celdario donde esperaban las que no habían tenido visita ese sábado. La rueda de mate era obligatoria, y sentadas sobre unos pequeños troncos, a lo gaucho, entre mate y mate cada una iba contando las novedades. El conocimiento que se llegaba a tener de las familias de las compañeras era tan detallado que en las visitas se podía no sólo reconocer físicamente al padre, el hermano o la hermana de fulanita, sino a identificar gestos, actitudes y personalidades. Cuando una presa salía en libertad recorría una por una las familias de sus compañeras. Todos se sorprendían de lo fácil que resultaba la comunicación, y era gracias a ese sistema de “visitas compartidas”. La liberada conocía anécdotas de cada integrante del grupo familiar, y a ellos les llenaba de emoción saber que ese conocimiento había sido trasmitido por su pariente prisionera.
Hacía 15 días que estaba en Punta de Rieles. Ese sábado le había tocado fajina; había dormido mal y poco la noche anterior y estaba rendida. Era posible que tuviese su primera visita, pero no la esperaba. Aunque estaba prohibido hacerlo a esa hora del día, Sara se recostó en su cucheta y rápidamente se quedó dormida. La despertaron de un sacudón: tenía visita; la estaban llamando desde la reja. Fue con lo que tenía puesto, el uniforme de fajina sucio y remendado. Mientras caminaba por primera vez hacia la sala de visitas trataba de poner su cabeza en orden, establecer prioridades para aprovechar al máximo el tiempo disponible. Allí estaban, su padre, sus hermanas María del Carmen y Lourdes. Su hermano Francisco no había sido autorizado a pasar porque tema barba. Los tres en un racimo, al otro lado de la reja. Su padre, desde siempre llorón y sensible, no lograba hablar, se le cortaba la voz. En Buenos Aires habían recorrido cuarteles, hospitales, morgues, y habían llegado a sospechar lo peor. Verse nuevamente significó para todos una emoción indescriptible. Sara quería levantarles el ánimo, y ellos querían hacer lo mismo con ella. Hasta que hizo la pregunta:
¿Simón? Esa primera visita fue el encuentro de dos mundos con la misma incógnita: ella suponía que quizá lo habían podido encontrar, y ellos pensaban que Simón estaba allí, con ella, porque se habían negado a creer en lo dicho por aquel militar que se había presentado a buscar ropa y abrigo hacía tres semanas.
Desde entonces las visitas fueron para Sara una suerte de tortura moral, de angustia insoportable y arrasadora. La espera de un sábado a otro estaba, en su caso, cargada con una intensidad mayor, dramática; cada visita era una posibilidad de recibir noticias. Imaginar que el sábado siguiente sí traerían algún indicio, una pista sobre Simón, la sumía en un estado de excitación casi incontrolable. Cada 15 días, el sábado era el día del miedo.
Resultaba contradictorio, porque no había otra forma de ver a su familia, de tener novedades de cada uno y también del mundo exterior. A pesar de saber que a ellos les resultaba imprescindible llegó a desear no tenerlas para no sufrir tanto. Aunque no lo conversó con nadie, después de esa primera visita las expectativas de Sara se concentraron en Mauricio. Esa era en realidad la dirección en la que había trabajado siempre su fantasía. Lo admiraba desde que ingresó en la FAU, de la que él ya era uno de los dirigentes más visibles. Desde el inicio, su relación personal había estado teñida por la confianza política que todos los militantes de organizaciones como ésta, verticalizadas, depositan en sus responsables. Después Sara viviría otras cosas con Mauricio, conocería otras facetas de su personalidad, de su vida íntima, que llevarían a una escala mucho más humana aquella primera admiración juvenil. Pero hasta entonces pensaba, fantaseaba con que Mauricio había podido recuperar el hijo que habían tenido en común, que lo había rescatado y estaba con él, a salvo en el exterior, que eso era un gran secreto y ella en algún momento lo sabría. No compartía ese sentimiento con nadie, quizá porque inconscientemente sabía que era la única forma de que la fantasía, el último refugio, perdurase intacta. No fue sino poco a poco que, en su fuero íntimo, Simón se le fue transformando en un desaparecido.
Poco antes de que terminara el año, el oficial “301” concurrió al Penal e hizo llamar a Ana Inés Quadros. Era un hecho insólito, o por lo menos poco habitual. Ana Inés esperé recibir algún planteo concreto del oficial, pero el militar no salía de las formalidades: le preguntó cómo estaba, si precisaba algo. Entonces Ana decidió tomar el toro por los cuernos y le recordó que ellos no habían cumplido con sus promesas ya que Simón no había aparecido; la familia de Sara no lo tenía ni sabía nada de él. Le pidió información al respecto. “301” respondió irritado que no entendía de qué se quejaban, después de todo habían salvado la vida. Allí terminó la entrevista.

1977. Hacía más de un año que había sido secuestrada y separada de su hijo en Buenos Aires. Sara se adaptaba a la vida rutinaria de la cárcel, aprendiendo las reglas no escritas que pautan las relaciones entre prisioneras y carceleros. La principal consistía en no hacer nada a lo que no estuviesen obligadas por el reglamento.
Un día de octubre las autoridades de la prisión ordenaron a las detenidas que se prepararan para una visita que vendría al día siguiente; debían ponerse el uniforme «de gala” y tener el celdario impecablemente limpio y ordenado. Cuando las guardias les comentaron que podían maquillarse si lo deseaban —“fantasía” sólo admitida los días devisitas—, las prisioneras comprendieron que no se trataba de una simple revista militat Era algo distinto. Al día siguiente, Ana Inés Quadros vio desde la ventana que ingresaba al Penal un auto con chapa diplomática y alguien alcanzó a distinguir pequeñas banderas inglesas sobre los guardabarros delanteros. Aunque no se les comunico oficialmente, las detenidas supieron después que
Inglaterra se disponía a concretar una importante compra de carne, pero que para calmar las protestas de los organismos internacionales de derechos humanos que acusaban al gobierno británico de negociar con una dictadura se había acordado una inspección ocular a varios establecimientos carcelarios.
El embajador ingresó al Penal acompañado por un funcionario de su representación diplomática que hablaba correctamente el castellano. Rodeados por una comitiva de siete u ocho altos oficiales del ejército uruguayo, los funcionarios extranjeros recorrieron todo el celdario. Siguiendo las instrucciones que habían recibido, las prisioneras estaban dentro de sus celdas, paradas junto a sus respectivas cuchetas, en posición de firmes y con las manos en la espalda. El embajador pasaba lentamente entre las filas, en silencio, sin hacer preguntas pero observándolo todo. Cuando estaba muy cerca de ella Sara rompió la formación, dio un paso al frente y le solicitó permiso para hablarle. Naturalmente el diplomático accedió, mientras los desconcertados militares sólo atinaban a clavar sus miradas cargadas de odio sobre aquella pequeña mujer que los desafiaba abiertamente.
Sara sabía que no tendría mucho tiempo y se esforzó por relatar su caso en una apretada síntesis que había preparado mentalmente durante la noche anterior pero debía detenerse para que el funcionario pudiera traducir sus palabras al embajador, cuya consternación fue visible y creciente. Antes de que Sara pudiese terminar los militares interrumpieron la escena violentamente y se llevaron al ilustre visitante prácticamente en vilo.
Pocos días después, enterados de la visita del diplomático a Punta de Rieles, el padre de Sara y el de Ana Quadros, José Antonio Quadros, que había sido embajador uruguayo en Gran Bretaña entre 1953 y 1959, se presentaron ante mister Peters, el embajador inglés, quien les relató cómo se había desarrollado la visita, se mostró sensibilizado por el caso de Sara y prometió hacer gestiones ante su gobierno para intentar favorecerla de algún modo. Sara nunca supo qué resultado concreto tuvo su gesto que, eso sí, le costó un mes de calabozo.
1979. Presionados por la incesante campaña de denuncias —en especial sobre la situación de los rehenes— que levaban adelante los uruguayos exiliados y que había logrado sensibilizar a varios organismos internacionales, los militares permitieron ese año el ingreso a los penales de Libertad y de Punta de Rieles de una misión suiza de la Cruz Roja que obtuvo la concesión de efectuar entrevistas individuales a cada uno de los prisioneros, sin presencia de los carceleros. Sabiendo por los familiares que visitaban también a algún prisionero de Libertad que la delegación extranjera
había iniciado su inspección en el Penal masculino, las presas de Punta de Rieles comenzaron a prepararse intensamente para la ocasión. Desde su punto de vista una misión internacional que venía a hablar con presos de muchos años significaba que no sólo podrían relatar en qué situación estaban viviendo, también recibirían noticias del exterior si ningún filtro y, a su vez, seria posible sacar información veraz desde el Penal. Por ejemplo, había varias prisioneras que estaban gravemente enfermas pero cuyas familias ignoraban su estado real. La expectativa que despertó entre las detenidas esa visita fue enorme, y constituyó sin ninguna duda el hecho más importante para ellas en todos esos años. Sara también depositó muchas esperanzas en ese encuentro; pensaba que tres años después del secuestro y desaparición de su hijo el caso sería suficientemente conocido en Europa. Quizá le darían novedades sobre Simón o. al menos, alguna información sobre las gestiones que seguramente se estaban haciendo en el ámbito internacional para recuperarlo de las manos de sus captores. Durante los días previos a la entrevista su agitación fue aumentando, y todas sus compañeras la alentaban augurándole que recibiría novedades.
El momento tan esperado por fin llegó. Sara ingresó a la habitación donde estaba recibiendo la misión suiza. El entrevistador era un hombre de mediana edad que se expresaba bastante bien en castellano. Luego de los formulismos necesarios Sara preguntó si sabían algo de su hijo. Para su sorpresa, el visitante no sabía nada, ni siquiera conocía su caso, por lo que Sara se lo relató desde el principio, y mientras lo hacía sintió la enorme soledad en la que luchaba, sintió la impotencia de estar en prisión sin poder hacer algo para hallar a su hijo. Al cabo de la hora que debía durar la entrevista, el delegado suizo había tomado nota y conciencia de que estaba frente a un caso gravísimo. No tenía más tiempo, pero le sugirió a Sara que solicitara autorización para ser recibida por el médico de la delegación, gestión que se podía efectuar por razones de salud. El integrante de la Cruz Roja le pidió unos días para averiguar algún dato concreto, y en caso de obtenerlo, se lo comunicaría al médico para que éste se lo informara.
Así lo hizo Sara allí mismo, inmediatamente después de dejar la habitación donde se había desarrollado la entrevista. Mientras esperaba que se registrara su solicitud vio que el hombre a quien acababa de relatarle su situación salió de la pieza, pidió que se interrumpiera por un momento la cadena de entrevistas y preguntó dónde estaba el baño. Regresó con la cabeza empapada. El representante de la Cruz Roja estaba preparado para resistir la enorme carga emocional de hablar sin pausas con decenas de presos políticos, pero no para afrontar una denuncia como la que acababa de recibir y, quizá aun menos, para no tener ninguna respuesta que ofrecer a quien había esperado tanto tiempo sin siquiera un indicio sobre el paradero de su hijo.
Para Sara la decepción fue enorme. En el trayecto de regreso al celdario deseaba desaparecer, volverse invisible. No tenía ánimo para encarar a sus compañeras y decirles que la Cruz Roja no estaba informada de su caso. Le parecía estar viviendo una pesadilla. Aún recuerda esa noche como una de las más tristes que pasó en prisión.
La entrevista con el médico se produjo un mes después y, como en la anterior, Sara no se enteró de nada nuevo. La situación era tan absurda que, por momentos, su mente naufragaba en las dudas y la confusión. ¿Sería realmente cierto” ¿No sería Simón una creación de su mente, perdida, extraviada en la insanía? ¿Cómo la Cruz Roja no sabía nada si había una campaña en el exterior? No había papeles legales que confirmaran su historia; en el Penal sólo Asilú Maceiro podía dar testimonio de los hechos; Simón no se llamaba Gatti Méndez sino Riquelo. Bastaba mirar todo su caso con un pequeño sesgo de incredulidad para concluir que ella había sido afectada de tal forma por las experiencias traumáticas a las que la había sometido la represión militar que simplemente se había vuelto loca.
No fue sino a costa de un gran esfuerzo, y con la ayuda silenciosa pero omnipresente de sus compañeras, que pudo superar aquel difícil momento de su prisión provocado por la desinformación absoluta sobre la situación de Simón.
El 1° de mayo era una fecha especialmente recordada en el Penal de Punta de Rieles. Porque estaba prohibido, ese día de cada año todas intentaban lucir alguna prenda roja, y las que salían a colgar la ropa lavada agrupaban las de ese color para simular una bandera. Hasta que una vez la guardia se dio cuenta del “complot” y quedó expresamente prohibido colgar ropas rojas una al lado de la otra. Cada 1° de mayo los guardias recibían renovadas advertencias en ese sentido. Pero el ingenio de algunas prisioneras sólo era comparable con su osadía. Muchas de las reclusas que habían venido del Interior traían consigo su ropa de cama que incluía, en casi todos los casos, un poncho militar que usaban como frazada. Estos ponchos eran verde oliva por fuera, y estaban forrados con un grueso paño rojo. Nadie supo con certeza de quién fue la idea, pero ese 1° de mayo, como todos los días, un grupo salió temprano en la mañana para colgar la ropa y, distraídamente, se incluyó a los ponchos entre la ropa lavada porque... había que airearlos. Los ponchos quedaron colgados todos juntos en una larga cuerda; era una gran bandera verde oliva. A mediodía, también como siempre, el mismo grupo fue a retirar la ropa seca y a dar vuelta la ropa de cama colgada. La guardia no prestó atención a la maniobra, habituada a ese trajín cotidiano y verificada más temprano la ausencia de prendas rojas. Y demoró varias horas en percibir el engaño, horas en que los celdarios fueron una fiesta premeditada. Todas las prisioneras se asomaron a las ventanas para gozar de la hermosa vista: aquella enorme bandera ahora tan roja, y silbaron a coro la Internacional, rieron y festejaron la burla.
Era un domingo de agosto; las madres tenían visita cuerpo a cuerpo con sus hijos. Bajaban por tandas que coincidían en una habitación donde las guardias las revisaban al entrar y salir de las visitas. Allí, Ivonne Trías, que regresaba de la visita especial que había obtenido con su sobrino, comentó para que la oyeran las compañeras de celda de Sara que tendrían que conseguir otro vasito para servirle jugo a otro niño. “Parece que va a empezar a venir Simón”, agregó. Ivonne, cuya familia había sido diezmada por los militares ya que su compañero, su hermana Cecilia y su yerno estaban desaparecidos, recibió primero veladas insinuaciones en ese sentido de su madre, Irma, quien estaba relacionada con los familiares de los desaparecidos y ella misma había logrado recuperar al pequeño hijo de Cecilia, Marcos, que ahora vivía con ella. Después de la visita con su madre, Ivonne estuvo con Marcos quien, sin la vigilancia a presión de las guardias, fue más específico: le contó que en Chile habían aparecido hacía pocos días dos niños uruguayos, Anatole y Victoria, hijos de Roger Julien y ‘Victoria Grisonas, desaparecidos en Buenos Aires en setiembre de 1976. Anatole recordaba algunas cosas de su viaje, entre otras que había un bebito con ellos y que habían sido llevados hasta allí por “la tía Mónica”; también mencionó un “avión chiquito” y un auto blanco.
Los hermanos Julien habían sido vistos por Julio César Barboza en el SID, donde los “repatriados” pasaron la segunda etapa de su detención clandestina luego de la casa de Punta Gorda. En diciembre de I976 Anatole y Victoria fueron abandonados en una plaza de Valparaíso. El juez de menores que entendió en la causa ordenó que los internaran en un albergue, y luego fueron adoptados por un matrimonio chileno. Gracias a una investigación efectuada por varios periodistas brasileños apoyados por la organización paulista de derechos humanos Clamor; el entonces arzobispo de San Pablo, cardenal Paulo Evaristo Arns, pudo anunciar públicamente en julio de 1979 el hallazgo de los hermanos desaparecidos. Las familias Julien y Grisonas viajaron a Chile, efectuaron los trámites para que los niños recuperaran su verdadera identidad y llegaron a un acuerdo con la familia adoptiva: Anatole y Victoria permanecerían en Valparaíso, aunque conociendo su verdadero origen y manteniendo relaciones normales con su familia biológica. El dato de ese bebito que había viajado a Chile con los Julien recorrió el Penal como en alas de un pájaro, y aunque Irma e Ivonne en ningún momento mencionaron que el otro bebé que había viajado con los Julien fuese efectivamente Simón, y menos aun que se le hubiese ubicado, lo cierto es que en pocas horas todo Punta de Rieles “sabía” que el hijo de Sara había aparecido. Todos menos ella, que no supo nada hasta que varias otras prisioneras intentaron obtener información confirmatoria en sus respectivas visitas. Al fin del día se habían reunido algunos, pocos, elementos que apoyaban la versión. Quizás hubiese sido más prudente no decirle nada hasta no estar completamente seguras, pero los deseos, la necesidad de que la noticia fuese verdad pudo más que la valoración fría de los datos concretos. Decidieron que debían decírselo: era posible que Simón estuviese en Chile. Era la hora de ir a descolgar la ropa, y sus compañeras de celda la alentaron para que fuera ella a retirarla y así poder recibir más información de otras prisioneras. Sara fue, y cuando sus compañeras la vieron afuera dieron rienda suelta a su alegría por lo que creían ya un hecho. Sin pensar en los riesgos, cada presa que había obtenido alguna información al respecto la comentaba en voz lo suficientemente alta como para que ella la escuchara: “Vamos a tener otro niño en las visitas”, decían. Alguien empezó a silbar la canción «Gurisito”, de Daniel Viglietti, y poco después eran todas las prisioneras que en todos los sectores la silbaban al unísono. Los militares las obligaron a cerrar las ventanas.
Sara recién tenía visita el sábado siguiente. Supo que su familia había viajado a Chile y allí había tomado contacto con Belela Herrera, representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), quien había participado en la recepción de los hermanos Julien y trataba de averiguar quién era el otro bebito que había llegado con ellos y dónde estaba. Pero ese niño nunca fue hallado. Sus compañeras se arrepintieron de haberle infundido esperanzas en vano.
Más allá del bajón inevitable, Sara tuvo una medida de con qué ansias todas querían que encontrara a Simón, de cuánto su situación estaba presente en el corazón de sus compañeras. Era una consideración especial que le manifestaban también de otras mil y una maneras: en los juegos, los regalos del Día de Reyes —sus zapatos siempre aparecían colmados de presentes y... caramelos—. Ella hablaba poco del tema, y sólo con una o dos de sus compañeras, pero sin palabras, todas la acompañaban de una forma especial.
Años después, repasando la información que había aportado el pequeño Anatole, Sara recordó que María del Pilar Nores era muy amiga de los Julien, y que los niños de la pareja la conocían como “Mónica”, uno de los nombres de guerra que ella usaba. Nores había estado en el SID, y también los niños Julien según el testimonio del exsoldado Barboza. Anatole y Victoria aparecieron abandonados en Valparaíso en diciembre de 1976, en el mismo momento en que el grupo de “repatriados” fue distribuido en las diferentes prisiones legales. ¿Fue Nores la “tía Mónica” que los llevó hasta allí? Sara recordó a la mujer embarazada prisionera en el piso superior que había parido en octubre y que luego había desaparecido, y se preguntó si ese bebito que recordaba Anatole no sería aquél, nacido en cautiverio. Una interrogante que hasta ahora permanece sin respuesta.
Pocas semanas después las presas integrantes del grupo de “repatriados” supieron que en pocos días serían llevadas ante el tribunal militar donde les serían comunicadas sus respectivas condenas. Estaban dispersas en diferentes sectores, por lo que intentaban entrar en contacto con el fin de adoptar una posición común para el caso de que la justicia militar no cumpliera con las condiciones pactadas durante las negociaciones en el SID. Un día como cualquiera, sin previo aviso, Sara fue llamada desde la reja del celdario por un guardia, y de allí mismo trasladada a otro sector. Así pudo comunicarse con Elba Rama y Asilú Maceiro, quienes decidieron negarse a firmar la condena si excedía el mínimo de la pena acordada para cada una de las tipificaciones preestablecidas en el SID. Sin que ellas lo supieran, los varones del mismo grupo encarcelados en el Penal de Libertad habían adoptado la misma decisión, la habían llevado a la práctica y estaban por eso sancionados. En la misma semana en que la trasladaron de sector Sara fue conducida al juzgado militar junto a sus compañeras. Las obligaron a ponerse la tenida “de gala”, como le llamaban los carceleros al uniforme más nuevo. Mientras esperaban su turno en el hall del juzgado, para distraerse Sara intentaba obtener algún augurio sobre la suerte que correrían. La sala donde estaban tenía molduras en el techo; eran unos angelitos regordetes y semidesnudos. Escrutó cada uno de ellos esperando un signo, un oráculo silencioso. El que veía más claramente tenía en la cara una expresión que le pareció sádica, perversa, y no pudo evitar una sonrisa dirigida a aquel angelito cuando un funcionario le confirmó el presentimiento: la pena que habían recibido era la máxima —seis años— y no la mínima —cuatro años y seis meses—. Todas se negaron a firmar la condena sin dar explicaciones. De todas formas, nadie en el juzgado conocía su situación. Los funcionarios militares parecían francamente confundidos; no entendían por qué estas prisioneras, como pocos días antes lo había hecho un grupo de reclusos, también se negaban a firmar. Las presiones y amenazas duraron casi toda la mañana, pero ellas mantuvieron su negativa. Finalmente los funcionarios desistieron y fueron devueltas a Punta de Rieles con la sentencia sin firmar. Allí las esperaba un gran despliegue de tropas en la entrada del predio, y tres oficiales en la puerta del Penal junto a funcionarias de la guardia femenina. Fueron conducidas de inmediato ante el director de la cárcel quien les preguntó por qué razón se habían negado a firmar la sentencia. Ellas explicaron que antes de ser trasladadas al Penal habían llegado a un acuerdo con varios jerarcas militares, acuerdo que ahora no se respetaba, y todas solicitaron una entrevista con el mayor Nino Gavazzo a quien identificaron como el garante de la palabra empeñada. Los militares de la prisión quedaron bastante desconcertados y les dijeron que pedirían órdenes “a la superioridad”. No fueron sancionadas en ese momento, tampoco después. Si las “órdenes” llegaron ellas nunca se enteraron.
De regreso al celdario, reconfortadas y todavía asustadas por lo que acababan de hacer, relataron a sus compañeras las novedades. En la visita siguiente supieron que los presos en Libertad habían asumido una actitud idéntica a la de ellas, coincidencia felicísima que demostraba —no era la primera vez, ni sería la última— la profunda afinidad que se había generado entre quienes figuraban en ese expediente.
Esa noche Sara cayó dormida apenas se apagaron las luces, y tuvo un sueño que recordaría para siempre: se les había otorgado a todas una visita cuerpo a cuerpo. La visita se desarrollaba en una hermosa terraza desde donde se veía un extenso parque con árboles y flores; había mesitas y sillas de mimbre pintadas de blanco. Sara estaba sentada en una de ellas cuando llegaron su hermana Maria del Carmen y casi enseguida su padre. Les advirtió que hablaran con tranquilidad, pero que una de las mujeres que estaba con otras personas en una mesa cercana fingía ser una presa, cuando en realidad era militar. Sara preguntó desordenadamente y sin pausa: quería saber novedades de Simón, de Mauricio, del mundo; ¿qué estaba pasando afuera? María del Carmen aún no reaccionaba, impactada por las sorpresivas condiciones de la visita. No había traído noticias especiales y, angustiada, rompió en un llanto incontrolable. Su padre había comenzado a relatar noticias de la familia cuando llegó su hermano Francisco. Sara lo acometió con preguntas sobre la actualidad, y Francisco le contestó que la novedad más importante era que en Canadá había aparecido un animal de la época terciaria sepultado bajo el hielo. Ella le dijo que no era ése el tipo de informaciones que le interesaba. La gente que los rodeaba comenzó a levantarse de sus asientos. Ivonne Trías, compañera de sector de Sara, pasó frente a ellos y les preguntó qué hacían todavía allí: ¿no sabían acaso que tenían 24 horas de libertad para estar con sus parientes y después regresar? Sara se retiró del Penal con su familia mientras ansiosamente intentaba decidir cómo aprovechar esas maravillosas 24 horas. Pensó en pedir diarios para enterarse de lo que había pasado durante esos años de encierro, pero después comprendió que ese método le insumiría demasiado tiempo; entonces resolvió ir a ver a un viejo compañero de militancia para que le hiciera una síntesis. Pensó también que era una oportunidad para escribirle una larga, larguísima carta a Mauricio contándole todo lo que hasta ese momento no había podido decirle. Volvió a preguntarle a sus familiares por Mauricio, si sabían algo de él. En un primer momento guardaron silencio, y luego le explicaron que al principio escribía muy seguido, y hasta llamaba por teléfono de vez en cuando para tener noticias de ella. Pero en los últimos meses la comunicación no había existido. Le aconsejaron que intentara tomarlo como algo normal, después de todo había pasado tanto tiempo...
Luego Sara se vio caminando por calles que se alargaban a medida que ella avanzaba; intentó caminar más velozmente, pero las calles se estiraban cuatro, seis, diez veces más rápido. Abrió tanto sus piernas que quedó pegada al piso, completamente horizontal; obligada a reptar iba aun más lentamente que antes. De pronto volvió a ver a Ivonne que pasaba por allí con un niño en brazos. ¿Quién es ese niño?, preguntó Sara. Es mi sobrino, dijo Ivonne. ¿Y qué vas a hacer? Voy a pasar el día con él, replicó su compañera mientras se alejaba. Sintió una profunda desazón: Ivonne ya sabía cómo emplearía esas divinas 24 horas, mientras ella aún se debatía tratando de ganarle una batalla al tiempo.
Despertó agobiada, y ese día sintió como nunca el peso de la clausura, de la censura. Quería escribir en una carta todo lo que sentía, todo lo que estaba viviendo, pero eso era imposible. Pocas semanas después fueron nuevamente conducidas al juzgado militar y esta vez, como por arte de magia, las penas aplicadas eran las mínimas. Entonces sí, firmaron.

1980. El plebiscito al que habían llamado los propios militares tenía por objetivo legitimar la dictadura mediante un nuevo ordenamiento jurídico. Los ciudadanos debían pronunciarse por Sí o por No a la propuesta castrense. Ese día de noviembre se vivió intensamente en el Penal de Punta de Rieles, a pesar de que nadie creía que, en caso de derrota, el gobierno la admitiese. Poco antes de la visita de la Cruz Roja se había instalado una red de parlantes en los celdarios que durante el día difundía música. A pesar de que el resultado favorable al No se conoció la misma noche de la jornada de votación, las presas no se enteraron de la novedad hasta el día siguiente. La radio permanentemente sintonizada y difundida por los parlantes era Emisora del Palacio, en frecuencia modulada, cuya programación incluía brevísimas “pastillas” de información. Fue por ese medio que las reclusas se enteraron de la victoria del No. En muchas celdas se entonaron canciones a coro, festejo que los guardias no tuvieron el ánimo de reprimir ese día, quizás como una forma de reconocer su derrota.
El resultado del plebiscito cambió mucho las expectativas de las prisioneras. Fue como una ventana abierta por un golpe de viento que cambió por completo el aire del Penal. A partir de ese día todas empezaron a hablar de una amnistía; le llamaban “la tía Amnis”. En cada una de las visitas surgía el tema con los familiares: ¿cuáles eran las posibilidades de que se decidiese una amnistía?
Pasados los primeros días de euforia que compartieron todas sin distinciones, las reclusas que tenían las condenas más largas y que por lo tanto estaban involucradas en hechos muy pesados, comenzaron a sospechar que ellas no serían incluidas en una ley de amnistía, y colectivizaron la discusión de cómo prepararse para cuando la mayoría fuese liberada y quedaran apenas unas pocas. Se especulaba con que serían trasladadas a prisiones más pequeñas donde el reglamento sena mucho más severo. Pensaban que seguramente estarían sometidas a un aislamiento mayor y que les serían recortadas ciertas actividades como, por ejemplo, la lectura.
Pero algo había cambiado definitivamente en Punta de Rieles: por la brecha abierta en noviembre se había colado entre los barrotes de la cárcel un sentimiento casi olvidado de tan reprimido: la esperanza.

Abril de 1981. Un día como cualquier otro Sara recibió la orden de prepararse para ser conducida al juzgado. Sólo supo de qué se trataba cuando llegó a la sede judicial y le alcanzaron un decreto que debía firmar: era el de su liberación, y esta vez también firmó. Sabía que a partir de ese instante debía estar preparada para ser liberada en cualquier momento: algunas de sus compañeras habían pasado meses con la libertad firmada, mientras que otras se habían ido en apenas dos o tres días. El objetivo de los militares, como siempre y hasta último momento, era desconcertar, angustiar, nutrir ansiedades. Las presas con la libertad firmada, por las dudas, se despedían cada mañana de sus compañeras. Preferían eso a no poder decirse adiós. Las que quedaban hacían pequeños regalos a las que salían, y los presentes llegaban desde todo el celdario. También los mensajes que debían ser trasmitidos a las familias, esta vez sin censura previa.
Sara esperó un mes; un mes bajo la presión de una intensa angustia que se esforzó en disimular como pudo. La angustiaba salir al mundo exterior sin saber qué encontraría. La angustiaba también pensar en las que se quedaban, algunas con penas de 30 años y 15 más por “medidas de seguridad”, que se preparaban para pasar toda una vida en la cárcel. Otras que eran apenas adolescentes cuando ingresaron a la prisión, con 18 o 19 años, y que saldrían siendo mujeres maduras. Después de casi cinco años entre barrotes, el “adentro” era el mundo conocido, con sus reglas y su rutina que Sara dominaba a la perfección, mientras que el tan deseado “afuera” sólo era un océano de interrogantes. Pesaba también, y mucho, abandonar a compañeras con quienes había desarrollado vínculos afectivos, tan excepcionales como la situación que vivían. Todas sabían que esa clase de relación no sería reeditable en libertad. Era el fin de una etapa a cuyas asperezas el cuerpo ya se había acostumbrado, y el inicio de otra, temible y fascinante, en la que todo estaba por hacer. Habría que empezar de nuevo, casi desde el principio.
La libertad llegó finalmente una mañana tibia y soleada de mayo, como suele haberlas en el otoño uruguayo. Fueron cinco las que salieron ese día:
Ana Inés Quadros, Margarita Michelini, Elba Rama, Asilú Maceiro y la propia Sara. Hicieron a pie el trayecto entre el celdario y la puerta del establecimiento. Los familiares esperaban del otro lado, y desde las ventanas llegaban cantos, gritos y adioses. Tenía 37 años. Llevaba un bolso en la espalda con las que habían sido sus pertenencias durante todos esos años, más las decenas de regalos que recibió de sus compañeras. Pero esas espaldas sentían en ese momento un peso infinitamente mayor: el de los ojos de las que quedaban “adentro”, con sus luchas e incertidumbres. Sara tuvo conciencia de que nunca volvería a vivir un momento igual, de que estaba recuperando uno de los derechos más preciados que se le puede conculcar al ser humano. Y lo disfrutó cuanto pudo.

sábado, 3 de marzo de 2012

LA LIBERTAD

LA LIBERTAD.
 
Detrás del segundo portón de seguridad la esperaba su familia. Le parecía increíble que allí, a pocos pasos nada más, se borraran de un plumazo los vidrios de la sala de visitas, los teléfonos vigilados, las frases con doble y triple sentido, la censura de las cartas. Se abrazó con cada uno, y también con los familiares de las otras liberadas a muchos de los cuales conocía desde hacía tiempo. No había euforia, sin embargo, en ninguno de ellos. Actuaban todos con una gran contención emotiva; quizás sintiéndose bajo vigilancia, aún a la vista de los guardias; quizás por ese pudor tan uruguayo que desdramatiza con liviandad aparente los momentos más vibrantes.
Ese mediodía se reunieron todos en la casa de su hermano Francisco, en la calle Mariano Moreno. Una casa marcada por la presencia de seis niños. Ellos habían sido los responsables del enorme cartel colgado en la sala, que entre flores y corazones de todos colores decía: “Bienvenida, tía Beba”. Pero además habían hecho decenas de otros cartelitos con variedad de mensajes que habían colocado por toda la casa, de forma que adonde iba, Sara encontraba otro tierno y cálido abrazo de papel y en tecnicolor.
Se sentía poderosamente atraída por sus sobrinos. Con cualquier pretexto abandonaba la habitación donde hacían rueda los adultos para buscar a los chiquilines. Así descubrió a dos de sus sobrinas llorando juntitas en un rincón. Lloraban ahí para que ella no las viera, para no apenarla. Lo hicieron varias veces esa tarde; lloraban un poquito y volvían poniendo cara de “todo bien”. Después supo que su cuñada Rosario había hablado mucho con sus hijos sobre Sara y la desaparición del primo Simón. Fue un reencuentro íntimo en el que apenas se rozaron los temas de fondo. Se dio cuenta de que todos evitaban hablar demasiado, ella incluida; los asuntos más variados iban y venían desordenadamente. Sara estaba midiendo su propia “normalidad”, no quería tener actitudes que pudieran ser interpretadas como alteradas, y pensó que los demás pretendían lo mismo. Evitó relatar muchas situaciones que podían recargar aquellos primeros encuentros con un exceso de dramatismo, empañando la legítima alegría que todos sentían y querían expresar.
Pero también empezó a registrar los cambios que se habían producido en su ausencia. Su padre, constructor de toda la vida, estaba ahora jubilado, y su hermano Francisco había heredado el oficio; su hermana María del Carmen vivía en una hermosa casa y tenía una situación económica holgada. En las reuniones ya no se bebía grappa, como antes, sino whisky, y encontró que el nivel de consumo de sus parientes y de la clase media en general se parecía mucho más al de Buenos Aires que al del Montevideo que había dejado. Relativizó la idea de absoluto empobrecimiento del país que ella y sus compañeras se habían forjado en la cárcel. Claro, muchos seguían viviendo en la pobreza, pero algunos sectores más amplios de lo que creía estaban fuera de esa categoría.
Esa noche durmió en la casa de su hermana mayor, en el barrio Cordón, donde se quedaría durante varios meses. A las siete de la mañana del día siguiente sonó insistentemente el teléfono. Era Mauricio que llamaba desde España, donde estaba viviendo desde hacía algún tiempo. Había recibido la noticia de la posible liberación de Sara unos días antes, y esa noche, cuando le confirmaron la información, ya era demasiado tarde para llamar. No pudo dormir; estuvo haciendo tiempo en un boliche hasta poder llamar a una hora decente, y se le notaba. Cuando le dijeron que Mauricio estaba en el teléfono Sara notó que la llamada no caía bien en la familia de su hermana. Mientras estuvieron comprometidos en la búsqueda de Simón habían recibido varias amenazas. Que llamase alguien que estaba clandestino y requerido les resultaba un riesgo excesivo. Sara pensó lo mismo, y se lo dijo a Mauricio conteniendo la emoción que le provocaba escuchar nuevamente su voz. Pero él sólo tenía una idea en la cabeza: que viajara cuanto antes a Europa. Ella sintió que hacer esa proposición por un teléfono que posiblemente estuviese intervenido era también una imprudencia, ya que estando bajo el régimen de libertad vigilada sólo se podía abandonar el país clandestinamente, como lo hacían muchos de los que salían de prisión. Pero además, Sara no se planteaba en absoluto irse del Uruguay; quería quedarse porque sabía que era la única chance de encontrar a su hijo. Sentía que tenía muchas cosas por hacer y aún no había siquiera empezado. Y así se lo dijo a Mauricio esa mañana.
Reflexionó mucho acerca de aquella llamada, y en ese momento juzgó duramente a Mauricio. Pensó que estando en el exterior él podía darse el lujo de despreciar ciertos criterios de seguridad que acá resultaba vital mantener. Pocos días después le escribió una extensa carta en la que, por reflejo de presa recién liberada, no llamaba a todas las cosas por su nombre, pero en esencia reiteraba lo que ya le había comunicado por teléfono: se quedaría en Uruguay, y necesitaba tiempo para aclarar sus sentimientos con respecto a él ante una situación completamente nueva; habían pasado casi cinco años y ninguno de los dos era la misma persona que antes. Con el paso del tiempo Sara relativizaría los temores que sintió aquel día y comprendería mejor la ansiedad de Mauricio por comunicarse nuevamente con ella. El estaba viviendo una realidad que le permitía actuar más espontáneamente, y ella aún no se había quitado el uniforme gris.
Comenzó a recuperar la libertad como quien estuvo paralizado durante varios años y debe reaprender primero a mantenerse en pie y, paso a paso, recobrar el complejo equilibrio de la marcha. Caminaba buena parte del día por toda la ciudad. Su lugar preferido era la rambla. A veces iba desde el puerto hasta Pocitos, inclusive hasta Carrasco. A menudo hacía esas caminatas con Sergio López Burgos, recientemente excarcelado del Penal de Libertad. Ambos compartían la misma necesidad de marchar durante horas en espacios abiertos, y cuando la rambla ya les quedaba corta se iban a Canelones donde andaban por la costa, sin destino fijo. El segundo domingo de su libertad quiso ir a la feria de Tristán Narvaja. Se colgó la cartera al hombro y salió, caminando, por supuesto. Recién había marchado unas pocas cuadras cuando se dio cuenta de que su ritmo no estaba de acuerdo con el entorno, caminaba demasiado rápido, con ansiedad. Identificó de inmediato esa actitud mental: era la de Buenos Aires. De alguna manera indescifrable había una Sara para la que el tiempo no había pasado; una Sara que parecía haberse dormido hacía cinco años y ahora despertaba, lentamente, recuperando su capacidad de ejercer la libertad, de tomar decisiones, de actuar por propia voluntad. Comprobó cuánto de cierto había en aquello de que no se puede destruir el mundo interior de los individuos. Una parte de ella estaba intacta, y se sintió feliz, porque sospechó que era la que más le gustaba.
Pasaba poco tiempo en la casa de su hermana; salía a visitar a familiares, a recorrer la ciudad buscando pintadas sobre los muros en lugares que conocía desde la cárcel, donde esos pequeños gestos de resistencia antidictatorial adquirían tal relevancia que eran comentados a las presas por las visitas. Cuando encontraba una la contemplaba como si se tratara de una obra de arte. Uno de los primeros libros que quiso leer fue El tambor de hojalata, cuya trama se desarrolla en la Alemania de la preguerra y su protagonista es un niño que observa la realidad de los adultos con peculiar agudeza crítica. No estaba en la biblioteca de Punta de Rieles, pero sí en la de Libertad. Un recluso que lo había leído allí lo comentó largamente en una carta a su compañera, presa en el mismo sector que Sara. Desde entonces quería leerlo. Cuando lo tuvo en sus manos se preparó para disfrutarla, pero no lograba leer más de dos o tres páginas seguidas; eran tantas las emociones y sensaciones que le provocaba la lectura que debía dejarlo, volver atrás, repasado, volver a dejarlo. Nunca pudo pasar del primer capítulo.
Cuando empezó a adaptarse a su flamante libertad (en realidad, libertad vigilada, ya que debía presentarse en un cuartel militar cada 15 días y tenía prohibición de salir del país), Sara quiso tomar las riendas sobre la búsqueda de Simón. Encontró que su familia había hecho muchas gestiones, pero el temor les había impedido guardar ordenadamente papeles y documentos; algunos, de tan bien guardados se habían extraviado. Su padre y su hermana mayor se habían ocupado intensamente de la búsqueda, pero a partir de 1978 María del Carmen debió centrar muchas de sus energías en Juan, su hijo recién nacido con síndrome de Down cuya atención pasó a ser una lógica prioridad de su vida. Durante esos dos años, la familia de María del Carmen había recibido varias amenazas para que desistiera de buscar a su sobrino, pero ella había continuado.
Inició la investigación por lo que consideraba un inútil formalismo, pero estaba decidida a no dejar ningún cabo suelto. Por eso se dirigió a la Oficina de Personas Desaparecidas del Ministerio de Defensa donde solicitó una entrevista con su responsable, el teniente coronel Maynard. Le costó bastante tomar esa iniciativa; se trataba de un militar y no esperaba una respuesta realmente seria, pero quería demostrarles que estaba dispuesta a utilizar todos los caminos para investigar el paradero de su hijo, inclusive los obviamente cerrados. La entrevista fue mucho peor de lo que había imaginado. El teniente coronel no sólo relativizó su denuncia exigiéndole pruebas de lo que estaba relatando, sino que la amenazó casi expresamente (“No tiene miedo de que si insiste con esta historia la manden de nuevo a la cárcel?”, le preguntó). Sintió que se burlaban de ella. Los responsables de toda su tragedia le pedían ahora que probara la existencia de su hijo, su secuestro y desaparición. Salió de allí con una preocupación dolorosa:
¿cómo demostraría ante el mundo que había tenido un hijo y que se lo habían robado cuando aún no había cumplido un mes de vida?
A los 15 días de estar en libertad Sara consiguió un trabajo en la administración de una fábrica de aberturas de aluminio. El empleo se lo ofreció un ex preso, Leomar Pastorino, quien tenía una relación de amistad con el dueño de la fábrica. Leomar siempre estaba preocupado por saber quiénes habían sido liberados para ofrecerles una solución laboral e, incluso, en algunos casos también de vivienda. Sabía que Sara tenía muy escasos conocimientos de contabilidad, pero insistió en que tomara el empleo; según él, la experiencia propia y la de otros liberados indicaba que tener rápidamente un trabajo favorecía la reinserción. La contabilidad no sería un problema porque él le ayudaría hasta que pudiera desempeñarse sola. Sara aceptó, y en poco tiempo constató que las observaciones de Leomar eran totalmente correctas: le resultó muy positivo pautar su día según los horarios laborales y ejercitar la concentración para llevarlo a cabo.
En esos meses comenzaba a reunirse casi públicamente el movimiento uruguayo de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos en Argentina al amparo de algunas parroquias católicas que facilitaban sus instalaciones. El grupo existía más o menos articuladamente desde 1978, cuando la Organización de Estados Americanos hizo un llamado a quienes quisieran presentar denuncias sobre desapariciones forzadas en Argentina. En esa época fue clave el trabajo efectuado por el exilio uruguayo que permanentemente alentó y apoyó la organización de los familiares de desaparecidos para que las búsquedas no fueran individuales sino colectivas. Sara supo también que varios de sus compañeros del PVP que habían logrado zafar de la cacería humana y estaban aún en Buenos Aires, se habían empleado en establecer contactos internacionales que resultaron muy útiles a la hora de concretar las denuncias, y fueron ellos quienes vincularon a los familiares entre sí en Buenos Aires.
La primera reunión pública de los familiares de desaparecidos se efectuó en la “iglesia de los Vascos” (Parroquia San Miguel, en Julio Herrera y Obes y Mercedes). Más que una reunión se pareció a una ceremonia. Asistieron no sólo los familiares de los desaparecidos, sino también de muchos presos políticos y gente que simplemente trabajaba en otros grupos de defensa de los derechos humanos. El acto consistía en leer pasajes bíblicos que aludían a las preocupaciones del momento. Estas ceremonias nunca fueron reprimidas por los militares, aunque varias veces algunos familiares fueron citados por la Jefatura de Policía en averiguaciones vinculadas con esta actividad, y en más de una oportunidad funcionarios de civil se presentaron en la iglesia e interrogaron al párroco acerca de la identidad de los responsables del acto. Pero el sacerdote sabía lo que debía decir: no había responsables fijos, y las personas que leían en voz alta cambiaban permanentemente. Estas ceremonias se realizaron con frecuencia creciente y congregaban a cientos de personas.
Sara tomó contacto con ellos y empezó a asistir a sus reuniones, entonces cuasi clandestinas. Era la madre de desaparecido más joven del grupo y, además, acababa de salir de prisión, por lo que el resto del colectivo tendía a sobreprotegerla. Aquellos veteranos la identificaban de alguna manera con sus propios hijos: Sara era de esa misma generación, había compartido con ellos un proyecto político y hecho las mismas opciones de vida. Ella asumía esa identificación con gusto, y en su conciencia mantenía siempre presentes a los compañeros que habían desaparecido. Era una relación compleja, marcada por la comprensión y el afecto, aunque también había discrepancias y discusiones como en cualquier actividad militante. A pesar de las advertencias Sara se comprometió de lleno con el trabajo de Familiares de Detenidos Desaparecidos.
Era la época en que varias organizaciones populares daban sus primeros pasos fuera de la clandestinidad, aunque todavía no eran completamente legales. Sara también se vinculó al grupo de Familiares de Presos Políticos que desarrollaba una tarea de apoyo a los reclusos en Uruguay, visitaban periódicamente a muchas familias para saber cómo estaban los prisioneros, si tenían algún problema de salud o estaban próximos a ser liberados para brindarles asistencia.
Sus jornadas empezaron a ser largas y agotadoras; salía del trabajo y siempre tenía programada alguna reunión o actividad con Familiares. El contacto con ellos era a menudo muy cargado de experiencias individuales dolorosas: todos habían recorrido hospitales, cuarteles y morgues en Buenos Aires. Ninguno aceptaba en ese momento la idea de que los desaparecidos habían sido asesinados y mantenían la esperanza de recuperarlos algún día. Para ellos, la propia historia de Sara constituía una suerte de confirmación de que era posible sobrevivir a las desapariciones; una ilusión que, de cierta forma, no era infundada: se conocían casos de desaparecidos que, luego de permanecer durante años en “pozos” o campos de concentración, habían recobrado la libertad. La esperanza tenía también obvias razones afectivas, y sostenerla contra viento y marea implantaba en el alma una angustia crónica. En ese grupo Sara desarrolló una relación especial con Luz Ibarburu, madre de Pablo Recagno, desaparecido en Buenos Aires junto a su compañera Rosario Carretero. Sara no había conocido a Pablo, pero sí a Rosario, y mucho. Fue con ella con quien Sara mantuvo la primera larga conversación sobre sus respectivas historias. Luz, quien se definía corno “una gran llorona”, tenía la capacidad de hablar y llorar al mismo tiempo sin que se le quebrara la voz; mientras su rostro conservaba una apariencia normal, por sus mejillas se resbalaba una cortina de lágrimas. Sara escuchó de Luz la síntesis más clara de la situación del familiar de desaparecido, cuando le contó que cada mañana se despertaba con la ilusión de recibir una noticia, y cada noche se acostaba con la angustia del vacío.
En ese plano el encuentro con la realidad no pudo ser más frustrante. Mientras estuvo en la cárcel imaginaba que al salir hallaría muchas pistas para poder comenzar a investigar de inmediato, que habría un trabajo sistematizado. Ya había comprobado que su familia, a pesar de los esfuerzos que sus posibilidades y situaciones personales les permitieron hacer, no había logrado avanzar prácticamente nada. Cuando se vinculó a Familiares pensó que encontraría información ordenada sobre todos los casos, y quizás también sobre Simón; pero no fue así. Y a poco de trabajar con ellos comprendió las dificultades casi insalvables que implicaba investigar a los responsables de las desapariciones siendo que ellos aún detentaban el poder absoluto. Era muy difícil construir una metodología; casi todo, en ese aspecto, estaba por hacer. ¿Dónde empezar a buscar? ¿Cómo hacerlo con márgenes de riesgo aceptables? ¿Cómo elaborar informes que pudieran estar centralizados y a los que se fueran agregando datos? ¿Dónde hallar un lugar seguro para esos informes?
En prisión, una de sus hipótesis más recurrentes era que Simón había sido entregado en alguna casa cuna en Buenos Aires. Pensaba que en esos sitios sería fácil encontrar pistas, datos, informes concretos. Pero su ilusión al respecto fue rápidamente desarticulada por otros familiares que ya habían hecho esas gestiones: en las casas cunas no quedaban rastros útiles sobre los niños que se les confiaban. Si existían, lo que no sucedía en todos los casos ni mucho menos, los expedientes eran inaccesibles.
Casi al fin de 1981 Sara dejó su empleo en la fábrica y se integró a un proyecto del Centro de Investigación Promoción Franciscano Ecológico (CIPFE), vinculado a esa congregación religiosa, para trabajar sobre problemas ambientales en barrios de Montevideo. El proyecto contenía una definición amplia del ambiente que incluía las condiciones de salud, vivienda y trabajo de los vecinos del arroyo Carrasco, poluido por frigoríficos y curtiembres que arrojaban allí sus desperdicios. Se inició entonces uno de los periodos más ricos de su vida. Además del contacto con gente de ámbitos diversos que su nuevo empleo le permitía establecer, el resultado negativo para los militares del plebiscito de 1980 había erosionado seriamente las bases de la dictadura. Empezaban a surgir movimientos populares de todo tipo, los espacios de militancia se multiplicaban y se desclandestinizaban. En la parroquia de los Conventuales, donde se encontraba la sede de CIPFE, se reunía el grupo de jóvenes que había fundado la nueva organización de estudiantes, la Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública (ASCEEP), que reunía fundamentalmente a universitarios. A muchos de los que conoció entonces los encontraría luego en el movimiento por la amnistía de los presos políticos, al que Sara se integró desde el primer momento. En todos los grupos en los que participaba aprendía nuevos datos de la realidad, pero con estos jóvenes se identificó profundamente. El miedo, sin duda, estaba presente, pero era mucho mayor la fuerza que había estado latente durante todos esos años de opresión; la nueva coyuntura permitía una toma de conciencia sobre ese potencial que comenzó a desarrollarse por los caminos más insospechados.
En esos nuevos ámbitos de militancia Sara reaprendió los matices y tuvo que trabajar con ellos. En la cárcel el sistema de supervivencia implicaba cortar grueso: todo era blanco o negro. No le costó demasiado adecuarse a la nueva realidad, sobre todo porque los objetivos de todos los movimientos eran unitarios y la práctica de la solidaridad estaba más generalizada de lo que ella había imaginado. La propia modalidad de la nueva militancia era aleccionante y removedora: todos los “líderes”, los dirigentes “históricos”, estaban en el exilio o presos: Lo repetían a menudo entre ellos: “Aquí no hay caciques, somos todos indios”. Sobresalía temporalmente quien tenía capacidad de hacer una propuesta y se animaba a llevarla a la práctica. Creatividad y espontaneidad fueron las características salientes de aquel período durante el cual Sara volvió a experimentar junto a sus nuevos compañeros el placer de la lucha compartida. Una lucha completamente diferente a la que desarrolló en el Penal de Punta de Rieles y que le permitió reencontrarse plenamente con su país y su gente. Cada día se convencía más de que al salir de la prisión había tomado la decisión que mejor se ajustaba a sus intereses: quedarse en Uruguay.

viernes, 2 de marzo de 2012

LA BUSQUEDA

LA BÚSQUEDA
Invierno de 1982. Sara vivía con su hermano Francisco, en el barrio La Blanqueada. Era una casa llena de niños —sus sobrinos—, agitada, bulliciosa y alegre. Se daba cuenta de que aún no estaba preparada para vivir sola y se sentía muy bien compartiendo las vicisitudes de esa familia numerosa. Su búsqueda, sin embargo, no había avanzado un centímetro, por lo que decidió viajar a Buenos Aires para tomar contacto con las Abuelas de Plaza de Mayo y también para aportar su testimonio al Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), a cuyo frente se encontraba Octavio Carsen, un prestigioso abogado y luchador por los derechos humanos que en esos meses había comenzado a recopilar denuncias contra los dictadores argentinos para presentarlas a la justicia penal. Sabía que los militares podían enviarla nuevamente a prisión por salir del país sin autorización, pero también que si los advertía jamás se lo permitirían. Y resolvió correr el riesgo.
Viajó en ómnibus hasta Colonia y desde allí seguiría en alíscafo. Disimulada entre el resto de los pasajeros hizo la fila frente a los funcionarios de Migraciones. Estos tenían una larguísima lista de nombres de requeridos en la que chequeaban el de cada uno de los viajeros. Cuando le tocó el turno a Sara, el hombre tomó el documento con la mano izquierda mientras recorría la lista negra con el índice de la derecha. El dedo se detuvo un par de segundos, crispado, en algún lugar de aquella sopa de letras.
— Un momento, señora —dijo el funcionario.
Se levantó y fue hasta una oficina contigua. Volvió acompañado por un marino que la condujo a una habitación de la terminal y le ordenó que
esperara allí.
Dio todo por perdido. Con lágrimas en los ojos vio cómo se alejaba el alíscafo que pensaba abordar y se dijo que volvería a Punta de Rieles. Luego de un tiempo que a Sara le pareció interminable, el marinero regresó con sus documentos y se los devolvió excusándose.
—Disculpe, señora. Lo que pasa es que tenemos en la lista su requerimiento de 1973, pero desde Montevideo nos dijeron que ya no es válido. Puede abordar el próximo alíscafo.
Pero, ¿cómo? —se preguntaba ella—. No habrán consultado donde se debe. Le agradeció maquinalmente al militar, guardó los documentos en su cartera y salió al muelle. No sintió las ráfagas de viento helado que barrían la costa; apoyada en una baranda clavó los ojos en el horizonte oteando el arribo de la siguiente nave. Estaba segura de que en cualquier momento sería corregido el error, de que un mensaje urgente desde Montevideo alertaría a los guardias fronterizos de la interdicción de abandonar el país que pesaba sobre ella. Imaginaba el alboroto de una sirena cortando el aire frío, y se veía rodeada por decenas de soldados armados a guerra. Recién comenzó a relajarse cuando ella y el alíscafo ya estaban en la mitad del río y la costa uruguaya había sido tragada por las nubes grises.
El taxi la alejaba del puerto internándose en el Centro de Buenos Aires. Sara sintió que se cerraba un círculo y se abría otro, largamente postergado. Se acababa el tiempo de la impotencia y comenzaba el de la acción. Sabía que volvería a la casa donde la habían secuestrado, donde había vivido 20 días —los únicos—junto a Simón, que ahora tenía seis años. En algún lugar de esa ciudad, se decía, estaban las pistas que la conducirían hasta él. Y las tenía que encontrar.
Tomó contacto primero con el CELS. Allí, sentada junto a un escritorio, por primera vez comenzó a relatar su historia con detalles, tratando de recordar absolutamente todo. Se dio cuenta de que para no trasmitir angustia a sus seres queridos, quizá por no querer ella misma revivía aquellos días, jamás lo había contado íntegramente. Y también sintió lo poco que había hablado hasta entonces de Simón, simplemente porque no lograba hacerlo, porque el llanto la ahogaba y no conseguía articular las palabras. ‘Fue una declaración trabajosa, no sólo por las propias vivencias que debía esforzarse en refrescar, también porque la inexperiencia de quienes recibían el testimonio la hizo aun más dolorosa: Sara tuvo que iniciar su relato cuatro veces, porque en las tres primeras alguna insólita razón había impedido que su voz quedara registiada en el grabador. Fue una situación doblemente penosa: repetir cuatro veces cómo le habían robado a su hijo ya resultaba duro, pero además Sara comprobaba que, como en Montevideo, la investigación sobre las violaciones a los derechos humanos de la cual el trabajo por localizar a los desaparecidos era un capítulo, se efectuaba en condiciones muy precarias, con gente llena de entusiasmo, pero poco preparada para una labor que, es cierto, era inédita para todos. Menos preparados podían estar aun para soportar la carga emocional acumulada en pocas semanas de escuchar testimonios atroces.
Desde hacía varios años el mudo paseo de las Abuelas de la Plaza de Mayo y el tozudo coraje con que desafiaron a la dictadura cuando ella era más poderosa se habían convertido en símbolos internacionales de la lucha contra las desapariciones forzadas y las violaciones a los derechos humanos. Las cabezas cubiertas con pañuelos blancos; las pancartas preguntando: “Dónde están?’, se constituyeron en ejemplo de dignidad indoblegable. Pero esa lucha también se desarrollaba con escasísimos recursos y una organización apenas incipiente.
El trabajo era voluntario y en la oficina que ocupaban las Abuelas se acumulaban, lo más ordenadamente posible, datos, informaciones, denuncias, sospechas, pistas y hasta simples rumores concernientes a niños desaparecidos que eran consignados velozmente en un papel. En 1982, cuando Sara acudió allí por primera vez, toda la información que recibían las Abuelas estaba guardada en cuatro grandes biblioratos. Esa información tenía las características más diversas que se pudieran imaginar, y casi siempre era anónima. En general se refería a niños que vivían con familias de militares o de personas que habían estado vinculadas a las fuerzas represivas y que, por diversas razones, se sospechaba que podían ser hijos de desaparecidos.
Esos datos eran clasificados según categorías muy amplias: por sexo, edad, etcétera. Algunas informaciones, por ejemplo, se referían al mismo niño, pero a veces contenían elementos contradictorios en pequeñas como en grandes cosas tales como la edad, los nombres completos, el arma en que revistaba el militar e inclusive hasta en el sexo del niño. Sara quería tomar algún caso concreto para empezar a investigarlo, pero ¿cómo haría para elegir entre aquella cantidad, tan parecidos unos a otros? Confirmó lo que ya había sospechado: era buscar una aguja en un pajar, pero además sin saber cómo hacerlo.
No había entonces ningún equipo especializado en investigación, y eran los propios familiares quienes acudían espontáneamente para tratar de encontrar algún dato que coincidiera con “su” caso. Cuando lo encontraban, ellos mismos iniciaban la pesquisa, pero resultaba casi imposible decidirse a seleccionar uno sobre la base de criterios absolutamente objetivos. El sistema era simple: si un familiar tomaba un caso generaba una carpeta con todas las informaciones de los biblioratos referidas al niño en cuestión, a la que se iban integrando los elementos que espontáneamente aportaban otros familiares, ex presos y colaboradores, así como los que surgían de las nuevas investigaciones. Muchas veces alguien acercaba información sobre un niño al que ninguno de los familiares vinculados a Abuelas lograba identificar como propio. De todas formas, se integraba a los biblioratos a la espera de que en algún momento esos datos huérfanos pudieran encontrar un nombre, una cara, una familia.
Sara nunca supo quién lo había hecho, pero encontró un papel con unas pocas líneas sobre Simón. Habló con Chicha Mariani, una “tana” amplia y expansiva, por entonces el alma y la vida de las Abuelas. Entre otras cosas Sara mencionó que cuando fue secuestrado Simón era pelirrojo. Chicha saltó en la silla.
—Vamos; vamos ya mismo para casa —dijo sin más explicaciones y salió como un ventarrón.
En el camino le contó a Sara que hacía algunos años, cuando Abuelas era un grupito casi clandestino, alguien le había pasado un dato sobre un pelirrojo. Como las condiciones de seguridad eran entonces muy precarias, la información no se ponía en carpetas que cualquiera pudiese consutar, sino que la escondían donde podían. Ella había pensado en un sistema que le parecía “segurísimo”: anotaba prolijamente la información en un papelito, lo guardaba en una latita y enterraba el tesoro en el fondo de su casa. Durante mucho tiempo mantuvo fresco en su cabeza un mapa “exactísimo” del subsuelo de su fondo: el morochito de tres años y medio junto al rosal; los hermanitos a la izquierda del níspero y el bebé que nació en cautiverio a la derecha; etcétera. Pero después las latitas empezaron a ser tantas que se le fueron confundiendo, y ahora ya no recordaba dónde estaba cada una.
Aquella tarde las dos mujeres cavaron ansiosamente varios hoyos en el fondo, y a cada latita que encontraban Chicha le decía:
—Ahhh, acá estás; yo sabía que estabas acá...Pero al caer la noche estaban extenuadas, Chicha ya no recordaba ningún otro escondite y el pequeño trozo de papel con el precioso dato no había aparecido. No apareció nunca.
Regresó a Montevideo con las manos vacías, sin ninguna pista concreta por donde continuar investigando y convencida de que debía prepararse, fortalecerse para enfrentar una larga lucha. Buscó apoyo psicológico; quería poder contarlo todo, una y mil veces si fuese necesario, sin que el llanto se lo impidiera. Y algún tiempo después lo lograría.
Antes de que terminara el año conoció a Raúl Olivera, un exdirigente sindical ferroviario que había estado preso. Fue una relación intensa, pero breve. Sara sentía que afectivamente no podía encarar nada a fondo mientras no definiera su situación con Mauricio que, desde 1976, había entrado en un paréntesis obligatorio.
1984. Había pasado un año desde que Sara estuviera en Buenos Aires. Un año en el que se dedicó a tomar fuerzas, a racionalizar lo que había vivido desde 1976, a intentar ordenar los datos en su cabeza y los sentimientos en su corazón. Mantuvo una intensa correspondencia con Mauricio, quien había sufrido un tercer infarto y debió someterse a una delicada operación cardíaca. Por esas cartas comenzó a sentir que lo único que todavía la unía a él era una gran ternura y el hijo que ambos habían perdido y que ahora podían buscar juntos. La intervención quirúrgica fue exitosa, pero por las dudas, Mauricio había pedido que se le practicara un examen genético que pudiera ser utilizado en una eventual investigación de paternidad.
Permaneció en contacto con las Abuelas y sabía que aún no había novedades de Simón. Pero la situación política en la región había cambiado mucho. En Argentina, desacreditados desde el catastrófico final de la guerra de las Malvinas los militares habían cedido el poder y convocado a elecciones que ganaron los radicales, haciendo del juicio a los violadores de los derechos humanos su principal bandera de la campaña electoral e infligiendo una derrota histórica al peronismo. En Uruguay los militares se batían en retirada, aunque no tan desmañados como los argentinos. Durante 1983 varios hechos presagiaban el fin de la dictadura, entre otros, el primer acto masivo bajo el gobierno militar, que tuvo lugar el 1° de mayo; entre los convocantes estaba el PIT, aún en la ilegalidad. El 27 de noviembre de ese año se había celebrado uno de los actos más multitudinarios de la historia política uruguaya. Fue en el Obelisco, convocado por todos los partidos políticos y las organizaciones sociales como un pronunciamiento expreso a favor de la democracia. Pasaría a la posteridad como “El río de libertad”.
Los militares uruguayos aún conservaban un amplio poder de negociación, pero ya se hablaba de elecciones en noviembre. Varios sindicatos habían recompuesto sus estructuras públicamente y los partidos, aunque con proscritos, se preparaban para la transición.

Fue en ese marco de «semidemocracia» en el que se produjo el arresto y homicidio del médico cirujano de 35 años Vladimir Roslik en Río Negro. Roslik fue detenido en su casa de San Javier en la madrugada del 15 de abril. Apenas 24 horas después su esposa recibió una comunicación de la Policía pidiéndole que pasara a buscar por la comisaría el cadáver de su marido pues había fallecido de un paro cardiorespiratorio. La muerte de Roslik provocó una gran conmoción nacional e internacional y se probó fehacientemente que falleció a consecuencia de las torturas que le habían infligido. Las protestas y presiones obligaron a los militares a iniciar una investigación judicial que culminó con el procesamiento del coronel Mario Olivera por homicidio «ultraintencional» y del mayor Sergio Caubarrere por irregularidades en el servicio. Ambos revistaban en el 9º Regimiento de Caballería con asiento en Fray Bentos. Este asesinato provocó un serio menoscabo en el poder de influencia de los sectores más duros de las Fuerzas Armadas.

Todos los que integraron el grupo de los “repatriados” ya habían cumplido su sentencia y estaban en libertad. La mayoría había optado por el exilio. En Uruguay permanecían, además de Sara, Asilé Maceiro, Elba Rama, Ana Inés Quadros, Gastón Zina, Margarita Michelini y Raúl Altuna. Ana Inés, Sara y Gastón habían viajado a Buenos Aires pata dar su testimonio en el CELS. En abril, todo el grupo fue convocado por la justicia argentina para comparecer en un juicio patrocinado por el CELS sobre los hechos vinculados al “pozo de Orletti”, los secuestros, las torturas y desapariciones. Sara, Ana Inés Quadros y Gastón Zina tomaron la decisión en conjunto: viajarían a Buenos Aires sin cumplir con el requisito de solicitar permiso a los militares según lo establecía el régimen de libertad vigilada. En aquellos momentos no era una decisión fácil de tomar; podía tener consecuencias graves. Pero ninguno dudó; lo harían pasara lo que pasara e intentarían cubrirse con la citación que les había llegado por medio de Interpol. Sabían que era un simple “verso”, pero les resultó suficiente garantía. Cuando llegaron al aeropuerto porteño los estaban esperando numerosos periodistas y personas vinculadas a las organizaciones de defensa de los derechos humanos. La noticia fue conocida casi de inmediato por los militares uruguayos, y pocas horas después los domicilios de todos los que habían viajado eran “visitados” por grupos operativos del ejército. Las familias respectivas vivieron momentos de extrema tensión, sobre todo la de Ana Quadros, contra quien los militares dirigieron amenazas concretas. Enrique Rodríguez Larreta (padre), ya estaba en Buenos Aires y también presentó su testimonio.
Una de las instancias del juicio en las que participaron fue el reconocimiento de Orletti, el local donde habían pasado los últimos días de julio de 1976. Quizá como el resto de los exsecuestrados, Sara no pudo evitar revivir el dolor, el horror. La asaltaron los recuerdos de aquellos momentos terribles, de tantos hombres y mujeres que antes y después de su pasaje por allí fueron asesinados entre esos muros.
El local había sido recientemente evacuado. Como 40 años antes en los campos de concentración nazis, la comitiva que ingresó al lugar fue encontrando las huellas de la matanza: centenares de prendas de vestir, zapatos, mantas, muebles; un verdadero museo del terrorismo de Estado. Pero faltaban dos hallazgos aun más tétricos: debajo de la escalera precaria que conducía al primer piso había un frasco repleto de alianzas matrimoniales, seguramente olvidado por los asesinos; y cuando bajaron al sótano nadie pudo evitar la rabia y el asco: una de las paredes había servido como paredón y exhibía las marcas de las balas y la sangre de los fusilados como un mudo testimonio de la barbarie.
La prensa argentina seguía muy de cerca todas las noticias vinculadas a las actuaciones judiciales sobre las violaciones a los derechos humanos perpetradas durante la dictadura. La visita a la automotora había sido anunciada y en la puerta de Orletti se apiñaban periodistas, camarógrafos y fotógrafos. El inusitado revuelo alertó al barrio y muchos vecinos se acercaron al lugar. Cuando los testigos salieron de Orletti fueron abordados por los periodistas; al escuchar los relatos que cada uno de los sobrevivientes iba aportando, varios vecinos se animaron a contar lo que habían visto: los vehículos sin matrícula, los movimientos extraños a cualquier hora del día, la radio siempre encendida a todo volumen... Pero también había otro tipo de gente, hombres y mujeres mayores que intentaban llevar aparte a los sobrevivientes del “pozo”. Eran padres y madres de desaparecidos; les mostraban fotos de sus hijos, decían sus nombres y les preguntaban silos habían visto allí, secuestrados. No tenían otra manera de obtener información.
Sara no se fue sin confirmar que detrás había una escuela, y que enfrente pasaba el tren.
Además de declarar ante la justicia los “repatriados” presentaron sus testimonios en varias organizaciones de derechos humanos. En esos días volvió a galvanizarlos aquel sentimiento de cuerpo, de colectivo, que tan útil les había sido para soportar las diferentes etapas de represión que se les había infligido: el secuestro, la tortura, los meses de desaparición y la prisión. El grupo de uruguayos recibió en Buenos Aires una inesperada ayuda, la dci abogado Jorge Baños, quien por entonces integraba el equipo de asesores legales del CELS. Durante ese período Baños desplegó una solidaridad incondicional con las víctimas de la dictadura, a menudo asumiendo compromisos que iban más allá de su papel de abogado. En el caso de los uruguayos, hasta alojó a varios de ellos durante semanas en su propia casa ya que carecían de dinero para pagar un hotel.
 
Baños murió en enero de 1989 al tomar parte en el asalto del Movimiento Todos por la Patria (MTP) a un cuartel del ejército argentino — La Tablada—. Ese grupo del que Baños era dirigente había recibido información de que allí se preparaba un golpe de Estado. El episodio dejó un saldo de 28 civiles muertos y hasta hoy permanece confuso el origen de la información confidencial que motivó la acción armada.

Colaborar con la tarea de “reconstruir la verdadera historia” de los años de la guerra sucia llevada adelante en Argentina por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), cuya investigación sería tomada por la Cámara Federal argentina para promover en 1985 un juicio público contra las juntas militares que gobernaron el país, implicaba exponerse a una profusa publicidad. Durante muchos meses los resultados de las investigaciones judiciales y las denuncias de las víctimas ocuparon los principales espacios y titulares de los medios argentinos (al contrario de lo que sucedió en Uruguay, donde los más tradicionales medios de comunicación no participaron en el restablecimiento de la verdad histórica). El caso de los “repatriados” no fue una excepción, y a pesar de los riesgos todos participaron activamente en las denuncias contra sus secuestradores aunque luego debían regresar a Uruguay, todavía bajo un régimen dictatorial.
Antes de volver a Montevideo Sara mantuvo una conversación con Chicha, quien la instó a que fuera a pasar una temporada a Buenos Aires. Habían llegado algunas pistas nuevas que podían referirse a Simón, pero el escaso apoyo que recibía la organización y los imprescindibles criterios de seguridad que debían mantener impedían que las investigaciones avanzaran como era deseable. Sara prometió volver en cuanto pudiera.
Como era previsible, apenas pusieron un pie en Montevideo todos fueron arrestados y conducidos a diferentes cuarteles. Los interrogaron agresivamente y pasaron momentos de enorme tensión que, si bien no fueron comparables a los que habían vivido en Orletti, tampoco resultaron banales. Con excepción de Ana Quadros, quien debió pasar una noche en el cuartel, los demás fueron liberados pocas horas después. La intimidación no dio resultado, y estimulados por lo que venían de vivir en Buenos Aires Ana Inés Quadros, Gastón Zina, Rodríguez Larreta y Sara presentaron ese mismo mes de abril una denuncia judicial por secuestro, torturas, desapariciones en Argentina y Uruguay ante el doctor Ricardo Rodríguez Saccone, entonces titular del juzgado penal de segundo turno. Fueron patrocinados legalmente por el infaltable Jorge Baños, Marcelo Parrilli —otro abogado del CELS— y el uruguayo Mario Jaso. Rodríguez Saccone no movió una sola falange del más pequeño de sus dedos para investigar las denuncias y archivó el expediente sin más trámite.
Los militares uruguayos veían cómo su poder absoluto se iba debilitando semana a semana. El 16 de junio el líder del Partido Nacional Wilson Ferreira Aldunate los desafió abiertamente regresando al país a pesar de estar requerido. Ferreira fue detenido junto a su hijo Juan Raúl apenas descendieron del barco que los traía desde Buenos Aires. A principios de julio se instaló una mesa de “prenegociación” entre militares y civiles que comenzó a discutir las condiciones en que se realizarían las elecciones de noviembre de 1985.
Sara dejó pasar algunos días después de su retomo de Argentina y solicitó la autorización militar para salir del país. Esperó dos meses sin recibir respuesta. A fines de julio hizo sus valijas y se fue de nuevo a Buenos Aires, sin permiso. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) le otorgó una subvención temporaria para que se dedicara a buscar a Simón y a los otros niños uruguayos desaparecidos en Argentina.
Era mucho trabajo para una sola persona, y afortunadamente consiguió la ayuda de cuatro voluntarios, todos sobrevivientes de los campos de concentración que el ejército argentino había montado en el sur del país, quienes se zambulleron junto con ella en los expedientes. Ahora tenía un equipo. Además del caso Simón el grupo trabajó intensamente en los de Amaral García y Mariana Zaifaroni, de los cuales había bastante más información. Los dos fueron rápidamente ubicados yambos estaban viviendo con personas que habían trabajado para los servicios de seguridad. Amaral sería recuperado un tiempo después por su verdadera familia, mientras que los secuestradores de Mariana, el matrimonio Furci, pudieron evadir la justicia hasta que en 1985 lograrían huir a Paraguay y no serían aprendidos sino en 1992, cuando de regreso a Buenos Aires fueron nuevamente localizados y procesados. Mariana, que en ese momento tenía 17 años, vivió primero con su “abuela adoptiva”. Desde hace algo más de un año se independizó, continúa sus estudios de derecho y se ha negado a desarrollar vínculos con su familia biológica.
Una de las primeras gestiones que Sara hizo en Buenos Aires fue visitar a una señora que había conversado con Chicha. Esta mujer decía conocer a un niño secuestrado y estar dispuesta a dar información sobre él. Algunos de los datos podían coincidir con Simón, así que Sara anotó la dirección y decidió hacerle una visita de sorpresa. Y la sorpresa fue enorme, mucho más grande de lo que Sara había imaginado.
La mujer abrió la puerta y quedó paralizada, sujetándose al pestillo con ambas manos, sin poder decidir qué hacer. Finalmente le franqueó la entrada. Era un departamento amplio, luminoso y muy bien decorado. La mujer le ofreció asiento y con una cortesía banal que parecía absurda para la situación le dio a elegir: ¿té o café?
Ambas estaban muy conmovidas, aunque por razones diferentes. Sara esperaba obtener una información que le permitiera encontrar a su hijo; la mujer confirmó lo que había adelantado a Chicha, pero ahora no estaba dispuesta a aportar más datos.
—Compréndame —le decía a Sara—, yo esperaba a una abuela, no a una madre. Una abuela se podría conformar con saber que su nieto está vivo, que es querido y con tener noticias de él de vez en cuando. Pero para una madre eso es imposible. Usted querrá recuperar a su hijo a cualquier precio. Y tiene razón. Le pido perdón, pero no la puedo ayudar.
La informante tenía un vínculo afectivo con la familia adoptiva, y se sentía incapaz de provocar el dolor de una separación a sus seres queridos. Su conciencia no le remordía hasta ese punto. Conversaron mucho rato. Sara le contó lo que había vivido, lo que estaba viviendo, y lloraron abrazadas, también por razones muy diferentes.
Quedó confundida durante varios meses después de esta experiencia. Estaba en el lugar donde habían sucedido los hechos y todos sus sentimientos afloraban sin barreras. También comenzaba a entender, en contacto con otros casos similares, lo que significaba realmente la desaparición de un niño. Sentía que era capaz de dar cualquier cosa por encontrar a su hijo, por saber dónde y con quién vivía, pero no estaba convencida de que debía recuperarlo porque eso era exponerlo a un pasado marcado por la violencia y la muerte, era integrarlo a una historia dolorosa y cruel. A veces sentía que su deber como madre era ahorrarle sufrimientos, abandonar todo egoísmo, todo instinto posesivo y darle a su hijo la oportunidad de tener una vida sin sobresaltos, sin angustias, sin crisis de identidad, aun cuando ello significara renunciar para siempre a su maternidad. Por momentos pensaba que esa era la verdadera forma de amar. Pero por otra parte se decía que la mentira era intolerable, que nada sólido y saludable se podía construir sobre el engaño y, sobre todo, que su hijo tenía derecho a conocer su verdadera identidad. Quienes se la negaban eran sus verdugos, y ella no cometería el mismo crimen.
Fueron meses muy difíciles, meses de lágrimas y sutiles temblores, de un equilibrio precario. Sara buscaba desesperadamente a su hijo y al mismo tiempo temía encontrarlo. Descubría que, aun recobrándolo, ese hijo al que había dado vida y al que tanto amaba probablemente tuviera una escala de valores muy diferente a la que ella le hubiese trasmitido. Y que también la situación la colocaba en el deber de revelarle una verdad desgarradora, trágica: quienes convivían con él estaban vinculados o eran los victimarios de sus verdaderos padres. Sólo algún tiempo después, cuando pudo conversar con psicólogos que ya habían intervenido en varios casos de niños rescatados, estuvo en condiciones de elaborar el precio emocional que ambos, ella y Simón, deberían pagar para encontrarse. Continuar la búsqueda implicaba asumir el daño inevitable. Otro costo que tema que adicionarse al debe de los secuestradores y sus cómplices.
Vivía en la casa de un amigo que le había cedido una habitación. Dedicaba el día entero a la investigación, y cuando regresaba, por las noches, se encerraba en su pieza. Quería estar sola. Escuchaba música. Descubrió entonces al compositor y cantante cubano Silvio Rodríguez, prohibido en Uruguay. Sus canciones le resultaron en aquellos meses una gran compañía. No lograba concentrarse lo suficiente como para leer, así que compró metros y metros de telas y comenzó a coser. Cosió a mano prácticamente todo un nuevo guardarropa. Y lloraba; lloraba mucho. Algunos meses después Mauricio llegaba a Buenos Aires.
El retomo a la democracia en Argentina abrió los caminos en los medios de comunicación para la denuncia de la devastadora guerra sucia practicada por los militares. Durante los primeros años de gobierno radical existió una voluntad oficial manifiesta por investigar las violaciones a los derechos humanos y llevar ante la justicia a los responsables de la masacre. Mucha gente fue perdiendo el miedo a decir lo que sabía, y otros fueron sensibilizados cuando conocieron la magnitud que alcanzó la represión. Ahora la información llovía en el local de las Abuelas, quienes de ser consideradas “viejas locas” o “comunistas”, pasaron a recibir afecto, apoyo y respeto de gran parte de la sociedad.
Para Sara el problema más grave seguía siendo cómo seleccionar las pistas que seguiría. Investigó varias, algunas con mayor intensidad pues parecían adecuarse más que otras a las condiciones de la desaparición de Simón. Llegaba mucho más información, pero en la mayor parte de los casos era muy escueta: apenas el nombre y la dirección de un niño que, según algunos indicios, podía provenir de un secuestro. Muchos de los que Sara eligió investigar fueron descartados rápidamente, como el de un niño llamado Alejandrito. Había sido ubicado en poder de Eduardo Alfredo Ruifo, un integrante de los comandos secuestradores que actuaron en la guerra sucia y que se encontraba prófugo con dos niños. Sara estudió el caso y se decidió a hablar con la directora de la escuela a la que el chico había asistido. Conversé con las maestras, quienes le informaron que Alejandro tenía la piel bien oscura y era definidamente morocho, lo que no coincidía con las características de Simón, que era pelirrojo y tenía la piel muy blanca.
En noviembre Mauricio llegó a Buenos Aires y se produjo, finalmente, el postergado encuentro. A veces ocho años son ocho vidas, y ésta fue una de esas veces. Sara fue a recibirlo al aeropuerto, pero no pudo reconocerlo entre los pasajeros que iban saliendo después de pasar el control aduanero de rutina. Cuando se aseguré de que ya no faltaba ninguno empezó a recorrer el lugar. Se lo topé a la vuelta de un corredor, más envejecido, más triste y más frágil de lo que había imaginado. La alegría del reencuentro fue muy grande, pero Sara comprobó que afectivamente algo se había quebrado. Ese sentimiento estaba sin duda vinculado a que Mauricio nunca hubiese asumido públicamente la paternidad de Simón, que en ninguna de las campañas que se hicieron en el exterior se haya presentado como el padre que reclama a su hijo desaparecido, aun cuando desplegó una intensa actividad desde el anonimato para difundir el caso. Sara conocía las razones personales que explicaban esa actitud, pero para ella no constituían una justificación valedera. (Mauricio, que para Sara estaba separado desde hacía varios años, en realidad, y aunque conflictivamente, había recompuesto en Buenos Aires la relación con su esposa con quien tenía dos hijos, Paula y Felipe. Se lo confesó cuando ella estaba embarazada, lo que provocó una crisis en la pareja que se resolvió cuando Mauricio formalizó la ruptura con su esposa. Hasta poco tiempo antes de regresar a Buenos Aires, sin embargo, Mauricio no tendría la fuerza anímica de reconocer públicamente aquella simultaneidad de vínculos.) Esa diferencia pesaría en forma determinante en sus futuras relaciones. Lo intentaron: durante un par de semanas Mauricio vivió en el departamento de Sara, pero restablecer la pareja era imposible. Ya en los primeros días de convivencia ella identificó una ambivalencia en sus sentimientos: aunque aún seguía sintiendo cariño por Mauricio, pesaba demasiado el resentimientoque le provocaba la actitud que él había asumido con respecto a la paternidad de Simón. Racionalmente lo entendía, pero no podía justificarlo emotivamente. Mauricio queda participar en la búsqueda, pero Sara estaba decidida a aceptarlo siempre y cuando asumiera plenamente su papel de padre de Simón. Iniciaron una terapia con psicólogos que trabajaban con las Abuelas de Plaza de Mayo, y allí constataron que no sólo estaban buscando a su hijo, también se buscaban ellos mismos. Pero esa búsqueda no partía de cero, sino que estaba cargada con un pasado que en parte les era común, y que en los últimos años había sido disímil para ambos. Como muchos exiliados, Mauricio estaba carcomido por el sentimiento de culpa de los sobrevivientes, por no haber estado en prisión y haber podido escapar al exterior. Aunque rápidamente quedó claro para ambos que no sería posible reconstruir su relación de pareja, lograron sin embargo compartir intensamente la búsqueda de Simón.

El 12 de noviembre el Secretariado Internacional de Juristas por la Amnistía en Uruguay (SIJA U) presentó ante la Cámara de Apelaciones en lo Criminal de Buenos Aires un recurso de hábeas corpus en favor de 117 uruguayos “desaparecidos en Argentina luego de ser detenidos por fuerzas represivas argentinas y uruguayas “. El 30 de noviembre la Cámara comunicó el rechazo de la denuncia, amparándose en los informes de los ministerios del Interior y Defensa que negaron que las personas mencionadas “estuviesen o hubiesen estado detenidas oficialmente El rechazo de la Cámara incluyó el caso de Mariana Zaffaroni, del que se habían proporcionado informaciones tan concretas como la identidad y el domicilio de sus raptores.

Desde hacía algunas semanas Sara venía investigando un caso en el que cada nuevo dato abonaba la hipótesis de que se trataba de su hijo. Era un niño que había sido supuestamente adoptado por un alto oficial de la marina argentina, miembro, además, de una de las familias más acaudaladas y patricias del país. Mauricio se integré de inmediato a la pesquisa.
Muchas cosas coincidían: era pelirrojo, tenía la misma edad de Simón y por las fechas que habían proporcionado los informantes el chico había aparecido en la familia poco después del secuestro. El matrimonio tenía otros hijos mayores, lo que reforzaba la-hipótesis de una adopción espontánea, y no planificada como suelen serlo las de parejas que no pueden concebir. Chequearon muchos detalles, analizaron varias fotografías (en una de ellas el niño aparecía vestido de marino y haciendo la venia) y vigilaron los movimientos de la casa durante semanas. Todo parecía encajar, hasta que un día el sueño se desmoronó. Uno de los datos esenciales que intentaban confirmar era la fecha exacta en la que el niño había aparecido en la familia. El informante, que estaba vinculado al matrimonio adoptivo, logró establecer sin ningún tipo de dudas el día en que el chico fue entregado a la pareja: había sido antes del secuestro de Simón.
Sara y Mauricio sufrieron una enorme decepción; estaban persuadidos de que lo habían encontrado y el golpe fue muy rudo. Pocos días después, sin embargo, habían comenzado a investigar otras pistas, pero ninguna los condujo a Simón. Cuando no hubo más pistas, ni datos, ni siquiera una pequeña corazonada, Sara regresó a Montevideo.
No tenía casa —su hermano y su cuñada, con quienes convivía antes de ir a Buenos Aires, estaban en proceso de separación y consideró inadecuado permanecer allí en esas circunstancias—, no tenía trabajo y regresaba sin nada concreto sobre el paradero de Simón. Pero el balance que hizo no fue completamente negativo: esos meses de intenso trabajo de investigación le habían ayudado a adquirir madurez, mesura y calma para enfrentar lo que sabía sería su futuro: seguir buscando a su hijo mientras tuviese fuerzas.
1985. En Uruguay encontró una situación política muy diferente a la que había dejado cuando viajó a Buenos Aires. El Partido Colorado había ganado las elecciones en noviembre de 1984 y se preparaba para asumir el gobierno. El país entero discutía una propuesta de amnistía general e irrestricta para presos políticos y exiliados. El Parlamento entró en funciones en febrero y aprobó la amnistía. Sara estuvo en la puerta de la Cárcel Central —adonde habían sido trasladadas las últimas prisioneras— para asistir a la salida de sus excompañeras en lo que fue una verdadera fiesta popular.

El proceso de liberación de los presos había comenzado el año anterior simultáneamente con las negociaciones entre los militares y los partidos políticos en procura de un acuerdo que concretara el regreso a la democracia. Entre el fin de 1984 y marzo de 1985 fueron liberados cerca de 700 presos políticos.

Los exiliados retomaban en cada vuelo desde todas partes del mundo. Fueron meses de reencuentros con amigas y amigos y de esperanza en la justicia que aportaría la democracia recuperada. Se abría en ese entonces una enorme expectativa sobre las posibilidades de que los crímenes cometidos por los militares fuesen investigados y sus responsables juzgados. Las organizaciones de derechos humanos coordinaban sus esfuerzos y acumulaban material para presentar las denuncias formales. Sara participaba activamente en esa tarea; era a menudo entrevistada por la prensa y se la invitaba a intervenir en numerosos actos públicos que reclamaban el restablecimiento de la justicia y la restitución con vida de los desaparecidos.
Ese año se inició en Argentina el juicio público promovido por el gobierno de Raúl Alfonsín, representado por el fiscal Julio César Strassera,  contra los tenientes generales Jorge Rafael Videla, Roberto Viola y Leopoldo Galtieri; los almirantes Emilio Massera, Armando Lambruschini y Jorge Anaya; y los brigadieres generales Orlando Agosti, Omar Graffigna y Basilio Lami Dozo, integrantes de las Juntas de Comandantes bajo cuyo gobierno se produjeron las violaciones a los derechos humanos. El proceso era televisado en directo, aunque sin audio, y durante varios meses se edité un diario del juicio donde se reproducían las síntesis de los principales testimonios del día anterior. Argentina se miraba en un espejo en el que se reconocía dolorosamente. En esta nueva instancia judicial volvieron a declarar Sara, Quadros y Zina, a quienes se agregaron Margarita Michelini, Raúl Altuna, Asilú Maceiro, Enrique Rodríguez Larreta (padre), Elba Rama y Washington “Perro” Pérez, quien en 1976 fuera utilizado como intermediario en las negociaciones por el rescate de Gerardo Gatti. Sara viajó en varias oportunidades a Buenos Aires para testificar en esos procesos que, en la mayoría de los casos, terminaron con sentencias de prisión para los acusados. En cada una de esas ocasiones tomaba contacto con las Abuelas, esperando que hubiese surgido algún nuevo dato que le permitiese retomar la investigación, pero sus esperanzas eran vanas.
Mientras tanto, en Montevideo también se promovieron varios juicios contra los militares. En abril los Familiares de Desaparecidos, asistidos por el Instituto de Estudios Legales y Sociales del Uruguay (lelsur) y el Servicio Paz y Justicia (Serpaj), presentaron una denuncia por las desapariciones de uruguayos en Argentina fundada en los testimonios de los “repatriados” y otras víctimas de la dictadura. En setiembre retornó a Uruguay el niño Amaral, hijo de Floreal García y Mirtha Hernández, quien había desaparecido en noviembre de 1974 cuando sus padres fueron secuestrados. Amaral fue recuperado gracias al trabajo de las Abuelas de Plaza de Mayo y la obstinada labor del entonces senador del Frente Amplio Germán Araújo, quien lo acompañé personalmente en el viaje de regreso.
Después de tantos años de inestabilidad, de inseguridad y de cambios casi permanentes, Sara necesitaba comenzar a sentar las bases de cierta “normalidad”. Por eso aceptó trabajar en una guardería (Despierta y canta) que mediante un convenio con la flamante Comisión por el Reencuentro de los Uruguayos recibía a los niños de los desexiliados además de los chicos de la zona, el barrio Sur. Ese trabajo le permitía un nuevo vínculo con su vocación de maestra y el contacto diario con los niños le aportaba alegría y dinamismo. Su vida afectiva, además, empezaba a dar un vuelco muy importante: se había reencontrado con Raúl, a quien conociera en 1982, y la relación iba creciendo a medida que pasaban los meses. Sin prisa, pero sin
pausa, comenzaban a pensar en vivir juntos.
1986. Entre los juicios promovidos durante el año anterior había uno iniciado por los Familiares de Detenidos Desaparecidos en el que se incluía, junto a otros casos, el de Sara y Simón. El juez que entendía en la causa, el doctor Dardo Preza, quedó hondamente impactado por éste y no dudó en otorgarle prioridad frente a las otras denuncias. A poco de investigar estableció las identidades completas de varios militares acusados en el caso, como Gavazzo, Jorge Silveira, Cordero y otros. Por otra parte, la justicia argentina continuaba con su propia investigación sobre los hechos de Orletti, y en abril solicitó formalmente la extradición de los tres militares mencionados. La cancillería uruguaya nunca contestó los exhortos argentinos y, en junio, Gavazzo, Silveira y Cordero fueron procesados “en ausencia” (los tres serían incluidos en el indulto decretado por el presidente argentino Carlos Saúl Menem en octubre de 1989).
El avance de los procesos judiciales comenzaba a conmover a toda la sociedad. Los jerarcas militares se inquietaban y celebraban reuniones privadas en las que discutían de qué forma debían presionar al sistema político para que se detuvieran las denuncias y los juicios. Frente a ello, las organizaciones populares respondían con “caceroleos”, manifestaciones y concentraciones en el ámbito parlamentario se había integrado una comisión investigadora sobre los casos de Michelini y Gutiérrez Ruiz, asesinados en Buenos Aires en 1976. Una testigo —enfermera, de 44 años— declaró ante esa comisión que el capitán Pedro Mattos —el mismo que participara en el operativo de la falsa invasión— le había confesado pocas semanas después de los asesinatos que él había sido el verdugo: “Michelini estaba al lado mío, y le pegué un tiro en el medio de la cara”, le habría dicho Mattos a la enfermera. Según su testimonio, el militar recibió un pago especial de 12 mil dólares por el “trabajo” y desde entonces padecía delirios de persecución: estaba persuadido de que lo querían envenenar y sólo se alimentaba con comida enlatada.
En los últimos meses del año el juez Preza citó a los militares identificados para interrogarlos sobre varios de los episodios denunciados y, particularmente, sobre su participación en el secuestro y la desaparición de Simón. Pero los militares no se presentaron. Fueron nuevamente citados, y esta vez con un plazo perentorio, expirado el cual el juez debía requerir su comparecencia por la fuerza si ello fuese necesario.
El entonces ministro de Defensa, teniente general (retirado) Hugo Medina, afirmó públicamente que las citaciones estaban guardadas en su caja fuerte y que ningún militar se presentaría a declarar ante un juez civil por esos hechos. El conflicto de poderes quedó instalado, y algunos sectores políticos vinculados al gobierno de Julio María Sanguinetti comenzaron a plantear que la crisis debía ser resuelta mediante la aprobación parlamentaria de una ley de amnistía para los militares. La decisión de la Suprema Corte de Justicia en una querella de competencias que había planteado la justicia militar agregó aun más tensión entre los sectores castrenses. Los militares habían exigido que las denuncias de violaciones a los derechos humanos acaecidas durante la dictadura fueran juzgadas por “su” justicia, reclamo desestimado por la Suprema Corte que habilitó todos los procesos iniciados por la vía penal. No se trataba sólo del caso de los “repatriados”; a esa altura eran casi 400 las denuncias que se embotellaban en los juzgados y en ellas se acusaba con nombre y apellido a cerca de 200 policías y militares.
En la noche del 22 de diciembre, pocas horas antes de que expirara el plazo legal para que los militares se presentaran al juzgado y con rumores de golpe de Estado como telón de fondo, el Parlamento aprobó por mayoría la ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, una verdadera amnistía para militares y policías que habían violado los derechos humanos durante el período dictatorial. Esta ley, obviamente, colocaba un obstáculo insalvable para que Sara pudiese obtener por medio de la justicia penal uruguaya elementos que la ayudaran a orientar sus pesquisas en Buenos Aires. Una vez más, el camino para llegar hasta Simón se desdibujaba.
Ese día el Palacio Legislativo había permanecido rodeado por miles de personas que respondieron a la convocatoria de las organizaciones de derechos humanos que se oponían a la ley. Sara y Raúl estaban allí. Caía la tarde y la espera se hacía cada hora más tensa. Sara se separó del grupo con el cual había llegado hasta allí y fue a conversar con integrantes del sindicato de maestros. De pronto alguien preguntó por ella en voz alta y quienes la conocían la señalaron. La persona se acercó y la abrazó, visiblemente emocionada. Le preguntó si ya había hablado con Germán Araújo, entonces senador del Frente Amplio y con una destacada labor en la denuncia de las violaciones a los derechos humanos. Sara preguntó por qué Araújo debería hablar con ella. La persona no contestó, pero antes de irse la volvió a abrazar diciéndole que pronto tendría novedades de su hijo. Estaba acostumbrada a que mucha gente se le acercara con gestos emotivos de solidaridad, pero en este caso había surgido un elemento concreto sobre Simón. Le contó a Raúl lo que había sucedido, y ambos quedaron perplejos e intrigados. Algunas horas más tarde, dentro del Palacio Legislativo, la ley de caducidad resultaba aprobada mientras afuera la demostración era reprimida por los grupos de choque de la Policía. Raúl resultó con un brazo fracturado.