miércoles, 7 de marzo de 2012

LA INVASIÓN.

LA INVASIÓN.
 
Los prisioneros descendieron en fila por la escalerilla del Fairchild y escoltados fueron conducidos hacia un desvencijado camión militar. Caminaron primero por una superficie plana y firme, la pista de aterrizaje, y luego por una zona de pastos altos. A pesar de la situación en que se encontraba y de no tener completa seguridad de estar en Uruguay, Sara se emocionó al pensar que quizá estaba pisando su suelo natal. Una parte de ella se sintió feliz; la angustia de no saber qué le esperaba en el futuro inmediato cedió paso en ese instante a un sentimiento pleno de satisfacción: después de todo lo que había pasado, después de tres años y medio de exilio, volvía a estar en su país. Eso, por lo menos, le decía su intuición. Había que trepar una endeble escalerita hasta la caja del camión. Todos estaban en pésimas condiciones físicas y debieron recibir ayuda para lograrlo. Poco antes de iniciar el traslado, un soldado a quien los prisioneros llegarían a conocer más en los meses siguientes y que tendría actitudes igualmente correctas en numerosas oportunidades les dijo: “Sabemos que están mal. Aguanten un poco más; el viaje es corto y en cuanto lleguen van a estar mejor”.
El tono utilizado por el militar era completamente diferente al sarcasmo que se usaba en Orletti para burlarse de los prisioneros. Sara no desconfió de esas palabras, y el simple hecho de que se les proporcionan una explicación de lo que pasaría inmediatamente sorprendió a todos los detenidos que ya no esperaban recibir el más elemental tratamiento humano. Esta vez el camión abandonó la base militar sin estridencias.
 
La OCOA disponía en Montevideo de varios centros clandestinos de detención. Los secuestrados (véase el anexo Lista de “repatriados”) fueron trasladados a uno de ellos, ubicado en el residencial barrio de Punta Gorda, en el 5515 de la calle Rambla República de México.
Algunos prisioneros fueron ubicados en una habitación de la planta alta, donde también estaba la sala de tortura. Todas las mujeres y algunos varones quedaron en la planta baja, en una gran sala cuyos ventanales estaban cubiertos con frazadas. En el piso había dos hileras de colchonetas dispuestas contra las paredes laterales de forma que dejaban libre un corredor central. Las colchonetas no alcanzaban para todos, así que los militares improvisaron algunos camastros con los típicos ponchos castrenses. En cada cabecera, sobre la pared, colgaba el número de identificación de cada prisionero. Había orden y un olor a limpio que contrastaban con el caos y la fetidez permanente que flotaba en Orletti. Uno a uno fueron revisados por un médico que les prescribió medicamentos para paliar los padecimientos más urgentes, sobre todo antibióticos, ya que todos habían empezado a desarrollar infecciones. El médico constató que el parto de Sara era reciente y que estaba muy debilitada; le ordenó inyecciones de hierro y reposo absoluto. Luego pasaban a otra habitación donde, burocráticamente, se les solicitaban datos personales: nombre, edad, fecha y lugar de detención, etcétera. Ella había escuchado claramente la voz de Gavazzo, y después de responder el absurdo cuestionario preguntó por su hijo. Hubo un instante de desconcierto, hasta que le respondieron que en ese momento no había ningún oficial presente y que sólo alguno de ellos, al día siguiente, podría contestarle. Sara comprendió que no querían darle información en ese momento, y no insistió.
Poco después de llegar se les distribuyó el primer alimento que recibían desde que habían sido secuestrados, con excepción de las sobras del banquete con el que los argentinos festejaron la muerte de Santucho. Era una crema de leche. Las llaves de las esposas de Sara se habían extraviado, y entonces alguien se la dio en la boca, cucharada a cucharada. Tragaba con desesperación aquel alimento tibio y dulce mientras asociaba todos los elementos que había percibido en las últimas horas: la duración del viaje; los uniformes; la pulcritud del lugar; la atención médica; los ponchos; y ahora esta crema que la reconfortaba como si estuviese naciendo de nuevo. Sí, era eso. No tenía la certeza de estar en Uruguay ni de haber salvado la vida, pero por lo menos en ese momento estaba resucitando bocado a bocado, y lo disfrutó como si estuviese recibiendo el manjar más exquisito y delicado.
Esa misma noche todos pudieron tomar una ducha caliente, aunque bajo la vigilancia permanente de un guardia. Sara quedó para el final. Seguían sin encontrar las benditas llaves de las esposas. Cuando lograron quitársela la llevaron hasta el baño. Intentó sacarse la ropa, pero no pudo: los músculos de sus brazos no le respondían. El derecho estaba completamente insensible y paralizado, y el izquierdo apenas lo podía mover. Era uno de los efectos de las colgadas que padeció en Orletti. Durante mucho tiempo haría ejercicios para recuperar la capacidad en su brazo derecho, pero nunca lo lograría completamente. Resignada, le pidió al guardia que llamara a alguna compañera para que la auxiliara, pero el soldado contestó que era imposible porque podrían comunicarse, lo que estaba prohibido. Luego de unos segundos de desconcierto se ofreció para ayudarla. Sara aceptó. El hombre le quitó la ropa y, mientras la bañaba, conmovido por las marcas de aquel cuerpo lacerado, lloró en silencio. Sara nunca pudo agradecer el respeto con que se sintió tratada en ese momento, Muchos años más tarde sabría que apenas unos meses después del episodio el soldado pidió la baja y abandonó el ejército.
Era de madrugada y el resto de los prisioneros dormía a pesar de la radio encendida, permanentemente sintonizada en CX 28, Radio Imparcial, Las sensaciones de aquella primera noche de resurrección quedaron grabadas para siempre en la memoria de Sara. Estaba tendida en su colchoneta, cubierta con una manta militar. Lentamente comenzaba a reconocer de nuevo su cuerpo, a recuperar sensibilidad en las manos. Pero se sentía extraña, muy extraña. Pensó que tal vez fuese el traslado, el efecto del baño o la sensación inusitada de dormir bajo un abrigo. Pero de pronto comprendió: era la primera noche, después de... ¿cuántas?... en que no escuchaba los gritos de los torturados. Y recordó, uno a uno, a los que habían quedado en Orletti.
 A la mañana siguiente, después del desayuno, fueron formados en fila, cada uno delante de su respectivo camastro. El oficial “301”, quien dijo estar a cargo de ellos, les hizo una suerte de discurso de “bienvenida”: les informó que estaban en territorio uruguayo, en un centro de detención de seguridad de las Fuerzas Conjuntas y que podían considerarse formalmente prisioneros. Esto significaba - dijo - que-acababan de resucitar, porque “allá” la historia hubiese sido otra. Debían estar agradecidos al sentido humanitario del ejército nacional que había decidido el traslado a pesar de los riesgos que implicaba. Recibirían atención médica, comida, abrigo y podrían ir al baño. Pero les advirtió que no se confundieran; ese lugar no era un colegio de monjas. Deberían cumplir estrictamente un reglamento como en cualquier cárcel; serían “interrogados” cuantas veces fuese necesario y, sobre todo, estarían permanentemente bajo vigilancia de personal armado con orden de tirar ante cualquier desorden.
En los primeros de los casi veinte días que pasaron allí los prisioneros fueron recuperando energías y, sobre todo, ánimo. No los torturaban, los alimentaban bien y les permitían ir al baño y ducharse diariamente. Aún no sabían dónde estaban realmente ni qué sería de ellos. Algunos intentaban tirarle de la lengua a sus guardias cada vez que tenían la oportunidad, y Margarita Michelíni tuvo suerte: le preguntó a un soldado qué estaba pasando, por qué los trataban tan bien. El guardia pareció sorprenderse: ¿no sabían que se irían al exterior? El que interpeló Sara, sin embargo, proporcionó otra explicación: la modalidad militar uruguaya de intentar obtener información mediante torturas era mucho más científica que la argentina. Aquellos eran “unos asesinos”, y confesó que se arrepentía de haber aceptado ir “allá”, que todavía estaba afectado por las escenas que había presenciado, tanto que debía someterse a tratamiento psiquiátrico: “Acá la cosa es diferente —continuó en un tono que se pretendía confidente—; se tortura, pero sólo para obtener información. La vida del prisionero se cuida. Pero eso sí, se vuelve a la máquina cuantas veces sea necesario. Acá cantás o te volvés loco”. Ese mensaje supuestamente humanitario era en realidad amenazante e intimidatorio, y formaba parte de una táctica perfectamente orquestada por la oficialidad que se aplicó a todos los detenidos. Quien más la usó fue “301”; cada pocos días reiteraba con algunas variantes su primer discurso, recalcando que estaban allí gracias al alto sentido humanitario de las Fuerzas Armadas uruguayas y que por lo tanto debían cooperar.
Sara no sabía qué creer. Quizá era cierta la versión que había recibido Margarita. Y en ese caso, pensaba, Simón sería un capitulo de la negociación.
Cuando recuperaron parte de sus fuerzas comenzaron a ser torturados, aunque recibían un trato menos bestial que en Orletti. Las sesiones eran supervisadas por un médico que, si era necesario, las interrumpía o aconsejaba un descanso de uno o dos días, hasta que el prisionero recobrara fortaleza.
Los detenidos permanecían con los ojos vendados, pero de una u otra manera se las ingeniaban para comunicarse entre sí aprovechando las distracciones de los guardias. Ninguno daba crédito a los discursos de “301”. y no creyeron que estaban en Uruguay hasta que obtuvieron una prueba irrefutable: la radio, pensaban, podía ser una grabación, o quizá la captaban desde algún lugar en Argentina; no era prueba suficiente. Habían salido de Orletti, pero necesitaban puntos de referencia concretos sobre la realidad. ¿Qué les aseguraba no haber llegado a un lugar que finalmente resultara aun peor, si eso fuese posible? En una de sus primeras idas al baño Sara encontró un envase de Pulidor Bao, pero pensó que podía estar colocado allí como un elemento más del engaño. Siguió investigando todo lo que tenía a su alcance, hasta que encontró una botella. El tapón había sido improvisado con un trozo de papel. Sara lo quitó y lo desplegó; era parte del suplemento dominical color sepia que en ese entonces publicaba el diario uruguayo El Día. Mientras el guardia golpeaba la puerta dándole la señal de que debía salir del baño, Sara dejó todo como lo había hallado. Pensó que ese detalle era demasiado pequeño para ser artificial, y se convenció de que realmente estaban en Uruguay. La noticia demoró muy poco en recorrer todos los colchones.
El baño era el único lugar donde las detenidas tenían algo de privacidad; los guardias les permitían entornar la puerta. Sara aprovechaba cada vez para investigar lo que podía. Fue así como un día descubrió una pollera “portafolio” que ella había usado durante su embarazo y que solía compartir con María del Pilar Nores cuando ambas vivían en el mismo local, en Buenos Aires, También identificó como perteneciente a Nores una ropa interior lavada y colgada en el baño. Comprendió que Nores estaba en esa casa, y sabía que no era una de las presas. María del Pilar había desaparecido extrañamente, después de recibir una citación del director del correo donde la organización alquilaba una casilla postal. Eso había sucedido el mismo día en que secuestraron a Gerardo Gatti. Al regresar a la habitación común Sara intentó contarle a Asilú, vecina de colchón, lo que había descubierto. Pero un guardia las descubrió y fueron castigadas: estuvieron toda la noche de plantón.
Al día siguiente se sumó otra prueba: estando en posición horizontal Sara vio pasar entre los detenidos las características piernas de Nores, piernas gruesas, fuertes, del tipo “maceta”, y pudo identificar perfectamente los zapatos: era Nores. Después, ella y otros la verían haciendo guardia o trayéndoles algo de comer o de beber a los soldados, y confirmarían también su presencia en la sede de la inteligencia militar, en Bulevar Artigas y Palmar, donde además descubrirían colaborando al hermano de Nores, Alvaro, quien trabajó en la cocina, y al “Gallego” José Díaz, que fuera compañero de Elena Quinteros hasta su desaparición. Díaz había sido secuestrado en Buenos Aíres la misma noche que los demás y repatriado con todo el grupo. Ya en la casa de Punta Gorda muchos habían comenzado a sospechar que estaba colaborando, y durante una sesión de tortura e interrogatorio a Sara le pareció escuchar su voz, tenue, dentro de la habitación. La tortura se interrumpió de inmediato y la regresaron a su camastro. Era la hora del almuerzo. Un brazo se extendió y le alcanzó un plato. En ese mismo momento, en la radio empezaron a sonar los primeros versos de “Palabras para Julia”, el poema de Agustín Goytisolo en la voz de Paco Ibáñez:
Tú no puedes volver atrás
 porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable
interminable

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido
 no haber nacido
 
Pero tú siempre acuérdate
 de lo que un día yo escribí
 pensando en ti, pensando en ti
 como ahora pienso.
 
La vida es bella, ya verás
cómo a pesar de los pesares
 tendrás amigos, tendrás amor
 tendrás amigos.
 
Un hombre solo, una mujer
 así tomados, de uno en uno
 son como polvo, no son nada
 no son nada.
 
Entonces siempre acuérdate
 de lo que un día yo escribí
 pensando en ti, pensando en ti
 como ahora pienso.
 
Otros esperan que resistas
 que les ayude tu alegría
que les ayude tu canción
entre sus canciones.
 
Nunca te entregues. ni te apartes
 junto al camino, nunca digas
 no puedo más, y aquí me quedo
 y aquí me quedo
No sé decirte nada más
pero tú debes comprender
que yo aún estoy en el camino
en el camino.
 
Recordó a Elena Quinteros, su amiga íntima, y lloró por primera vez desde la noche en que la habían secuestrado.
Estuvieron allí entre 15 y 20 días. Sabían que en Buenos Aires habían sido secuestrados para luego sufrir el mismo destino que los demás desaparecidos, y que si los militares los conservaban con vida era porque pretendían obtener algo de ellos, algo que aún no les había sido revelado. Seguramente esperaban mantenerlos en ese lugar hasta que sus planes estuviesen a punto, pero algunos hechos imprevistos les hicieron desistir de esa idea. Ciertos miembros paramilitares del comando no habían respetado la orden de ocultar las armas largas al entrar o salir de la casa, y más de un vecino los había observado; demoraron en percatarse de que ciertos papeles incriminatorios eran arrojados en las bolsas de basura doméstica, lo que podía sembrar pistas sobre la ubicación de la casa (encargaron a María del Pilar Nores la tarea de verificar que no salieran elementos de ese tipo con los desperdicios); en una oportunidad en que regresaba de hacer algunas compras, Nores advirtió a los oficiales que en la rambla había una pareja que podía estar vigilando la casa (minutos después, varios patrulleros detuvieron a los jóvenes); y la gota que desbordó el vaso fue un apagón durante la noche: dentro de la casa la oscuridad era total y nadie sabía qué hacer. El capitán Silveira estaba torturando y fue el más afectado por la situación: gritaba histéricamente que mataran a cualquier prisionero que se moviera de su lugar, que consiguieran linternas, faroles, cualquier cosa. Linternas no había y los faroles no tenían combustible. Fueron minutos de extremo nerviosismo, y la tranquilidad recién volvió con la luz.

Al día siguiente, a mediados de agosto, fueron trasladados a la propia sede del Servicio de Inteligencia de Defensa (SID), a pocas cuadras del Centro de Montevideo.

Washington. 4 de agosto de 1976. El Senado de Estados Unidos continuaba discutiendo la enmienda Koch, y varios legisladores habían solicitado escuchar las informaciones y opiniones del Departamento de Estado sobre la situación en cada uno de los países a los que se recomendaba suspender la ayuda militar En la sesión de ese día, funcionarios del Departamento de Estado afirmaron en el Senado que “el Uruguay es uno de los países que están en peligro de [sufrir una] invasión armada, ya que fue sorprendida en Montevideo una célula terrorista de elementos uruguayos que había ingresado clandestinamente al país desde Buenos Aires, y que planeaba cometer una larga serie de atentados y actos de sabotaje”.
 
Montevideo. 5 de agosto de 1976. El contralmirante Sanjurjo entró al ESMACO como un huracán: no respondió a ninguno de los saludos que le dirigieron los subalternos entre la puerta del edificio del Estado Mayor y su oficina. Pidió a su secretario que lo comunicara inmediatamente con el embajador Siracusa. Estaba furioso, pero antes de liberar su ira debía confirmar la información que había recibido esa mañana de la embajada uruguaya en Washington. Era obvio que lo habían utilizado como a un simple peón en el tablero continental; y no sólo a él, sino a las Fuerzas Armadas uruguayas haciéndoles jugar un papel de militares bananeros. Levantó el tubo apenas sonó el teléfono.
— Señor embajador?
—Un momento, por favor —le respondió una voz femenina que lo dejó escuchando una melodía desconocida.
—Buen día contralmirante. ¿Cómo está?
—Mire, embajador, el horno no está para bollos, así que explíqueme qué dijeron en Washington.
—Por favor, contralmirante, no se ponga nervioso. Ellos saben lo que hacen.
—Pero, i cómo van a anunciar detenciones que todavía no se produjeron oficialmente! Nos están poniendo en ridículo! Usted sabe perfectamente que esto no es Centroamérica.

Ernest Siracusa, nacido el 30 de noviembre de 1918 en California, se graduó en la Universidad de Stanford en 1940 y completó un postgrado en economía en el Instituto Tecnológico de Massachussets en 1949. Fue funcionario del Departamento de Estado a cargo de asuntos de América Central, Panamá y Brasil y se desempeñó como asesor de asuntos políticos en varias representaciones diplomáticas de Estados Unidos, entre las cuales México, Guatemala (donde participó en el golpe que derrocó al presidente Jacobo Arbenz), Argentina y Honduras. Entre 1963 y 1969 fue “Consejero, subjefe de la misión” en la embajada en Perú. En esa época el general Velasco Alvarado, entonces presidente de ese país, solicitó a Estados Unidos su remoción de la embajada acusándolo de agente de la CIA. Continuó su carrera en la Paz, Bolivia, donde fue embajador entre 1969 y1973 (periodo durante el cual fue derrocado el general Juan José Torres). Luego fue designado con el
mismo cargo en Uruguay, función que desempeñó hasta 1977.
 El embajador quedó un momento en silencio, tratando de dominar el desprecio que sentía por aquel militarucho arrogante. Hizo girar su silla y quedó enfrentando el amplio ventanal que daba sobre el Río de la Plata. Clavó la vista en un barco pesquero que salía del puerto y enfilaba hacia el sur.
—Es usted, contralmirante, quien no sabe cómo es Centroamérica. En cuanto a este asunto, ya habíamos convenido que yo me encargaría de mover mis contactos en Washington. Eso es lo que hice. Lamento que no comprenda que en este episodio está en juego mucho más que la ayuda militar a sus Fuerzas Armadas a las que, por otro lado, estamos intentando salvar utilizando todas nuestras influencias. Era necesario ensayar un golpe espectacular en el Senado, y éste nos pareció adecuado.

—Nosotros resolvimos montar esta operación para influir estrictamente en lo que concierne a Uruguay. En ningún momento hablamos sobre los aspectos generales. Usted sabe que estamos todos de acuerdo en que el Parlamento de su país está siendo manipulado por irresponsables o algo peor, pero tomar iniciativas unilaterales pone en peligro todo el operativo.
—Escuche, contralmirante, la lupa del Senado no es tan poderosa como usted se la imagina. Además, Uruguay es un país muy chiquito y está muy lejos de Washington; allá nadie va a reparar en una pequeña diferencia de fechas. Ustedes hagan lo que tienen que hacer y cuanto antes mejor. Los plazos parecen acortarse más de lo que esperábamos.
Víctor Sanjurjo escuchó cómo el embajador colgaba el auricular sin siquiera esperar una respuesta. Dejó el teléfono y pensó que habría que matar a ese hijo de puta de Koch.
A principios de marzo de 1993 el periodista estadounidense Martín Edwin Andersen —que fuera corresponsal de The Washington Post y Newsweek—. publicó un libro en su país, Dossier Secreto, en el que reveló, entre otros entretelones de los golpes de Estado de los años setenta en Argentina y Bolivia, que en 1976 los militares uruguayos habían montado un plan para asesinar al senador Edward Koch. La información trascendió en 1977, cuando el demócrata Jimmy Carter sustituyó en la presidencia de Estados Unidos al republicano Gerald Ford, y designó a Patricia Derian como subsecretaria para asuntos de derechos humanos en el Departamento de Estado. Derian obtuvo un informe de la CIA en el que constaba que en 1976 dos funcionarios uruguayos en Washington, el agregado militar de la embajada y el delegado ante la Junta Interamericana de Defensa, habían amenazado de muerte al senador Koch durante un cóctel. El 30 de marzo de 1977 Pat Derian se entrevistó con Siracusa en Buenos Aires y le pidió explicaciones sobre la invitación que había cursado a Koch unos meses antes para que visitara Uruguay. El embajador contestó que lo había hecho porque nadie le informó sobre la existencia de una amenaza, y a la pregunta de qué posibilidades había de que los militares uruguayos ensayaran la operación en Estados Unidos, respondió que hacer algo así en Washington, según el modelo que se aplicó en el asesinato de Orlando Letelier excanciller de Salvador Allende, habría implicado reforzar la misión mi litar uruguaya en esa ciudad. En su informe al presidente Carter, Derian acusó a la CIA de haber incomprensiblemente subestimado las amenazas recibidas por Koch y recomendó mantenerse alertas acerca de las intenciones de la dictadura. El gobierno de Estados Unidos había solicitado a su par uruguayo que relevara de sus cargos a los dos fincionarios implicados. Poco después de la entrevista entre Derian y Siracusa, la cancilleríaa propuso dos nombres: el coronel José Fons, para la Junta Interamericana de Defensa, y el mayor José Gavazzo para la embajada. Sólo la firme oposición del gobierno de Carter a aceptar esas designaciones evitó que se consumara el intento de homicidio. En mayo de 1977 viajó a Estados Unidos el general Luis Vicente Queirolo para desempeñar simultáneamente ambos cargos.
El 29 de setiembre el Senado estadounidense aprobó la enmienda Koch y el gobierno de Gerald Ford debió promulgada. Quedaba pendiente la nómina de países a los cuales se les aplicaría la sanción.
 
—Todos de pie y en posición de firmes! —gritó el mayor Gavazzo entrando a la gran sala del SID donde habían sido colocados los prisioneros repatriados. Los pasos del militar resonaban en el piso de madera del salón. Los detenidos estaban dispuestos como en la casa de Punta Gorda, con colchones en el piso y contra las paredes de la habitación ubicada en el subsuelo. Había unas ventanas pequeñas con sus postigones exteriores cerrados. En uno de ellos había saltado un nudo de la madera. Por allí se filtraba un compacto haz de luz matinal que se recortaba en el aire como si fuese sólido.
—Ustedes ya saben quién soy, así que pueden sacarse las vendas si quieren dijo, paseándose lentamente de un lado a otro de la sala.
Gavazzo experimentaba un orgullo desbordante cuando se identificaba ante los prisioneros. Le provocaba un hondo sentimiento de superioridad e imaginaba que ante su sola presencia los detenidos temblaban de terror. Y así era como los prefería.
—Soy el mayor Gavazzo. Como ya les dijo “301”, le deben la vida al sentido humanitario de las Fuerzas Armadas uruguayas, así como el correcto tratamiento que están recibiendo. ¿Alguno de ustedes quiere volver a Buenos Aires? Estamos a tiempo de arreglarlo.
Hizo una pausa y fue mirando a cada uno a los ojos, desafiante, omnipotente.
—Bien; eso está muy bien. Nos vamos entendiendo —agregó, retomando su paseo por el centro de la sala y poniendo sus manos en la espalda.
Por fin, Gavazzo explicó cuál sería la contrapartida de tanta “generosidad”. El plan consistía en que todos debían firmar un documento en el que confesaban haber fingido ser secuestrados en Buenos Aires. La fábula continuaba con un supuesto desembarco clandestino en la playa de la Agraciada, emulando la gesta libertadora de los 33 Orientales iniciada el 19 de abril de 1825 de esa misma manera y en ese mismo lugar. Les recordó que la organización a la que pertenecían aún tenía en su poder la bandera que aquel grupo había clavado al desembarcar en suelo uruguayo, hecho que en la cabeza del militar parecía ser el broche de oro que otorgaba credibilidad a todo el cuento. Advirtió que si alguien se negaba a firmar la confesión sería devuelto a la Argentina sin más trámite, y quienes aceptaran, serían juzgados como el resto de los “sediciosos”, con penas diferenciadas: asociación subversiva para los más “pesados” y asistencia a la asociación, con una pena más leve, para los demás. Gavazzo no sólo tenía potestad para adelantar el fallo de la justicia militar, sino también para negociar la condena que el tribunal castrense les aplicaría: ofreció la mínima para los dos delitos.
—No olviden que nadie sabe que están acá. Oficialmente ustedes no existen como prisioneros. Los que estén en contra de cooperar permanezcan de pie; los demás pueden sentarse.
Todos se sentaron.
Lo primero que hicieron fue ubicarse espacialmente. La sala donde estaban tenía una puerta sobre un largo corredor que partía hacia la izquierda, doblaba en ángulo recto hacia la derecha y conducía a los baños que estaban al fondo. Frente a la sala, del otro lado del corredor, estaba el comedor de los oficiales que se comunicaba con la cocina. En el comedor solían jugar a las cartas y conversar los guardias ociosos, y había un teléfono, detalles que a los prisioneros les resultaron formidables fuentes de información. A poco de llegar, desde ese teléfono un guardia solicitó una ambulancia “para una reclusa”, y así se enteraron de que en la planta alta estaba detenida una mujer embarazada. Un par de días después veían pasar los biberones desde la cocina hacia el piso de arriba, pero nunca pudieron ver a la prisionera.
Muchos años después, ya al fin de la dictadura, Julio César Barboza, un soldado que revistó en el SID durante algunos meses y luego abandonó el ejército, aportaría valiosa información de primera mano a la justicia, los organismos de defénsa de los derechos humanos y a la propia Sara. Barboza confirmó que había en ese momento una prisionera embarazada en el piso superior y que dio a luz en el Hospital Militar; aunque él nunca supo el sexo del recién nacido. No pudo identificarla entre las fotos de desaparecidas embarazadas uruguayas y argentinas que le exhibieron, y nunca tuvo certeza de cuál había sido su destino. Sí confirmó que cuando todos los “repatriados” habían abandonado el SID, la joven fue ubicada en la sala del subsuelo. Poco después percibió un gran malestar entre algunos guardias. En su opinión, se había decidido asesinar a la prisionera. Barboza relató que el encargado de restablecer la disciplina fue “301 “, quien en una conversación con miembros de la guardia argumentó que “a veces no hay más remedio que hacer cosas embromadas”.
 Durante los dos días siguientes los secuestrados intentaron por todos los medios colectivizar la reflexión sobre la propuesta de Gavazzo. Había acuerdo general en aceptarla, aunque faltaba ver exactamente de qué se trataba. El tratamiento permanecía incambiado: recibían alimentos y tenían acceso al baño. Las sesiones de tortura también continuaban.
Los primeros en ser conducidos a la oficina de “306” — capitán Martínez— fueron Raúl Altuna, Margarita Michelini y Enrique Rodríguez Lai’reta (hijo). El oficial les presentó, ya redactada, la confesión que debían firmar. Se pretendía hacerles aceptar, entre otras cosas, que habían fingido ser secuestrados en Buenos Aires, para, en realidad, ingresar clandestinamente a territorio uruguayo cumpliendo la primera fase de un vasto plan que incluía asesinatos, sabotajes y atentados con explosivos. A la vez, debían admitir que las campañas de denuncias en el exterior sobre secuestros y desapariciones de uruguayos en Argentina no tenían fundamento y eran apenas otro aspecto del mismo plan. Después de leer el documento los tres se negaron a firmarlo. Argumentaron que, más que una confesión, ese texto era una acusación contra sus compañeros del exterior. Estaban dispuesto a inculparse de lo que fuera, pero no a participar en una maniobra de desprestigio contra las organizaciones de uruguayos en el exilio. Y, aunque no lo dijeron, porque sabían que esas denuncias eran quizá lo único que se interponía entre sus compañeros secuestrados que habían quedado en Buenos Aires y la muerte.
306” quedó desconcertado. Llamó por teléfono a Gavazzo y le contó lo que estaba sucediendo. Durante esa tarde no hizo pasar a ningún otro prisionero a su despacho. Pero a la noche, cuando ya ¡as luces habían sido apagadas, Gavazzo entró a la sala como una tromba. Estaba completamente fuera de sí. Les ordenó que se pusieran de pie. La violencia que emanaba de la figura de Gavazzo era de tal intensidad que hasta la propia tropa temblaba en ocasiones como ésa. Los insultó durante varios minutos y amenazó con matarlos a todos con sus propias manos si continuaban negándose a firmar las confesiones, recordándoles que oficialmente estaban desaparecidos y que sus vidas no valían nada. Finalmente ordenó que se llevaran a Altuna y a Michelini; los acusó de haber promovido el rechazo entre el resto de los prisioneros y dijo que los iba a fusilar inmediatamente. Edelweis Zahn, que integraba el grupo de los “repatriados”, se desplomó desmayada, y el propio Gavazzo la hizo volver en sí a cachetazos.
Sara estaba muy cerca de Altuna y Michelini, y escuchó cómo el guardia les hablaba mientras los esposaba a la espalda para llevárselos. Con miedo y desesperación en la voz, les rogaba que recapacitaran, les recordaba que tenían hijos y les pedía que no se dejaran matar por eso. En ese instante, nadie, ni los presos ni la guardia, dudaba que Gavazzo cumpliría su amenaza.
Algunas horas después varios soldados regresaron cargando a Altuna y Michelini. Ambos habían sido salvajemente torturados por el propio Gavazzo. Aunque aliviada al ver que sus compañeros seguían con vida, Sara no pudo dormir esa noche, ahogada por un sentimiento de culpa. Se preguntaba por qué ninguno de ellos había intentado impedir lo que todos pensaban que iba a suceder; ¿por qué, por lo menos, nadie había gritado que esos asesinatos no serían silenciados? Sabía que si mataban a alguno de ellos la lógica indicaba que tarde o temprano todos serían asesinados. Pero nada había que perder con una reacción colectiva que intentara evitarlo.
Octubre de 1976. Las negociaciones entre militares y detenidos avanzaban lentamente. Algunos prisioneros habían llegado a la conclusión de que la propuesta era sólo un engaño, que los necesitaban para algo que aún ignoraban y maniobraban como podían para conceder lo menos posible. Otros no compartían esa sensación. En los primeros días de octubre se concretó un acuerdo: todos aceptaron cooperar en el montaje de un supuesto operativo de invasión a cambio de que fuesen reconocidos públicamente como prisioneros. lo que, en esas circunstancias, parecía la única forma de conservar la vida. Mantenían, sin embargo, su negativa a declarar que se habían autosecuestrado en Buenos Aires. Serían “juzgados” por tribunales militares y recibirían la pena mínima para cada uno de los delitos ¿fue se les tipificaran.
A partir de entonces, mientras se instalaba cierta cotidianidad, los presos y algunos guardias fueron tejiendo una relación más o menos flexible y, en algún caso, hasta de confianza. Uno de los soldados, por ejemplo, llegó a traer fotos de su familia que exhibió, orgulloso, a todos los que quisieron verlas. Y también había un cabo veterano que recogía obsesivamente todas las colillas que encontraba para luego entregárselas a una de las detenidas, Ana María Salvo. El cabo no fumaba, y agregaba las hojillas que compraba con su propio dinero. Después de cada comida Ana deshacía los puchos, armaba cuatro o cinco cigarrillos y los repartía entre los fumadores que recibían aquel tabaco como una bendición. Varios soldados se percataron de lo que hacía el cabo y, en vez de tirarlas, le entregaban sus propias colillas.
Para Sara esa era otra diferencia con Orletti: no todo era pura maldad; recibían gestos mínimos de solidaridad humana, aunque nunca provenientes de la oficialidad. Esa actitud, cuando existía, no se dirigía exclusivamente a ellos, los presos políticos. Lo comprobó una noche en que llegaron varios detenidos nuevos que comenzaron a ser torturados inmediatamente. Ella y sus compañeros manifestaron inquietud por saber de qué se trataba, hasta que un guardia les informó que eran administrativos de las Fuerzas Armadas que estaban acusados de haber montado una estafa con las liquidaciones de los sueldos de la tropa: les descontaban más de lo debido y se embolsaban la diferencia. Las sesiones de tortura duraron poco porque confesaron rápidamente. Todos ellos fueron colocados de plantón en la misma habitación que los presos políticos. El viejo cabo estaba de guardia esa noche y como los demás había sido uno de los perjudicados por la maniobra dolosa. Contradiciendo la orden superior, el cabo pidió a los otros detenidos que cedieran algunos ponchos Con los que improvisó un par de camas donde permitió que los estafadores descansaran por turnos.
El “afloje” en el trato cotidiano se extendió a la tortura. Durante varios días los prisioneros descansaron y recobraron fuerzas. Hasta que una indiscreta conversación mantenida en el teléfono del vecino comedor les reveló que estaba en camino un grupo de oficiales argentinos. Llegaron ese mismo día. Los prisioneros los distinguían de los oficiales uruguayos por sus zapatos bien lustrados y sus pantalones de corte impecable. Pasearon lentamente por la sala, observaron a los detenidos uno por uno, con ritmo de zoológico, y se fueron sin emitir un solo sonido.
Habían pasado dos o tres días de la visita cuando supieron por el bendito teléfono que ahora se preparaba un viaje de oficiales uruguayos a Buenos Aires. Poco después notaron la ausencia de la mitad de la oficialidad que veían habitualmente y de algunos soldados. Era una nueva redada. Entre fines de setiembre y principios de octubre de 1976, unos cuarenta uruguayos serían declarados desaparecidos en Buenos Aires, casi todos vinculados al PVP.
Sara intuyó que una nueva oleada de secuestros provocaría más necesidad de información, y que posiblemente recomenzarían las sesiones de tortura. Como al resto de los prisioneros, la idea de volver a ser torturada le resultaba insoportable. Fue para ella el período más difícil en ese aspecto. Hasta entonces había asumido una actitud que le parecía la más simple: no decir absolutamente nada. Era blanco o negro. Pero en ese momento comenzó a considerar los grises, y eso le generó muchas contradicciones. Las sesiones de tortura tienen un efecto acumulativo: cada una es peor que la anterior. Ya se conocen sus consecuencias y se produce un agotamiento progresivo de la capacidad de resistencia ante el dolor. La única forma de evitar la tortura, o intentar reducir su intensidad, era crear la impresión en sus verdugos de que estaba quebrada, de que había empezado a “aflojar”. Pero Sara no podía fingirlo sin antes haber elaborado cuidadosamente “su” personaje del colaborador. Esa perspectiva la aterrorizaba; temía no poder controlar todas las facetas del juego y era consciente de que estaría sometida a enormes tensiones psicológicas. Un debate se había instalado en su conciencia: por un lado, su instinto de conservación le exigía la creación de ese personaje; por otro, le causaba pánico perder la total certeza de que callaría las cosas que verdaderamente conocía y no quería revelar. Estaba cavilando al respecto cuando el hecho se produjo sin premeditación. Su intuición se confirmó plenamente. La estaba torturando el entonces capitán Jorge Silveira, y Sara decidió identificar un vehículo de su organización en Buenos Aires. Sabía que el dato no perjudicaría a nadie: el automóvil era conocido sólo por ella y Mauricio, y ambos habían decidido abandonarlo antes del secuestro ya que no lograban recordar si habían o no hablado de él delante de María del Pilar Nores.
Por la reacción que tuvieron los interrogadores supo que hasta ese momento los militares ignoraban la existencia de ese vehículo. Se dio cuenta de que ya estaba en el baile, y ahora debía bailar. Tenía que dar la impresión de que ese dato —cierto pero inútil— podía ser la punta de una madeja más prometedora. El interrogatorio cambió de signo; ahora era ella quien lo manejaba. Alternadamente, fingía arrepentimiento por haber “cantado” diciéndoles que no continuaría colaborando, para luego simular otra vez debilidad y sumisión. Cuando la sesión de tortura terminó y la dejaron tirada en el suelo, Sara pensó rápidamente; debía darles una razón creíble que justificara su cambio de actitud, de lo contrario, podrían desconfiar. Recordó que una vez Gavazzo había comentado, sin saber que ella lo escuchaba, que no lograrían sacarle nada, y que hubiese sido mejor matarla en Buenos Aires. El capitán Silveira hablaba con él en otra habitación. Sara no podía entender lo que decían, pero le pareció que el tono de Gavazzo era de escepticismo. Se jugó la última carta, la que había preservado hasta entonces para no darles la posibilidad de que la usaran en su contra; decidió hacerles creer que daba información a cambio de su hijo. Cuando el capitán Silveira regresó, Sara completó su actuación preguntándole si en retribución le darían información sobre Simón. Hubo un corto silencio que a Sara le pareció eterno, y luego Silveira le contestó que si continuaba hablando probablemente lo hicieran.
A partir de entonces, y durante varios días, Sara comenzó a debatirse en una tormenta de contradicciones personales. Había expuesto su flanco más débil en una batalla que debía pelear minuto a minuto y en la que sus captores tenían todas las ventajas. Un flanco que, con excepción del día en que llegó a la casa de Punta Gorda, donde preguntó por primera vez por Simón, había logrado ocultar. Pero ahora era ella misma quien voluntariamente lo introducía como un elemento de negociación. Era una jugada racional, pero desesperada. Les proporcionaba un elemento que podían utilizar en su contra, pero agregaba realismo a la actuación. Necesitaba imperiosamente ganar tiempo. Calculaba que demorarían una semana en comprobar la información y descubrir que era un callejón sin salida. Según el cronograma que les habían anunciado, para ese entonces ya los deberían estar mostrando a la prensa y no podían exhibirlos demasiado maltrechos. Se trataba entonces de ganar unos días, días que fueron para Sara un verdadero suplicio; si averiguaban la verdad antes de lo previsto los militares reaccionarían redoblando el castigo.
Además de soportar esa incertidumbre Sara se desgastaba enormemente intentando controlar la presión psicológica que le exigía su papel de “haber aflojado”. Por momentos se preguntaba si realmente manipulaba la situación o si su peligroso juego de equilibrista sin red la había cambiado de verdad. Fueron esos, sin duda, algunos de sus días más angustiantes.
Sólo bajaría la guardia cuando, al cabo de unos diez días, se efectuó el operativo de Shangrilá.
Poco antes, Gavazzo propuso inesperadamente una variante al acuerdo inicial. La oferta consistía en que quienes aceptaran aparecer firmando solicitadas en el diario El País donde declararían que las denuncias sobre sus secuestros en Buenos Aires eran falsas, ya que se encontraban viviendo libremente en Montevideo, recibirían un trato preferencial. Y se abrió una lista de aspirantes a este otro acuerdo. No hubo posibilidad de discutir colectivamente una posición y, en definitiva, cada uno tomó su propia decisión. Varios se anotaron en la lista, y los militares seleccionaron a cinco de ellos; Raquel Nogueira Paullier, Raúl Altuna, Margarita Michelini, Eduardo Dean Bermúdez y Enrique Rodríguez Larreta (hijo). A cambio, estos prisioneros no pasarían por la justicia y se les aplicaría “sólo” uno o dos años de detención clandestina en el SID, aunque con un régimen de privilegio comparado con el de las cárceles formales; las parejas podrían permanecer juntas, recibirían comida “normal”, podrían ver a sus familiares bajo vigilancia en parques o lugares públicos, tener libros, estudiar y escribir a sus seres queridos.
Para mediados de octubre los preparativos de la fingida invasión estaban casi terminados. El personal militar que participaría había sido cuidadosamente seleccionado entre los incondicionales, particularmente los hombres y mujeres que representarían el papel de los “terroristas” que serían “apresados” en pensiones y hoteles céntricos. Algunos de ellos habían viajado desde Buenos Aires con documentos falsos para que esos nombres, los mismos que utilizarían en los hoteles, quedaran registrados en Migraciones. Varias mujeres militares que suplantarían a las secuestradas durante el operativo concurrieron al SID y hablaron un rato con las prisioneras, quienes entonces ignoraban cuál era el objeto de esas charlas banales. Un oficial del SID había alquilado un chalé en Shangrilá —un balneario a pocos kilómetros de Montevideo— bajo una falsa identidad. Allí serían “descubiertos” otros “terroristas”, Sara entre ellos. Para levantar sospechas entre los vecinos de que “algo raro” sucedía en esa casa, unos días antes del operativo militares de civil llevaron hasta el lugar a tres de los secuestrados, dos hombres y una mujer, quienes fueron obligados a sentarse durante un rato en un murito, bien a la vista, y luego debieron bajar unos bultos de un vehículo. Después, los prisioneros supieron que los propios militares habían efectuado otros movimientos similares con el mismo objetivo.
25 cje octubre de 1976. Esa mañana los cinco de Shangrilá —Asilú Maceiro, Elba Rama, Ana Inés Quadros, Sergio López Burgos y Sara— fueron despertados más temprano que habitualmente y conducidos a otra habitación. Al promediar la mañana se iniciaron los movimientos. Los cinco “terroristas” y tres militares vestidos de civil y armados con metralletas se distribuyeron en dos vehículos que salieron del SID rumbo al este. Se detuvieron primero en una feria y obligaron a Elba Rama a comprar lo necesario para una ensalada. Más adelante fue el turno de Sara: bajo la vigilancia de uno de los guardias entró en una carnicería y compró el asado que consumirían ese mediodía.
En Shangrilá los esperaba “301”, quien les describió el operativo detalladamente. No era muy complicado, simplemente hacer un asado en el parrillero ubicado a un costado de la casa y almorzar allí mismo, a la vista de los vecinos. A las cuatro de la tarde debían entrar y esperar a que llegara la tropa.
Les señaló que estarían permanentemente vigilados, y que cualquier intento de fuga sería castigado con la muerte. Por otra parte, la tropa que participaría en el operativo no estaba informada de sus características y lo creía real. Y sobre todo les recordó que el resto de sus compañeros había quedado en el SID, y que sus vidas dependían de la normalidad con que se desarrollara el plan. A continuación, y por enésima vez, “301” les repitió el discurso de la generosidad de las Fuerzas Armadas uruguayas que habían salvado sus vidas, etcétera, etcétera. Cuando terminó, miró a Sara y le dijo:
- “Parece que usted no está muy convencida”.
Todo se desarrolló como estaba previsto: los militares se hicieron cargo de la parrilla y el grupo permaneció fuera de la casa para que los vecinos pudiesen verlo. Hasta intercambiaron algún saludo y le pidieron fósforos al más cercano. Los prisioneros comieron casi en silencio; no confiaban en que sería simplemente un show, pero se daban cuenta de que no podían hacer otra cosa más que jugar el juego. En la sobremesa se generó una conversación que, vista de afuera, hubiese resultado absurda. El oficial a cargo era el capitán de Granaderos Ricardo Medina, amigo personal de Gavazzo, e inició la discusión negando que en Uruguay el ejército sometiera a torturas a sus prisioneros. Algunos de los detenidos le contestaron. Sara no quiso participar en la charla. Sabía que serían los últimos momentos de relativa libertad que tendría en mucho tiempo. Se retiró a la sombra de unos árboles e intentó disfrutarla como si fuese la última vez. Desde allí vio que en el frente de la casa, siguiendo una costumbre de muchos balnearios uruguayos, había un coqueto cartel con el nombre que los propietarios le habían dado al chalé: “Susy”. Cuando faltaban pocos minutos para las cinco de la tarde recibieron la orden de entrar en la casa. Se sentaron donde se les indicó y esperaron. En un momento de distracción de los guardias Sara pudo revisar una caja de cartón que estaba a su lado, y descubrió material de su organización que ella misma había trasladado en Buenos Aires desde un local evacuado hasta la casa donde vivía la familia Julien. Que ese material estuviese en posesión de los militares le confirmó que los Julien también habían caído.
De pronto la calle se convirtió en un infierno; primero llegaron los automóviles con las sirenas abiertas, detrás los camiones y las camionetas. Los soldados saltaban a tierra y tomaban posiciones parapetándose tras los árboles, apuntando sus armas hacia el chalé. Un comando de seis hombres se desplegó cautelosamente cubriendo todas las salidas de la casa. El que parecía dar las órdenes llegó hasta la puerta de entrada; con un rápido movimiento la abrió de una patada y se lanzó al interior metralleta en mano. La puerta se cerró.
Adentro, los prisioneros vieron saltar la cerradura de la puerta y al capitán Pedro Matto que entraba apuntando con su metralleta. El militar cerró la puerta con violencia, se recostó en ella, bajó el arma y estalló en carcajadas. “Esto es una payasada, pero es divertidísimo”, dijo. Se plantó en el centro de la habitación, miró a sus compañeros sonriendo y exclamó: “Bueno, ahora a robar lo que sea posible, como siempre. Si no, ¿quién va a creer que esto fue un allanamiento en serio?”. Matto parecía tener más vocación de cowboy que de militar.
Una hora después, ocho “terroristas” (los cinco secuestrados más los tres militares que fingían ser prisioneros) esposados y encapuchados fueron conducidos a varios vehículos militares bajo la mirada curiosa de los vecinos que, esta vez, pudieron seguir el espectacular procedimiento de cerca, desde más cerca que nunca. Se formó un largo cortejo de automóviles, camionetas y camiones militares que atravesó la ciudad lentamente. El capitán Medina viajaba en el mismo automóvil que Sara. Estaba muy excitado; se había levantado ostensiblemente la venda y relataba todo lo que veía a los otros prisioneros. Hasta que por la radio del vehículo una voz enérgica le ordenó que se colocara correctamente la venda porque “se nota que estás jodiendo”. El caprichoso itinerario incluyó las inmediaciones del Estadio Centenario. Casi a paso de hombre el impresionante convoy se abrió camino a pura sirena a través de los 60 mil espectadores que acababan de presenciar un partido clásico entre Peñarol y Nacional y que regresaban a sus hogares.
Poco después, a la hora de mayor movimiento en el centro de la ciudad, los militares desencadenaron la segunda fase del plan allanando varios hoteles y pensiones provocando una enorme conmoción pública. La gente se arracimaba muy cerca de los escenarios elegidos para practicar una decena de falsos arrestos. Los “detenidos” eran en realidad los funcionarios militares o paramilitares previamente seleccionados y que en la mañana se habían hospedado en esos lugares bajo identidades falsas. El inusitado despliegue militar sacudió a la ciudad entera.
Terminado el circo los cinco “terroristas” regresaron a ocupar sus colchones en el SID. Fueron recibidos con alivio por sus compañeros quienes, hasta ese momento, habían desconfiado de que el supuesto operativo no fuese en realidad un simple engaño para asesinarlos. La tensión acumulada durante el día fue cediendo lentamente. Los recién llegados relataron lo sucedido y los que se habían quedado bromeaban, lamentándose por no haber podido disfrutar del asado. Pero no todo era regocijo. Había también subyacente en la conciencia de los prisioneros un sentimiento contradictorio: estaban salvando el pellejo, pero al precio de aceptar las condiciones del enemigo; se habían “portado bien”, habían cumplido con su parte y hasta habían tomado vino en la misma mesa que sus secuestradores. Y por eso esa noche les permitieron hablar y moverse más que de costumbre. Algunos se preguntaban si realmente no había otra posibilidad.
Al día siguiente, el comando de las Fuerzas Conjuntas emitió un comunicado informando la detención de 62 “terroristas» que habían ingresado clandestinamente al país con la finalidad de llevar a cabo un “plan subversivo”. El comunicado, sin embargo, sólo incluía 17 nombres. Pero 62 eran las desapariciones de uruguayos denunciadas hasta ese momento por las organizaciones en el exterior. Antes de que se difundiera algunos oficiales del SID conocieron el texto. El capitán Matto lo comentó en voz alta en el comedor de oficiales: “Esto no se lo creen ni los niños de pecho”, dijo, cosechando algunas risas de su auditorio. Más de una vez el capitán se había burlado del mayor Gavazzo, inclusive delante de los presos; lo consideraba un cobarde que había acumulado poder desde un escritorio mientras que él se veía como un “verdadero soldado”, tallado en la acción.
Para los militares uruguayos no todo estaba completamente perdido, pero corrían una carrera contra el tiempo. Si bien el Senado estadounidense ya había aprobado la enmienda Koch, la lista de países a los que se les suspendería la ayuda militar todavía no había sido definitivamente aprobada. Los militares luchaban desesperadamente por quedar fuera de la nómina; para eso debían demostrar que estaban siendo atacados por una poderosa fuerza terrorista con capacidad operativa suficiente como para amenazar al régimen, y al mismo tiempo que la campana internacional que acusaba a la dictadura de violar los derechos humanos era falsa.
Los diarios capitalinos se hicieron eco —algunos con verdadero fervor— de las “revelaciones” difundidas por los militares. Los títulos de las ediciones del 28 de octubre de 1976 de los oficialistas El País La Mañana y El Diario decían: “Caen 62 sediciosos” (ocho columnas, primera página); “Duro golpe contra nuevo brote subversivo” (ocho columnas, primera página); “Shangrilá: desbaratan base y les incautan armamento” (seis columnas, primera página); “Los terroristas se entrenaron en Buenos Aires para actuar en Uruguay” (ocho columnas, páginas interiores). En los días siguientes, estos tres cotidianos ofrecieron abundante “información” sobre el episodio. Entre las más “creativas” figuró la de un apocalíptico “Día D” en el que se efectuarían varios atentados espectaculares como, por ejemplo, el hundimiento de un buque petrolero en el puerto de Montevideo, diversos asesinatos de militares, civiles y diplomáticos, así como el de algunas personalidades de la colectividad judía. Se les acusó también del homicidio de cuatro policías en Buenos Aires.
En el SID, mientras tanto, el trato a los prisioneros tuvo algunas variantes positivas. El cambio que más apreciaron fue poder salir media hora por día a un patio. Los militares los obligaban a pararse contra un muro, al sol, para que sus caras exhibieran un color normal en vez de la palidez que denunciaba el prolongado encierro. Los detenidos disfrutaban doblemente el momento: por el sol y el aire, claro, pero también porque desde los edificios aledaños, y cuando estaban seguros de no ser vistos por los guardias, varios vecinos se asomaban para gritarles su aliento con el lenguaje de los silenciados: las señas y los gestos.
Las organizaciones de defensa de los derechos humanos lanzaban en el exterior una intensa campaña denunciando la patraña urdida por los militares y reclamando la liberación de los prisioneros clandestinamente repatriados. El caso de Sara y Simón comenzaba a ser difundido internacionalmente.

Noviembre de 1976. Una semana después del “arresto”, el show se completaba con una conferencia de prensa montada para los corresponsales extranjeros y, principalmente, para las agencias de noticias de Estados Unidos. Un enjambre de periodistas había sido atraído con la promesa de que les serían exhibidos los “peligrosos terroristas” detenidos. Así que los cinco de Shangrilá fueron otra vez llevados hasta el balneario en un furgón militar que se estacionó a cien metros del lugar. Dentro del furgón, custodiando a los presos, estaba el todavía soldado Julio César Barboza; vichaba por una mirilla y les iba relatando con lujo de detalles todo lo que sucedía.
En determinado momento exclamó: ¡Esto es increíble! Parece una película. Algún día ustedes van a ser famosos”.
Pocos minutos después del furgón llegó un ómnibus con los periodistas extranjeros. El mayor Gavazzo era el maestro de ceremonias. Todo había sido meticulosamente preparado. En el jardín y el fondo de la casa se habían cavado varios pozos; los pisos del chalé aparecían levantados, las paredes con grandes boquetes y los placares completamente desmontados. En la sala, sobre una mesa, se había desplegado un verdadero arsenal. Gavazzo mostró a los asombrados periodistas dónde habían encontrado cada una de las armas describiendo los sofisticados dispositivos que los “terroristas” habían utilizado para ocultarlas. Enumeró las habilidades destructivas del comando que había sido arrestado en la casa; explicó el duro entrenamiento militar que habían recibido en Cuba y Argentina y destacó la férrea disciplina a la que estaban habituados. Finalmente relató paso a paso el plan subversivo de invasión del que este grupo era apenas una cabeza de puente, aunque no se podía descartar que otras células estuviesen preparándose para suplantar a la descubierta o, incluso, que ya hubiesen ingresado al país y sólo aguardaban el momento propicio para entrar en acción.
El remate de la puesta en escena intentó ser verdaderamente teatral. Los detenidos fueron conducidos desde el furgón hasta la casa en fila india, esposados y con prohibición de levantar la vista. Entraron por la puerta delantera, desfilaron lentamente ante los periodistas y las autoridades militares, y sin detenerse salieron por la puerta trasera. De ahí, de vuelta al furgón y al SID, Sara comprendió que no habría más repatriados desde Buenos Aires, que todos sus compañeros de Orletti y los que habían sido secuestrados en esas semanas de setiembre y octubre habían sido asesinados y que el show en el que ellos estaban participando desmentía las denuncias de esos crímenes. Esa noche lloró por segunda vez.
Washington. El 2 de noviembre el demócrata James Carter ganó las elecciones derrotando al republicano Gerald Ford. Después de Chile, Uruguay fue el segundo país latinoamericano al que le fue suspendida la ayuda militar estadounidense. El Consejo de Asuntos Hemisféricos (organización no gubernamental de Estados Unidos) solicit.o al presidente electo la sustitución del entonces embajador en Uruguay, Ernest Siracusa, a quien acusaba de ser “un abogado del régimen uruguayo en vez de un representante de los mejores intereses de Estados Unidos”. Siracusa sería “renunciado” de su cargo en abril de 1977 y sustituido por Lawrence Pezzullo.
Entre 1946 y 1970 Uruguay recibió un promedio anual de 1.900.000 dólares a título de ayuda militar. A partir de 1971 y hasta 1975 ese promedio aumentó a 5.600.000 dólares. Un incremento mayor había experimentado el rubro compra de material militar —estadounidense en general en condiciones “muy generosas” —, que desde 1950 hasta 1969 había totalizado 2.800.000 dólares, y sólo entre 1970 y 1972 acumuló 7.600.000 dólares. Para 1977 el gobierno uruguayo preveía solicitar
7.500.000 dólares como ayuda militar.
 La novedad tuvo el efecto de una bomba entre los militares uruguayos. Muchos proyectos se venían al piso, y la operación con los “repatriados” adquiría proporciones de absoluto desastre. Los nombres de los detenidos ya habían sido divulgados y no era posible volver atrás. Lo mejor —pensaron— sería acelerar al máximo los trámites judiciales y que no se hablara más del asunto. El balance resultaba completamente negativo, porque a la inutilidad política de la operación se sumaba la desconfianza interna y externa que habían despertado los comunicados oficiales, torpemente concebidos y peor ejecutados. Las normas de seguridad estaban agujereadas como un gruyre: los sobrevivientes eran ahora potenciales testigos que poseían elementos sobre las operaciones en Buenos Aires, las desapariciones, los asesinatos, las torturas, la repatriación clandestina y el fraude de la invasión. Conocían nombres, caras y probablemente lugares; una información que, seguramente, algún día intentarían utilizar en contra de las Fuerzas Armadas. Sería imposible borrar todas las huellas, pero era necesario confundir las pistas.
El plan había fracasado y lo mejor era no volver a menear el asunto. Los “repatriados” que no habían aceptado firmar las solicitadas públicas fueron conducidos a un tribunal militar donde, inexplicablemente, tuvieron que cumplir con la absurda formalidad de firmar allí un acta de detención que venía elaborada desde el SID. Algún funcionario despistado les dio a elegir entre abogados de oficio civiles o militares. Todos eligieron civiles, hasta que Gavazzo se enteró de la torpeza y los obligó a renunciar en favor de abogados militares. A Sara le tocó el teniente coronel Rodríguez, a quien no vería una sola vez durante el “proceso judicial” ni respondería a ninguna de las solicitudes de entrevista que ella planteara en Punta de Rieles. La publicación de las “confesiones” de los cinco detenidos que habían aceptado el segundo acuerdo quedó descartada, aunque los militares aseguraron que las condiciones pactadas se mantendrían y por lo tanto ellos no comparecieron ante el juzgado castrense.
Faltaban pocos días para que se produjeran los traslados a las respectivas prisiones. No se lo habían anunciado formalmente, pero era evidente que Enrique Rodríguez Larreta (padre) sería liberado. El manifestó a sus compañeros de reclusión que tenía la intención de viajar al exterior para denunciar lo que sabía. Durante esa semana todos pasaron largas horas jugando a las cartas con don Enrique, mientras aprovechaban para contarle detalladamente el caso de cada uno, cómo y cuándo habían sido detenidos, a quiénes hablan reconocido, direcciones y teléfonos de sus familiares y los mensajes que debía hacerles llegar. Además de la información, Rodríguez Larreta recabó la autorización expresa de los detenidos para divulgar sus respectivos casos, ya que una denuncia de ese tipo podía tener consecuencias graves para quienes permanecerían prisioneros. No sólo todos manifestaron su total consentimiento, sino también su aliento para que llevara a cabo la tarea. Rodríguez Larreta cumplió con creces todos los encargos domésticos, se marchó al exilio y no cesó de recorrer desde los más pequeños actos en defensa de los derechos humanos hasta las más importantes tribunas mundiales denunciando lo que había padecido y presenciado sin olvidar absolutamente nada, y hasta agregando elementos fruto de su investigación posterior.
La detención había pasado a ser oficial, y los militares comenzaron a aplicar los procedimientos de rutina; “306”, el capitán Martínez, fue el encargado de recabar las direcciones de los familiares de los presos adonde se iría a buscar ropas y abrigo para cada uno. Sara no desperdició la oportunidad y le pidió un favor: que preguntara allí por su hijo, Simón. De regreso, Martínez le informó, entre sorprendido y preocupado, que Simón no estaba allí y que su familia nada sabía de él. El capitán adelantó una explicación: tal vez sus parientes habían tenido que ingresar al niño clandestinamente, y en ese caso nada le dirían a un militar. Sara pensó que la explicación era atendible, porque en el fondo de su alma nunca había abandonado la esperanza de que Mauricio hubiese podido rescatar a Simón y. quizás, haberlo hecho llegar a su familia.
Luego decidió que hasta no tener un contacto directo con ellos no debía aceptar esa versión como definitiva. Poco después de la conversación con el capitán Martínez Sara fue convocada por el mayor Gavazzo. La entrevista tuvo un carácter formal. Era una habitación amplia, amueblada con austeridad castrense. Gavazzo estaba sentado detrás de un sólido escritorio de cedro; en la pared, una clásica imagen de Artigas. Junto a la ventana, de pie, había otro militar a quien Gavazzo no se molesté en presentar, era “301”. Gavazzo dijo haber sido informado por Martínez sobre la situación. Usaba un tono protocolar y parecía contrariado. El caso de Sara resultaba una piedra más en su zapato, y quizás la más grande. Le pidió nuevamente todos los datos sobre el secuestro, la edad y apariencia del niño, etcétera. Sara lo interpretó como una tomadura de pelo y contestó a regañadientes.
Era obvio que Gavazzo quería terminar cuanto antes con aquella conversación que le resultaba irritante, pero intentó tranquilizar a Sara. Le dijo que irían a buscar a Simón, que no tenía expectativas de que estuviese en Montevideo con sus abuelos, sino que seguramente aún estaba en Buenos Aires. Señaló a “301” y dijo: “El oficial será el encargado de traerlo”. La actitud de Gavazzo estaba completamente fuera de contexto y resultó sorprendente para Sara; literalmente estaba dándole una orden a un superior delante de un detenido. Todos sabían que “301” tenía un grado mayor por la simple correlación de los números que usaban como alias: Gavazzo era el “301”, aunque él siempre prefirió que los prisioneros conocieran su identidad. La superioridad de “301 “ era también evidente por los agitados preparativos que efectuaba la tropa ante la inminencia de su llegada, cosa que no sucedía con otros oficiales. Después de señalar a “301”, quien se mantuvo en silencio durante toda la entrevista, Gavazzo le aclaró a Sara que en la cárcel de Punta de Rieles, adonde sería trasladada, nadie conocería su situación de exsecuestrada y le advirtió que no debía hacer ningún comentario sobre ese hecho. Le prometió que en una semana recibiría noticias de Simón, pero que si su inquietud se hacía insostenible pidiera una entrevista exclusivamente con él. Dicho lo cual, Gavazzo consideró que la audiencia había terminado; se puso de pie y llamó al guardia para que se llevara a la prisionera.
Al día siguiente Gavazzo y “301” concurrieron a la “despedida”. Cuando todas las mujeres que serían llevadas a Punta de Rieles estaban reunidas en una habitación y alineadas en la formación habitual antes de los traslados, Gavazzo les hizo un pequeño discurso con los lugares comunes que ya conocían casi de memoria, pero al final de su alocución dijo algo sorprendente: insistió delante de todas ellas sobre el caso de Simón, y se repitió la misma escena del día anterior, sólo que ahora con muchos testigos. Gavazzo reiteró que pronto Sara tendría noticias de su hijo, y volviendo a señalar a “301” lo responsabilizó personalmente de hacer las gestiones pertinentes en Buenos Aires. Pocos minutos después abandonaron el SID definitivamente.
Pasarían varios años antes de que Sara pudiera reunir elementos suficientes para comprender aquella responsabilización personalizada que Gavazzo lanzara contra “301”.
Según el pacto al que habían llegado, Enrique Rodríguez Larreta (hijo) y su compañera Raquel Nogueira, Raul Altuna y su companera Margarita Michelini, y Eduardo Dean Bermúdez permanecieron en el SID para cumplir dos años de reclusión en un régimen más laxo que el de las prisiones corrientes. El acuerdo finalmente no se cumpliría; después de algunas semanas
todos pasaron por el juzgado militar y fueron enviados a las mismas
cárceles que el resto de sus compañeros.
Elizabeth Pérez Luz y Enrique Rodríguez Larreta (padre) fueron liberados.

domingo, 4 de marzo de 2012

PUNTA DE RIELES

PUNTA DE RIELES


Diciembre de ¡976. Había sido un seminario religioso, pero el gobierno policial de Jorge Pacheco Areco en proceso hacia la dictadura necesitaba
prisiones y ya lo había habilitado para esa función a principio de 1971. Los militares sólo tuvieron que ampliar y ordenar. En los suburbios de Montevideo La construcción de dos pisos donde estaban los celdarios albergaba a unas 200 presas políticas. y otro tanto estaba ubicado en las llamadas
“barracas” — edificaciones precarias, separadas de la planta principal y donde el régimen era algo más laxo —. Observado desde el exterior Punta de Rieles no parecía una prisión; era un edificio relativamente moderno, de líneas agradables y hasta coquetas, de ladrillo visto y tejas.
En el celdario las prisioneras estaban clasificadas en cuatro sectores rojo, amarillo, azul y negro. Cada una llevaba cosido en su uniforme —
pantalón gris, camisola del mismo tono abotonada hasta el cuello— un bolsillo con el color de su sector. El rojo era el de las “peligrosas”. En la parte
derecha del pecho y en la espalda estaba inscrito el número de cada presa. Nadie era un nombre, sólo un color y una cifra. Sara era el “349 rojo”.
El edificio principal tenía dos pisos en forma de V. En cada una de sus alas había dos hileras de celdas separadas por un corredor, en cuya parte central
estaban los baños, limpios pero insuficientes para la población carcelaria. En el vértice, donde se unían las dos alas, se hallaban las escaleras de acceso
protegidas por una gran reja. Detrás había una mesa donde se apostaba la guardia interna. A fines de 1976, cuando Sara llegó al Penal, los calabozos
estaban también en ese vértice. Luego fueron emplazados fuera del edificio. Las antiguas aulas habían sido convertidas en celdas de diversos tamaños donde convivían entre ocho y 14 mujeres. Dormían en cuchetas; las ventanas enrejadas sólo podían abrirse con autorización de la guardia; los vidrios estaban pintados de un blanco espeso que les impedía ver el exterior pero dejaba entrar la luz natural. Los pisos de parquet, de buena calidad, eran encerados con frecuencia por las propias prisioneras. La puerta de las celdas era una reja; las camas y unos lockers para guardar objetos personales eran todo el mobiliario. Las cuchetas eran el único espacio individual disponible para leer, escribir o cualquier otra actividad.
La planta física era de una calidad muy superior a la de otras prisiones. Los militares le llamaban con sorna “El internado de señoritas”. Y desde el punto de vista de las instalaciones no estaban muy lejos de la verdad. Pero en todo lo demás era una cárcel dura, cuyo sistema de funcionamiento interno y de relaciones entre carceleros y prisioneras era sofisticadamente destructivo, aunque eso no se percibiera a simple vista. Igual que en las cárceles masculinas, aquí las reglamentaciones cambiaban arbitrariamente: durante un período ingresaban libros o revistas, con excepción de cualquier publicación que aludiera a la realidad contemporánea externa; de pronto, sin razón aparente, se prohibían esos materiales durante meses. El sistema de represión contra los presos elaborado por la dictadura uruguaya reposaba fundamentalmente en un concepto: nada era realmente previsible, la lógica no existía. Se intentaba mantener al preso en la incertidumbre sobre el futuro inmediato, demostrándole que el poder estaba de un solo lado y que la única actitud posible era el sojuzgamiento total frente al enemigo. No disponían de aparatos de radio o cualquier otro medio de comunicación con el exterior. Podían hacer trabajos manuales pero tenían absolutamente prohibido representar palomas o caballos, usar ropas de color rojo y cantar en coro. Podían escribir y recibir una carta de dos carillas cada 15 días, cartas que, por supuesto, pasaban previamente por la censura de la prisión que se reservaba el derecho de retenerlas. Las misivas de las presas no podían contener ninguna alusión a la vida interna de la cárcel y las que escribían las familias ninguna información ajena a su propio ámbito. Las visitas eran cada 15 días en un recinto especialmente acondicionado. Cuando Sara llegó al Penal visitante y visitado estaban separados por un muro de más de un metro de alto y medio de ancho; desde el muro y hasta el techo, con unos 30 centímetros de separación, una doble malla de alambre grueso y rígido que permitía verse y escucharse, pero no tocarse. Una guardia femenina permanecía durante toda la visita junto a la prisionera. Poco después la malla de alambre fue sustituida por un grueso vidrio y para comunicarse había que usar un teléfono. Las conversaciones eran escuchadas por la guardia que las podía interrumpir en cualquier momento. Hablar de temas prohibidos acarreaba sanciones para la prisionera y suspensión de la visita para el familiar. Las detenidas con hijos menores de 12 años podían tener contacto físico con ellos; las otras tenían que conformarse con el teléfono y la caricia en el vidrio. Cuando bajó del vehículo militar, a escasos metros de la puerta de la cárcel de Punta de Rieles, Sara sintió que por fin terminaba una etapa durante la cual su vida había estado en peligro permanente. Era el fin de aquella relación de excesiva proximidad con el enemigo y el principio de otra en la que los campos estarían más claramente delimitados. Como muchos militantes, se había preparado mentalmente para enfrentar las consecuencias de su lucha; sabía desde hacía tiempo que podía tocarle la muerte, la tortura y la prisión, lo que no impidió que delante de la puerta de la cárcel sintiera temor por ese mundo nuevo, cerrado, que se abría allí, diez pasos más adelante. Mientras ingresaba a la prisión donde pasaría mas de cuatro años Sara recordó la voz de Duarte, gritando en Orletti: “A resistir, compañeros, que aquí nos graduamos de revolucionarios”. La llegada del grupo “repatriado” causó conmoción entre las detenidas en el Penal de Punta de Rieles. El hecho de que el propio Gavazzo, el personaje más conocido y temido en ese período, hubiese encabezado el cortejo levantó una enorme curiosidad. Era una situación completamente anómala. Todas las prisioneras llegaban a Punta de Rieles desde los cuarteles donde habían sido interrogadas y torturadas; venían con una custodia femenina y jamás acompañadas por los propios torturadores. Las que ingresaban traían noticias de las que aún permanecían o recién habían llegado a los cuarteles, de forma que existía una suerte de cadena de información mediante la cual se sabía quiénes podían arribar al Penal. Era muy extraño que ninguna de estas “nuevas” hubiese sido vista antes. La presencia de Gavazzo comandando ese traslado contenía, además, un mensaje muy claro: “Nadie escapa a mi persecución. Estos tampoco, y aquí los traigo personalmente a la cárcel”. ¿De qué se trata? ¿Qué caso es éste?, se preguntaban. La expectativa se incrementó y duró varios días, alimentada inconscientemente por las recién llegadas, quienes previamente habían decidido mantener la boca cerrada hasta estar seguras de saber exactamente dónde estaban paradas, y también por las prisioneras “locatarias”, quienes antes de establecer vínculos de confianza quisieron saber con quién estarían hablando. El hielo, sin embargo, no demoró en romperse. Sara intentaba encontrar nuevas bases para su equilibrio emocional, bases adaptadas a las circunstancias. Quería aprender, encontrar su forma de bancar la prisión. Le costaba mucho dormirse y tenía un sueño muy ligero. Llevaba pocos días en la cárcel cuando pasó una de las peores noches de su vida. Los calabozos, que todavía estaban en el mismo piso que las celdas, no sólo eran un lugar de castigo: antes de entrar o salir del Penal se hacía un pasaje obligatorio por ellos. Cada ida y vuelta a los juzgados militares o a los hospitales externos implicaba otras tantas calaboceadas que casi siempre duraban uno o dos días. Era como una suerte de cuarentena del rigor, donde las que volvían debían “limpiarse” de toda contaminación del mundo exterior y las que salían tenían tiempo de empezar a desear no volver a asomar la nariz. Esa noche ocupaba uno de los calabozos una presa que regresaba del Hospital Militar, donde había parido a un hijo engendrado en libertad. Allí estaban los dos, ella y el bebé, en el calabozo. Esa noche el niño lloró durante horas, y el llanto invadía el celdario, rebotaba en las paredes de ladrillo y se amplificaba en los techos de las celdas. Sara no podía dejar de pensar que ese llanto era el de su hijo, Simón, que desde algún lugar le hacía saber que la necesitaba.
Al día siguiente de cumplir una semana en Punta de Rieles Sara pidió una entrevista con el mayor Gavazzo. Cuando recibió su solicitud, el director de! Penal la hizo conducir a su despacho: quería conocer la razón de su reclamo. Ella no reveló el motivo y se limito a responder que se trataba de un acuerdo personal entre ambos. Esa y ninguna de las posteriores solicitudes que hiciera para entrevistarse con Gavazzo tuvieron respuesta. El mayor nunca mas dio la cara. Sara y el resto de las presas de su grupo fueron rápidamente integradas a la vida colectiva que, en Punta de Rieles, era muy rica. También se sumaron a las diversas tareas que debían efectuar las prisioneras. El día empezaba a las seis de la mañana. La primera obligación era formar fila ante las guardias, numerarse y asistir al izamiento del pabellón nacional. Luego cada una se ocupaba en el trabajo que le tocara. Fundamentalmente eran la cocina, la fajina o la quinta.
El trabajo en la cocina era el más agotador — se producía para la población carcelaria, pero también para la tropa — y peligroso, ya que se manipulaban objetos muy pesados cerca de enormes hornallas; requería comenzar muy temprano, inmediatamente después del desayuno de leche y pan que era traído por la tropa hasta el celdario en grandes tachos. Las prisioneras, al igual que para el almuerzo y la cena, armaban largas mesas de tablones sobre caballetes en el corredor del celdario que eran desmontadas al fin de la refacción. En la cocina había que pelar bolsas y bolsas de papas y boniatos para llenar unas ollas tan grandes que Sara entraba de pie en ellas y apenas se le veía el copete. Esos tubérculos, carne, pastas y guisados con pirón eran la base de la alimentación que recibían. Raramente aparecían verduras. Otra parte del trabajo en la cocina era el aseo de los utensilios que se efectuaba en un patio exterior, y la limpieza de la carnicería donde los soldados trozaban las medias reses. Después del almuerzo había un breve y muy necesario descanso. A las tres de la tarde el equipo regresaba a la cocina para preparar la cena y recomenzaba el mismo ciclo que a mediodía. Era la tarea más dura: nadie la hacía más de 15 días corridos, y la permanencia de alguna prisionera en esa labor por un plazo más largo era una forma de castigo o persecución que utilizaba la institución. En algunos sectores las detenidas podían administrar ellas mismas quiénes realizaban las tareas externas, y en esos casos se practicaba una rotación permanente teniendo en cuenta las situaciones personales, físicas o anímicas.
En la fajina había que atender varias cosas: limpieza de los corredores, de los baños, de los utensilios que se usaban para comer; las fajineras ponían la mesa, preparaban y distribuían la merienda y se ocupaban de mantener agua caliente constantemente a disposición para las sempiternas rondas de mate.
El trabajo en la quinta consistía casi siempre en dar vuelta tierra. Pocas veces el terreno labrado era posteriormente sembrado, por lo que a menudo se daba vuelta la misma tierra dos, tres, infinitas veces sin objetivo aparente. Cuando se llegó a sembrar y cuidar algunos canteros, los frutos no se consumieron en el Penal, sino que fueron llevados por algunos oficiales con destino desconocido. Mucho antes de que llegara el grupo de “repatriadas” las presas habían discutido las características alienantes de hacer un trabajo inútil, y habían decidido obedecer pero a desgano. Por otra parte, esa opción era coherente con la actitud general de resistencia pasiva frente al sistema carcelario y al enemigo siempre que se podía se hacía lo que estaba prohibido; todo lo que no fuera trabajo que de alguna forma beneficiara a la población reclusa era terreno de lucha. Sara salió a la quinta cada vez que tuvo oportunidad. Cualquier ocasión de abandonar aquellas paredes —aunque fuese transitoriamente—, de respirar aire libre, le parecía buena. El contacto con la tierra le resultaba enormemente satisfactorio, y le costaba mucho contener el deseo de prodigarse a fondo con la azada, pero debía hacerlo. Obtuvo momentos de indescriptible placer observando nacer y crecer una insignificante hierba, espiando los aparentemente caprichosos traslados de un bichito. Mucho tiempo después de salir de la prisión, Sara y otras ex presas harían una revisión crítica de la actitud que asumieron en aquel momento, fruto quizás de un cierto esquematismo que les impidió comprender que esa tarea podía haber sido efectuada de forma tal que procurara satisfacción para las prisioneras, independientemente de los objetivos de sus carceleros. En prisión, cualquier gratificación resulta vital para el equilibrio individual. Quizás en aquel contexto el trabajo a desgano se justificaba, aunque seguramente hizo falta imaginación para buscar otras formas de resistencia que implicaran menores costos para las detenidas.
La participación en estas labores obligatorias era administrada en general por los militares. Eran ellos quienes decidían quién hacía qué y cuándo. El único que podía eximir del trabajo total o parcialmente era el médico del Penal, si encontraba razones de salud que lo justificaran.
La tensión entre prisioneras y guardianes era constante, y una de las formas más eficaces de enfrentarla era desarrollar una solidaridad sin cortapisas entre compañeras. Sara iría conociendo los pequeños gestos aparentemente intrascendentes que conformaban el lenguaje del afecto, del compañerismo; un lenguaje que quedaba fuera del alcance de los carceleros y de su represión. Era una preocupación constante y unánime, por ejemplo, lograr comunicación con las castigadas. Mientras los calabozos estuvieron en la misma planta que los celdarios los mensajes —evidentes o cifrados— eran permanentes. A veces se hablaba en voz exageradamente alta para que las conversaciones llegaran hasta las sancionadas, una forma de hacerlas participar en la vida cotidiana y romper el aislamiento. Otras veces, aunque estaba absolutamente prohibido, se silbaban las canciones preferidas de las prisioneras castigadas, hasta que llegaba la orden de callarse. Las fajineras intentaban acercarse lo más posible a los calabozos esperando la oportunidad propicia de dar o recibir mensajes” o simplemente de intercambiar saludos e infundir coraje.
Pero a poco de ingresar Sara en Punta de Rieles los militares levantaron una edificación especial para los calabozos junto a la planta principal de la cárcel. Fue cuando se traslado a la mayor parte de las presas que estaban diseminadas en los cuarteles del Interior. Ellas fueron quienes inauguraron las instalaciones, durante el consabido rito de las calaboceadas sistemáticas a quienes salían o ingresaban al Penal. Venían de vivir en condiciones mucho más duras, y estos calabozos con baño y duchas les resultaron muy soportables.
Era una construcción de unos 200 metros cuadrados, con techo de tejas, a dos aguas, paredes blancas; lo único que lo diferenciaba exteriormente de un clásico chalé era la ausencia de ventanas, sustituidas por banderolas altas, casi pegadas al techo. Los guardias le llamaban “La casita de muñecas”. En el interior había calabozos cuyas puertas no se enfrentaban y un corredor central. Las puertas de los calabozos eran de hierro y tenían una mirilla por donde pasaba la comida. Una parte del dispositivo era de vidrio, casi totalmente pintado de blanco. Por el intersticio transparente los guardias vigilaban a las prisioneras durante sus rondas periódicas... y también era por donde se comunicaban ellas cuando podían, utilizando el abecedario manual que toda presa debía conocer y practicar con destreza de prestidigitador. Pero la lucha era constante, y a medida que las vías de comunicación eran detectadas y suprimidas, las prisioneras debían ir aguzando el ingenio para encontrar nuevas.
Cuando una reclusa era sancionada, el castigo comenzaba de inmediato y era conducida al calabozo con lo que tenía puesto. Más tarde le llegaba un bolso con su ropa de cama, sus utensilios de higiene personal y alguna vestimenta. El bolso lo armaban las compañeras de celda de la castigada, que aprovechaban la ocasión para enviarle las mejores prendas de cada una como expresión de apoyo, y para contrabandear todo tipo de “objetos útiles” como hilos de colores en los dobladillos de los pantalones, agujas en los cuellos de las blusas; había especialistas en coser botones con diez veces más hilo que el necesario. Al principio el colchón, la ropa de cama y los objetos de higiene personal quedaban en el calabozo; no sólo eran todo el mobiliario del lugar, sino que resultaban elementos vitales para la estrategia de supervivencia de las reclusas aisladas. Mientras se permitió tener una servilleta de tela, se la podía ir deshilachando poco a poco y se tejían pulseras o simplemente trozos de diseños sin otra utilidad que la mera ocupación. A menudo se invertía el mismo tiempo en hacer algo que en deshacerlo, para volver a empezar con los mismos materiales pero en otras combinaciones. Esta posibilidad duró poco, pero mientras existió las compañeras de celda de la sancionada buscaban incluir en su bolso la servilleta con más cantidad de colores que tenían a mano. Primero retiraron el colchón, las sábanas y frazadas, con el pretexto de que algunas sancionadas no cumplían con la obligación de tenerlo plegado durante el día; lo devolvían sólo en la noche. Más tarde quitaron también el bolsito con los elementos de higiene, que quedaba en el baño, colgado.en una percha para cada reclusa, de modo que el calabozo llegó a ser una habitación completamente vacía.
El objetivo principal de esas restricciones fue extremar las condiciones del aislamiento eliminando todas las posibilidades de que las castigadas hallaran formas de ocuparse. Pero la lucha era, además de desigual, casi siempre inútil. Todo estaba prohibido, así que había que mantenerse alerta constantemente para evitar ser descubierta por la guardia. A veces se lograba escatimar a la vigilancia algún trozo de miga de pan, o robar un pedazo de jabón del baño, y con eso se tallaban y modelaban figuras, objetos.
Si bien una estadía de una semana en el calabozo era considerada una prueba extenuante para la salud psíquica, la mayor parte de las prisioneras encontraba siempre qué hacer. Era cuestión de aguzar el ingenio y trazarse un plan del día. Cada una se hacía el suyo, pero casi todas usaban algunos métodos comunes: la gimnasia, practicada con lentitud para que durara más; repasar mentalmente los últimos estudios hechos en el celdario sobre materias tales como historia, geografía o matemática; algunas iban “escribiendo” un libro durante sus calaboceadas, de forma que a cada nuevo castigo retomaban mentalmente el hilo de la trama donde lo habían dejado en la sanción anterior. Las actividades manuales ocupaban un lugar muy importante, no sólo porque muchas de ellas permitían trabajar al mismo tiempo con la cabeza, sino que también requería mucho ingenio encontrar qué hacer con tan pocos elementos. En la época en que el régimen del calabozo aún era ‘laxo”, Sara fabricó con miga de pan una enorme variedad de cosas, hasta una suerte de scrabble y un juego completo de ajedrez. Un día logró llevarse la pasta de dientes al calabozo y la usó para pintar esos objetos y un tablero en el colchón.
Había una hora establecida para comunicarse con los otros calabozos, que coincidía con el momento en que habitualmente la guardia no entraba al corredor. Pero habían aprendido a no centrar todas las expectativas del día en ese momento, porque a veces la comunicación resultaba demasiado riesgosa o imposible, y porque las prisioneras intentaban desarrollar la capacidad de resistir el aislamiento de forma autónoma. Esta decisión reflejaba con exactitud las características de la relación entre las reclusas y el sistema carcelario militar: siempre se debía estar preparado para lo peor; de la institución sólo se podía esperar más represión. Los casos de ensañamiento contra algunas prisioneras les recordaban permanentemente esa premisa: la sanción máxima que se podía aplicar era tres meses de calabozo; cualquier falta que generara un castigo superior caía en el terreno del delito y debía ser evaluada por un tribunal militar. Pero los guardias habían encontrado la manera de eludir ese obstáculo aplicando sanciones sucesivas con cualquier pretexto. A veces las detenidas no habían completado el trayecto entre el calabozo y el celdario cuando eran sancionadas nuevamente y daban media vuelta, directo al aislamiento. Algunas estuvieron castigadas hasta cuatro y cinco meses de continuo. Dos de los casos más notorios durante el período en que Sara estuvo en Punta de Rieles fueron los de Elisa Michelini, que había estado en calidad de rehén en varios cuarteles del Interior y sufría en el Penal una persecución alevosa, y Alicia Troglio, quien se había negado a firmar la sentencia en el tribunal militar ya que su expediente había sido inventado de cabo a rabo.
El régimen de las sancionadas incluía un breve recreo durante el cual se salía a caminar por una estrecha vereda junto a la pared exterior de los calabozos. Desde las ventanas de una de las alas del celdario se podía observar el paseo de las castigadas, y era una oportunidad de oro para comunicarse. El recreo de los calabozos era vigilado mucho más atentamente por las presas que por los propios guardias. No se podía hablar, menos aun gritar o hacer señas evidentes, pero hay gestos irreprimibles, como alisarse el pelo o atarse los cordones de los zapatos. Había un complejo código de movimientos aparentemente anodinos, pero a los cuales las prisioneras les habían asignado distintos significados y servían para trasmitir, por lo menos, estados de ánimo. También había canciones con dobles sentidos, y aunque estaba prohibido, las sancionadas silbaban hasta que recibían la orden de no hacerlo.
Sara invirtió mucho de su tiempo de calabozo en aprender a silbar. Nunca lo logró. Estuvo allí varias veces, y le resultaba una situación tan límite que sólo podía compararla con los días de Orletti. Allá, en “el pozo”, el riesgo permanente era perder la vida; aquí, en el calabozo, la amenaza constante era la locura. Debía invertir todas sus energías para producir el esfuerzo de eludir el vacío, las especulaciones, la angustia; para domesticar el sueño superando el ex profeso escándalo nocturno de las guardias con sus conversaciones en voz muy alta, la radio encendida, las bromas sobre las castigadas festejadas con risotadas y el “tolete” (un garrote similar al que usan los policías) campaneando contra las rejas. En el Penal nadie lo comentó, pero después supo que no era la única en tener “sueños de calabozo”. Eran sueños plenos, vívidos. Soñaba con campos ilimitados, ondulados, floridos, soleados, y animales que corrían libremente bajo un cielo infinito. Esos sueños solían aportarle un estado de ánimo especial, una sensación casi material de que se había fugado del encierro y que atenuaba el día de calabozo que le seguía cubriéndolo con una tenue pátina de frescura.
Los integrantes de la Cruz Roja Internacional que lograron ingresar a Punta de Rieles para verificar el tratamientQ que recibían las prisioneras, señalaron que la intensa colectivización de la vida cotidiana y esos elaborados sistemas de comunicación eran los pilares del fuerte clima de afectividad en que vivían las reclusas, peculiaridad que sólo hallaron en las cárceles femeninas. Esta conclusión sirvió de pretexto a algunas prisioneras para analizar en grupo las diferencias culturales entre hombres y mujeres y cómo aquellos reciben una educación castradora de sus manifestaciones afectivas que las soslaya a un segundo o tercer plano. Pero también sabían que ese entramado emocional tan espeso sólo podía generarse en condiciones de reclusión, imposible de reproducir en circunstancias normales. Mientras Sara estuvo en el Penal, y hasta mucho más allá, no existieron nucleamientos por grupos políticos. Allí, en ese mundo creado por mujeres, el afecto se transformaba en un factor de cohesión que galvanizaba al colectivo porque fortalecía el ánimo individual sin sensiblerías. Muchas admitieron en prisión no haber experimentado nunca antes un sentimiento tan completo de pertenencia. Esos valores elaborados durante años de prisión coexistían a veces con conceptos que quizá podían pecar por una cierta rigidez, provocada por el corte absoluto con el mundo exterior. Primaba, sin embargo, la calidez humana, que se expresaba sobre todo en los regalos de cumpleaños que se mantenían escondidos hasta último momento, en la energía con que se manufacturaban souvenirs para las que salían en libertad yen los sueños que se tejían con ellas que, de alguna forma, las llevaban a todas “afuera”. Las comidas en conjunto, las celdas colectivas y las numerosas actividades de. grupo favorecían también ese clima, y no pocas veces generaban momentos de auténtica alegría, como sucedía invariablemente cuando se organizaban representaciones teatrales en las celdas. Nadie desperdiciaba la más pequeña oportunidad de reír.
El sector rojo, donde iba a parar lo más “duro” del Penal y al que Sara fue asignada, resultó, para su asombro, también el más sensible. Poco a poco fue entendiendo el límite impreciso, la forma en que sus compañeras lograban armonizar los extremos: la intransigencia absoluta frente al enemigo y la exigencia de resistencia sin desmayos, con la ternura, el cariño, el afecto y la calidez humana sin ambages hacia las compañeras. Desde mucho antes de su llegada el sector había adoptado un símbolo interno, un lenguaje propio que no se expresaba en palabras, una clave con muchos significados que nadie intentó nunca definir con precisión: era una semilla, pequeña, dura y gris. Se utilizaba en todo el Penal para hacer manualidades, rosarios, pulseras collares, pero el sector rojo le daba además otro uso aparecía sin remitente sobre la almohada, en un bolsillo, dentro del libro que estaba leyendo la compañera que en ese momento enfrentaba alguna situación personal difícil, Sara encontró muchas de esas semillas, pero recuerda especialmente la que halló estando en el calabozo, depositada dentro del bolsito individual que quedaba colgado de una percha en el baño por alguna anónima “rififí”, y supo que le estaban diciendo lo que más necesitaba oír: “Estamos contigo”.
La vida en el celdario giraba en torno a actividades colectivas. Todo se hacía en grupo, y a diferencia de los hombres en las prisiones masculinas, aquí se dedicaba mucho más tiempo a la charla que al juego. Se conversaba sobre todo: cosas de la vida, historias personales; se charlaba sin propósito prefijado, para compartir abiertamente las experiencias individuales y, muchas veces, analizarlas colectivamente.
También se estudiaba en grupos: historia, idiomas —aunque estaba prohibido—, geografía, física, matemática, dibujo, pintura, lingüística e infinidad de otros temas. Estudiar colectivamente era muy lento, pero para algunas reclusas era indispensable, ya que sin el apoyo del grupo jamás hubiesen podido hacerlo. Las manualidades también se efectuaban en conjunto, y mientras las demás trabajaban alguien leía un libro interesante en voz alta.
La organización interna de las prisioneras abarcaba varios aspectos clave. La “despensa”, que se nutría con el contenido de los “paquetes” que los familiares traían en las visitas, estaba centralizada. Si bien cada alimento que entraba de afuera era considerado precioso por su destinataria que los acogía como expresión de cariño y apoyo, todos iban a parar a una bolsa común. Las encargadas de la despensa no sólo debían llevar un estricto control de las reservas sino distribuirlas según las necesidades: quien no podía tomar leche recibía más queso; a la que no toleraba los cítricos o las bananas se le daba más manzanas, y en general se intentaba atender las situaciones especiales con el mayor esmero. La “cantina” se le llamaba al fondo común del dinero que los familiares depositaban en el Penal según las posibilidades de cada cual. Ese fondo se utilizaba para comprar, por medio de la institución carcelaria, los elementos que no estaban autorizados en los “paquetes”: yerba, tabaco, y en general todos los objetos de higiene personal. Las encargadas de la “cantina” administraban las existencias, las prorrateaban y presentaban periódicamente un estado de cuentas a los celdarios. La biblioteca también era administrada por las presas; se podía hacer un pedido por semana y se llevaban escrupulosas listas de espera para las obras más codiciadas.
Pero el momento más importante para todas era el de la visita, los sábados y domingos. Esos días eran completamente diferentes a los otros; el clima era algo más distendido, más tolerante y el ritmo en los celdarios era de excitación creciente. Las presas se vestían especialmente para la ocasión con el “uniforme de visita” —más nuevo que los otros— y todas trataban de ponerse por debajo algo alegre, colorido, que asomara apenas sobre el cuello abotonado. Muchas se maquillaban y se prestaban ropa. Luego era el retomo algo alborotado al celdario donde esperaban las que no habían tenido visita ese sábado. La rueda de mate era obligatoria, y sentadas sobre unos pequeños troncos, a lo gaucho, entre mate y mate cada una iba contando las novedades. El conocimiento que se llegaba a tener de las familias de las compañeras era tan detallado que en las visitas se podía no sólo reconocer físicamente al padre, el hermano o la hermana de fulanita, sino a identificar gestos, actitudes y personalidades. Cuando una presa salía en libertad recorría una por una las familias de sus compañeras. Todos se sorprendían de lo fácil que resultaba la comunicación, y era gracias a ese sistema de “visitas compartidas”. La liberada conocía anécdotas de cada integrante del grupo familiar, y a ellos les llenaba de emoción saber que ese conocimiento había sido trasmitido por su pariente prisionera.
Hacía 15 días que estaba en Punta de Rieles. Ese sábado le había tocado fajina; había dormido mal y poco la noche anterior y estaba rendida. Era posible que tuviese su primera visita, pero no la esperaba. Aunque estaba prohibido hacerlo a esa hora del día, Sara se recostó en su cucheta y rápidamente se quedó dormida. La despertaron de un sacudón: tenía visita; la estaban llamando desde la reja. Fue con lo que tenía puesto, el uniforme de fajina sucio y remendado. Mientras caminaba por primera vez hacia la sala de visitas trataba de poner su cabeza en orden, establecer prioridades para aprovechar al máximo el tiempo disponible. Allí estaban, su padre, sus hermanas María del Carmen y Lourdes. Su hermano Francisco no había sido autorizado a pasar porque tema barba. Los tres en un racimo, al otro lado de la reja. Su padre, desde siempre llorón y sensible, no lograba hablar, se le cortaba la voz. En Buenos Aires habían recorrido cuarteles, hospitales, morgues, y habían llegado a sospechar lo peor. Verse nuevamente significó para todos una emoción indescriptible. Sara quería levantarles el ánimo, y ellos querían hacer lo mismo con ella. Hasta que hizo la pregunta:
¿Simón? Esa primera visita fue el encuentro de dos mundos con la misma incógnita: ella suponía que quizá lo habían podido encontrar, y ellos pensaban que Simón estaba allí, con ella, porque se habían negado a creer en lo dicho por aquel militar que se había presentado a buscar ropa y abrigo hacía tres semanas.
Desde entonces las visitas fueron para Sara una suerte de tortura moral, de angustia insoportable y arrasadora. La espera de un sábado a otro estaba, en su caso, cargada con una intensidad mayor, dramática; cada visita era una posibilidad de recibir noticias. Imaginar que el sábado siguiente sí traerían algún indicio, una pista sobre Simón, la sumía en un estado de excitación casi incontrolable. Cada 15 días, el sábado era el día del miedo.
Resultaba contradictorio, porque no había otra forma de ver a su familia, de tener novedades de cada uno y también del mundo exterior. A pesar de saber que a ellos les resultaba imprescindible llegó a desear no tenerlas para no sufrir tanto. Aunque no lo conversó con nadie, después de esa primera visita las expectativas de Sara se concentraron en Mauricio. Esa era en realidad la dirección en la que había trabajado siempre su fantasía. Lo admiraba desde que ingresó en la FAU, de la que él ya era uno de los dirigentes más visibles. Desde el inicio, su relación personal había estado teñida por la confianza política que todos los militantes de organizaciones como ésta, verticalizadas, depositan en sus responsables. Después Sara viviría otras cosas con Mauricio, conocería otras facetas de su personalidad, de su vida íntima, que llevarían a una escala mucho más humana aquella primera admiración juvenil. Pero hasta entonces pensaba, fantaseaba con que Mauricio había podido recuperar el hijo que habían tenido en común, que lo había rescatado y estaba con él, a salvo en el exterior, que eso era un gran secreto y ella en algún momento lo sabría. No compartía ese sentimiento con nadie, quizá porque inconscientemente sabía que era la única forma de que la fantasía, el último refugio, perdurase intacta. No fue sino poco a poco que, en su fuero íntimo, Simón se le fue transformando en un desaparecido.
Poco antes de que terminara el año, el oficial “301” concurrió al Penal e hizo llamar a Ana Inés Quadros. Era un hecho insólito, o por lo menos poco habitual. Ana Inés esperé recibir algún planteo concreto del oficial, pero el militar no salía de las formalidades: le preguntó cómo estaba, si precisaba algo. Entonces Ana decidió tomar el toro por los cuernos y le recordó que ellos no habían cumplido con sus promesas ya que Simón no había aparecido; la familia de Sara no lo tenía ni sabía nada de él. Le pidió información al respecto. “301” respondió irritado que no entendía de qué se quejaban, después de todo habían salvado la vida. Allí terminó la entrevista.

1977. Hacía más de un año que había sido secuestrada y separada de su hijo en Buenos Aires. Sara se adaptaba a la vida rutinaria de la cárcel, aprendiendo las reglas no escritas que pautan las relaciones entre prisioneras y carceleros. La principal consistía en no hacer nada a lo que no estuviesen obligadas por el reglamento.
Un día de octubre las autoridades de la prisión ordenaron a las detenidas que se prepararan para una visita que vendría al día siguiente; debían ponerse el uniforme «de gala” y tener el celdario impecablemente limpio y ordenado. Cuando las guardias les comentaron que podían maquillarse si lo deseaban —“fantasía” sólo admitida los días devisitas—, las prisioneras comprendieron que no se trataba de una simple revista militat Era algo distinto. Al día siguiente, Ana Inés Quadros vio desde la ventana que ingresaba al Penal un auto con chapa diplomática y alguien alcanzó a distinguir pequeñas banderas inglesas sobre los guardabarros delanteros. Aunque no se les comunico oficialmente, las detenidas supieron después que
Inglaterra se disponía a concretar una importante compra de carne, pero que para calmar las protestas de los organismos internacionales de derechos humanos que acusaban al gobierno británico de negociar con una dictadura se había acordado una inspección ocular a varios establecimientos carcelarios.
El embajador ingresó al Penal acompañado por un funcionario de su representación diplomática que hablaba correctamente el castellano. Rodeados por una comitiva de siete u ocho altos oficiales del ejército uruguayo, los funcionarios extranjeros recorrieron todo el celdario. Siguiendo las instrucciones que habían recibido, las prisioneras estaban dentro de sus celdas, paradas junto a sus respectivas cuchetas, en posición de firmes y con las manos en la espalda. El embajador pasaba lentamente entre las filas, en silencio, sin hacer preguntas pero observándolo todo. Cuando estaba muy cerca de ella Sara rompió la formación, dio un paso al frente y le solicitó permiso para hablarle. Naturalmente el diplomático accedió, mientras los desconcertados militares sólo atinaban a clavar sus miradas cargadas de odio sobre aquella pequeña mujer que los desafiaba abiertamente.
Sara sabía que no tendría mucho tiempo y se esforzó por relatar su caso en una apretada síntesis que había preparado mentalmente durante la noche anterior pero debía detenerse para que el funcionario pudiera traducir sus palabras al embajador, cuya consternación fue visible y creciente. Antes de que Sara pudiese terminar los militares interrumpieron la escena violentamente y se llevaron al ilustre visitante prácticamente en vilo.
Pocos días después, enterados de la visita del diplomático a Punta de Rieles, el padre de Sara y el de Ana Quadros, José Antonio Quadros, que había sido embajador uruguayo en Gran Bretaña entre 1953 y 1959, se presentaron ante mister Peters, el embajador inglés, quien les relató cómo se había desarrollado la visita, se mostró sensibilizado por el caso de Sara y prometió hacer gestiones ante su gobierno para intentar favorecerla de algún modo. Sara nunca supo qué resultado concreto tuvo su gesto que, eso sí, le costó un mes de calabozo.
1979. Presionados por la incesante campaña de denuncias —en especial sobre la situación de los rehenes— que levaban adelante los uruguayos exiliados y que había logrado sensibilizar a varios organismos internacionales, los militares permitieron ese año el ingreso a los penales de Libertad y de Punta de Rieles de una misión suiza de la Cruz Roja que obtuvo la concesión de efectuar entrevistas individuales a cada uno de los prisioneros, sin presencia de los carceleros. Sabiendo por los familiares que visitaban también a algún prisionero de Libertad que la delegación extranjera
había iniciado su inspección en el Penal masculino, las presas de Punta de Rieles comenzaron a prepararse intensamente para la ocasión. Desde su punto de vista una misión internacional que venía a hablar con presos de muchos años significaba que no sólo podrían relatar en qué situación estaban viviendo, también recibirían noticias del exterior si ningún filtro y, a su vez, seria posible sacar información veraz desde el Penal. Por ejemplo, había varias prisioneras que estaban gravemente enfermas pero cuyas familias ignoraban su estado real. La expectativa que despertó entre las detenidas esa visita fue enorme, y constituyó sin ninguna duda el hecho más importante para ellas en todos esos años. Sara también depositó muchas esperanzas en ese encuentro; pensaba que tres años después del secuestro y desaparición de su hijo el caso sería suficientemente conocido en Europa. Quizá le darían novedades sobre Simón o. al menos, alguna información sobre las gestiones que seguramente se estaban haciendo en el ámbito internacional para recuperarlo de las manos de sus captores. Durante los días previos a la entrevista su agitación fue aumentando, y todas sus compañeras la alentaban augurándole que recibiría novedades.
El momento tan esperado por fin llegó. Sara ingresó a la habitación donde estaba recibiendo la misión suiza. El entrevistador era un hombre de mediana edad que se expresaba bastante bien en castellano. Luego de los formulismos necesarios Sara preguntó si sabían algo de su hijo. Para su sorpresa, el visitante no sabía nada, ni siquiera conocía su caso, por lo que Sara se lo relató desde el principio, y mientras lo hacía sintió la enorme soledad en la que luchaba, sintió la impotencia de estar en prisión sin poder hacer algo para hallar a su hijo. Al cabo de la hora que debía durar la entrevista, el delegado suizo había tomado nota y conciencia de que estaba frente a un caso gravísimo. No tenía más tiempo, pero le sugirió a Sara que solicitara autorización para ser recibida por el médico de la delegación, gestión que se podía efectuar por razones de salud. El integrante de la Cruz Roja le pidió unos días para averiguar algún dato concreto, y en caso de obtenerlo, se lo comunicaría al médico para que éste se lo informara.
Así lo hizo Sara allí mismo, inmediatamente después de dejar la habitación donde se había desarrollado la entrevista. Mientras esperaba que se registrara su solicitud vio que el hombre a quien acababa de relatarle su situación salió de la pieza, pidió que se interrumpiera por un momento la cadena de entrevistas y preguntó dónde estaba el baño. Regresó con la cabeza empapada. El representante de la Cruz Roja estaba preparado para resistir la enorme carga emocional de hablar sin pausas con decenas de presos políticos, pero no para afrontar una denuncia como la que acababa de recibir y, quizá aun menos, para no tener ninguna respuesta que ofrecer a quien había esperado tanto tiempo sin siquiera un indicio sobre el paradero de su hijo.
Para Sara la decepción fue enorme. En el trayecto de regreso al celdario deseaba desaparecer, volverse invisible. No tenía ánimo para encarar a sus compañeras y decirles que la Cruz Roja no estaba informada de su caso. Le parecía estar viviendo una pesadilla. Aún recuerda esa noche como una de las más tristes que pasó en prisión.
La entrevista con el médico se produjo un mes después y, como en la anterior, Sara no se enteró de nada nuevo. La situación era tan absurda que, por momentos, su mente naufragaba en las dudas y la confusión. ¿Sería realmente cierto” ¿No sería Simón una creación de su mente, perdida, extraviada en la insanía? ¿Cómo la Cruz Roja no sabía nada si había una campaña en el exterior? No había papeles legales que confirmaran su historia; en el Penal sólo Asilú Maceiro podía dar testimonio de los hechos; Simón no se llamaba Gatti Méndez sino Riquelo. Bastaba mirar todo su caso con un pequeño sesgo de incredulidad para concluir que ella había sido afectada de tal forma por las experiencias traumáticas a las que la había sometido la represión militar que simplemente se había vuelto loca.
No fue sino a costa de un gran esfuerzo, y con la ayuda silenciosa pero omnipresente de sus compañeras, que pudo superar aquel difícil momento de su prisión provocado por la desinformación absoluta sobre la situación de Simón.
El 1° de mayo era una fecha especialmente recordada en el Penal de Punta de Rieles. Porque estaba prohibido, ese día de cada año todas intentaban lucir alguna prenda roja, y las que salían a colgar la ropa lavada agrupaban las de ese color para simular una bandera. Hasta que una vez la guardia se dio cuenta del “complot” y quedó expresamente prohibido colgar ropas rojas una al lado de la otra. Cada 1° de mayo los guardias recibían renovadas advertencias en ese sentido. Pero el ingenio de algunas prisioneras sólo era comparable con su osadía. Muchas de las reclusas que habían venido del Interior traían consigo su ropa de cama que incluía, en casi todos los casos, un poncho militar que usaban como frazada. Estos ponchos eran verde oliva por fuera, y estaban forrados con un grueso paño rojo. Nadie supo con certeza de quién fue la idea, pero ese 1° de mayo, como todos los días, un grupo salió temprano en la mañana para colgar la ropa y, distraídamente, se incluyó a los ponchos entre la ropa lavada porque... había que airearlos. Los ponchos quedaron colgados todos juntos en una larga cuerda; era una gran bandera verde oliva. A mediodía, también como siempre, el mismo grupo fue a retirar la ropa seca y a dar vuelta la ropa de cama colgada. La guardia no prestó atención a la maniobra, habituada a ese trajín cotidiano y verificada más temprano la ausencia de prendas rojas. Y demoró varias horas en percibir el engaño, horas en que los celdarios fueron una fiesta premeditada. Todas las prisioneras se asomaron a las ventanas para gozar de la hermosa vista: aquella enorme bandera ahora tan roja, y silbaron a coro la Internacional, rieron y festejaron la burla.
Era un domingo de agosto; las madres tenían visita cuerpo a cuerpo con sus hijos. Bajaban por tandas que coincidían en una habitación donde las guardias las revisaban al entrar y salir de las visitas. Allí, Ivonne Trías, que regresaba de la visita especial que había obtenido con su sobrino, comentó para que la oyeran las compañeras de celda de Sara que tendrían que conseguir otro vasito para servirle jugo a otro niño. “Parece que va a empezar a venir Simón”, agregó. Ivonne, cuya familia había sido diezmada por los militares ya que su compañero, su hermana Cecilia y su yerno estaban desaparecidos, recibió primero veladas insinuaciones en ese sentido de su madre, Irma, quien estaba relacionada con los familiares de los desaparecidos y ella misma había logrado recuperar al pequeño hijo de Cecilia, Marcos, que ahora vivía con ella. Después de la visita con su madre, Ivonne estuvo con Marcos quien, sin la vigilancia a presión de las guardias, fue más específico: le contó que en Chile habían aparecido hacía pocos días dos niños uruguayos, Anatole y Victoria, hijos de Roger Julien y ‘Victoria Grisonas, desaparecidos en Buenos Aires en setiembre de 1976. Anatole recordaba algunas cosas de su viaje, entre otras que había un bebito con ellos y que habían sido llevados hasta allí por “la tía Mónica”; también mencionó un “avión chiquito” y un auto blanco.
Los hermanos Julien habían sido vistos por Julio César Barboza en el SID, donde los “repatriados” pasaron la segunda etapa de su detención clandestina luego de la casa de Punta Gorda. En diciembre de I976 Anatole y Victoria fueron abandonados en una plaza de Valparaíso. El juez de menores que entendió en la causa ordenó que los internaran en un albergue, y luego fueron adoptados por un matrimonio chileno. Gracias a una investigación efectuada por varios periodistas brasileños apoyados por la organización paulista de derechos humanos Clamor; el entonces arzobispo de San Pablo, cardenal Paulo Evaristo Arns, pudo anunciar públicamente en julio de 1979 el hallazgo de los hermanos desaparecidos. Las familias Julien y Grisonas viajaron a Chile, efectuaron los trámites para que los niños recuperaran su verdadera identidad y llegaron a un acuerdo con la familia adoptiva: Anatole y Victoria permanecerían en Valparaíso, aunque conociendo su verdadero origen y manteniendo relaciones normales con su familia biológica. El dato de ese bebito que había viajado a Chile con los Julien recorrió el Penal como en alas de un pájaro, y aunque Irma e Ivonne en ningún momento mencionaron que el otro bebé que había viajado con los Julien fuese efectivamente Simón, y menos aun que se le hubiese ubicado, lo cierto es que en pocas horas todo Punta de Rieles “sabía” que el hijo de Sara había aparecido. Todos menos ella, que no supo nada hasta que varias otras prisioneras intentaron obtener información confirmatoria en sus respectivas visitas. Al fin del día se habían reunido algunos, pocos, elementos que apoyaban la versión. Quizás hubiese sido más prudente no decirle nada hasta no estar completamente seguras, pero los deseos, la necesidad de que la noticia fuese verdad pudo más que la valoración fría de los datos concretos. Decidieron que debían decírselo: era posible que Simón estuviese en Chile. Era la hora de ir a descolgar la ropa, y sus compañeras de celda la alentaron para que fuera ella a retirarla y así poder recibir más información de otras prisioneras. Sara fue, y cuando sus compañeras la vieron afuera dieron rienda suelta a su alegría por lo que creían ya un hecho. Sin pensar en los riesgos, cada presa que había obtenido alguna información al respecto la comentaba en voz lo suficientemente alta como para que ella la escuchara: “Vamos a tener otro niño en las visitas”, decían. Alguien empezó a silbar la canción «Gurisito”, de Daniel Viglietti, y poco después eran todas las prisioneras que en todos los sectores la silbaban al unísono. Los militares las obligaron a cerrar las ventanas.
Sara recién tenía visita el sábado siguiente. Supo que su familia había viajado a Chile y allí había tomado contacto con Belela Herrera, representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), quien había participado en la recepción de los hermanos Julien y trataba de averiguar quién era el otro bebito que había llegado con ellos y dónde estaba. Pero ese niño nunca fue hallado. Sus compañeras se arrepintieron de haberle infundido esperanzas en vano.
Más allá del bajón inevitable, Sara tuvo una medida de con qué ansias todas querían que encontrara a Simón, de cuánto su situación estaba presente en el corazón de sus compañeras. Era una consideración especial que le manifestaban también de otras mil y una maneras: en los juegos, los regalos del Día de Reyes —sus zapatos siempre aparecían colmados de presentes y... caramelos—. Ella hablaba poco del tema, y sólo con una o dos de sus compañeras, pero sin palabras, todas la acompañaban de una forma especial.
Años después, repasando la información que había aportado el pequeño Anatole, Sara recordó que María del Pilar Nores era muy amiga de los Julien, y que los niños de la pareja la conocían como “Mónica”, uno de los nombres de guerra que ella usaba. Nores había estado en el SID, y también los niños Julien según el testimonio del exsoldado Barboza. Anatole y Victoria aparecieron abandonados en Valparaíso en diciembre de 1976, en el mismo momento en que el grupo de “repatriados” fue distribuido en las diferentes prisiones legales. ¿Fue Nores la “tía Mónica” que los llevó hasta allí? Sara recordó a la mujer embarazada prisionera en el piso superior que había parido en octubre y que luego había desaparecido, y se preguntó si ese bebito que recordaba Anatole no sería aquél, nacido en cautiverio. Una interrogante que hasta ahora permanece sin respuesta.
Pocas semanas después las presas integrantes del grupo de “repatriados” supieron que en pocos días serían llevadas ante el tribunal militar donde les serían comunicadas sus respectivas condenas. Estaban dispersas en diferentes sectores, por lo que intentaban entrar en contacto con el fin de adoptar una posición común para el caso de que la justicia militar no cumpliera con las condiciones pactadas durante las negociaciones en el SID. Un día como cualquiera, sin previo aviso, Sara fue llamada desde la reja del celdario por un guardia, y de allí mismo trasladada a otro sector. Así pudo comunicarse con Elba Rama y Asilú Maceiro, quienes decidieron negarse a firmar la condena si excedía el mínimo de la pena acordada para cada una de las tipificaciones preestablecidas en el SID. Sin que ellas lo supieran, los varones del mismo grupo encarcelados en el Penal de Libertad habían adoptado la misma decisión, la habían llevado a la práctica y estaban por eso sancionados. En la misma semana en que la trasladaron de sector Sara fue conducida al juzgado militar junto a sus compañeras. Las obligaron a ponerse la tenida “de gala”, como le llamaban los carceleros al uniforme más nuevo. Mientras esperaban su turno en el hall del juzgado, para distraerse Sara intentaba obtener algún augurio sobre la suerte que correrían. La sala donde estaban tenía molduras en el techo; eran unos angelitos regordetes y semidesnudos. Escrutó cada uno de ellos esperando un signo, un oráculo silencioso. El que veía más claramente tenía en la cara una expresión que le pareció sádica, perversa, y no pudo evitar una sonrisa dirigida a aquel angelito cuando un funcionario le confirmó el presentimiento: la pena que habían recibido era la máxima —seis años— y no la mínima —cuatro años y seis meses—. Todas se negaron a firmar la condena sin dar explicaciones. De todas formas, nadie en el juzgado conocía su situación. Los funcionarios militares parecían francamente confundidos; no entendían por qué estas prisioneras, como pocos días antes lo había hecho un grupo de reclusos, también se negaban a firmar. Las presiones y amenazas duraron casi toda la mañana, pero ellas mantuvieron su negativa. Finalmente los funcionarios desistieron y fueron devueltas a Punta de Rieles con la sentencia sin firmar. Allí las esperaba un gran despliegue de tropas en la entrada del predio, y tres oficiales en la puerta del Penal junto a funcionarias de la guardia femenina. Fueron conducidas de inmediato ante el director de la cárcel quien les preguntó por qué razón se habían negado a firmar la sentencia. Ellas explicaron que antes de ser trasladadas al Penal habían llegado a un acuerdo con varios jerarcas militares, acuerdo que ahora no se respetaba, y todas solicitaron una entrevista con el mayor Nino Gavazzo a quien identificaron como el garante de la palabra empeñada. Los militares de la prisión quedaron bastante desconcertados y les dijeron que pedirían órdenes “a la superioridad”. No fueron sancionadas en ese momento, tampoco después. Si las “órdenes” llegaron ellas nunca se enteraron.
De regreso al celdario, reconfortadas y todavía asustadas por lo que acababan de hacer, relataron a sus compañeras las novedades. En la visita siguiente supieron que los presos en Libertad habían asumido una actitud idéntica a la de ellas, coincidencia felicísima que demostraba —no era la primera vez, ni sería la última— la profunda afinidad que se había generado entre quienes figuraban en ese expediente.
Esa noche Sara cayó dormida apenas se apagaron las luces, y tuvo un sueño que recordaría para siempre: se les había otorgado a todas una visita cuerpo a cuerpo. La visita se desarrollaba en una hermosa terraza desde donde se veía un extenso parque con árboles y flores; había mesitas y sillas de mimbre pintadas de blanco. Sara estaba sentada en una de ellas cuando llegaron su hermana Maria del Carmen y casi enseguida su padre. Les advirtió que hablaran con tranquilidad, pero que una de las mujeres que estaba con otras personas en una mesa cercana fingía ser una presa, cuando en realidad era militar. Sara preguntó desordenadamente y sin pausa: quería saber novedades de Simón, de Mauricio, del mundo; ¿qué estaba pasando afuera? María del Carmen aún no reaccionaba, impactada por las sorpresivas condiciones de la visita. No había traído noticias especiales y, angustiada, rompió en un llanto incontrolable. Su padre había comenzado a relatar noticias de la familia cuando llegó su hermano Francisco. Sara lo acometió con preguntas sobre la actualidad, y Francisco le contestó que la novedad más importante era que en Canadá había aparecido un animal de la época terciaria sepultado bajo el hielo. Ella le dijo que no era ése el tipo de informaciones que le interesaba. La gente que los rodeaba comenzó a levantarse de sus asientos. Ivonne Trías, compañera de sector de Sara, pasó frente a ellos y les preguntó qué hacían todavía allí: ¿no sabían acaso que tenían 24 horas de libertad para estar con sus parientes y después regresar? Sara se retiró del Penal con su familia mientras ansiosamente intentaba decidir cómo aprovechar esas maravillosas 24 horas. Pensó en pedir diarios para enterarse de lo que había pasado durante esos años de encierro, pero después comprendió que ese método le insumiría demasiado tiempo; entonces resolvió ir a ver a un viejo compañero de militancia para que le hiciera una síntesis. Pensó también que era una oportunidad para escribirle una larga, larguísima carta a Mauricio contándole todo lo que hasta ese momento no había podido decirle. Volvió a preguntarle a sus familiares por Mauricio, si sabían algo de él. En un primer momento guardaron silencio, y luego le explicaron que al principio escribía muy seguido, y hasta llamaba por teléfono de vez en cuando para tener noticias de ella. Pero en los últimos meses la comunicación no había existido. Le aconsejaron que intentara tomarlo como algo normal, después de todo había pasado tanto tiempo...
Luego Sara se vio caminando por calles que se alargaban a medida que ella avanzaba; intentó caminar más velozmente, pero las calles se estiraban cuatro, seis, diez veces más rápido. Abrió tanto sus piernas que quedó pegada al piso, completamente horizontal; obligada a reptar iba aun más lentamente que antes. De pronto volvió a ver a Ivonne que pasaba por allí con un niño en brazos. ¿Quién es ese niño?, preguntó Sara. Es mi sobrino, dijo Ivonne. ¿Y qué vas a hacer? Voy a pasar el día con él, replicó su compañera mientras se alejaba. Sintió una profunda desazón: Ivonne ya sabía cómo emplearía esas divinas 24 horas, mientras ella aún se debatía tratando de ganarle una batalla al tiempo.
Despertó agobiada, y ese día sintió como nunca el peso de la clausura, de la censura. Quería escribir en una carta todo lo que sentía, todo lo que estaba viviendo, pero eso era imposible. Pocas semanas después fueron nuevamente conducidas al juzgado militar y esta vez, como por arte de magia, las penas aplicadas eran las mínimas. Entonces sí, firmaron.

1980. El plebiscito al que habían llamado los propios militares tenía por objetivo legitimar la dictadura mediante un nuevo ordenamiento jurídico. Los ciudadanos debían pronunciarse por Sí o por No a la propuesta castrense. Ese día de noviembre se vivió intensamente en el Penal de Punta de Rieles, a pesar de que nadie creía que, en caso de derrota, el gobierno la admitiese. Poco antes de la visita de la Cruz Roja se había instalado una red de parlantes en los celdarios que durante el día difundía música. A pesar de que el resultado favorable al No se conoció la misma noche de la jornada de votación, las presas no se enteraron de la novedad hasta el día siguiente. La radio permanentemente sintonizada y difundida por los parlantes era Emisora del Palacio, en frecuencia modulada, cuya programación incluía brevísimas “pastillas” de información. Fue por ese medio que las reclusas se enteraron de la victoria del No. En muchas celdas se entonaron canciones a coro, festejo que los guardias no tuvieron el ánimo de reprimir ese día, quizás como una forma de reconocer su derrota.
El resultado del plebiscito cambió mucho las expectativas de las prisioneras. Fue como una ventana abierta por un golpe de viento que cambió por completo el aire del Penal. A partir de ese día todas empezaron a hablar de una amnistía; le llamaban “la tía Amnis”. En cada una de las visitas surgía el tema con los familiares: ¿cuáles eran las posibilidades de que se decidiese una amnistía?
Pasados los primeros días de euforia que compartieron todas sin distinciones, las reclusas que tenían las condenas más largas y que por lo tanto estaban involucradas en hechos muy pesados, comenzaron a sospechar que ellas no serían incluidas en una ley de amnistía, y colectivizaron la discusión de cómo prepararse para cuando la mayoría fuese liberada y quedaran apenas unas pocas. Se especulaba con que serían trasladadas a prisiones más pequeñas donde el reglamento sena mucho más severo. Pensaban que seguramente estarían sometidas a un aislamiento mayor y que les serían recortadas ciertas actividades como, por ejemplo, la lectura.
Pero algo había cambiado definitivamente en Punta de Rieles: por la brecha abierta en noviembre se había colado entre los barrotes de la cárcel un sentimiento casi olvidado de tan reprimido: la esperanza.

Abril de 1981. Un día como cualquier otro Sara recibió la orden de prepararse para ser conducida al juzgado. Sólo supo de qué se trataba cuando llegó a la sede judicial y le alcanzaron un decreto que debía firmar: era el de su liberación, y esta vez también firmó. Sabía que a partir de ese instante debía estar preparada para ser liberada en cualquier momento: algunas de sus compañeras habían pasado meses con la libertad firmada, mientras que otras se habían ido en apenas dos o tres días. El objetivo de los militares, como siempre y hasta último momento, era desconcertar, angustiar, nutrir ansiedades. Las presas con la libertad firmada, por las dudas, se despedían cada mañana de sus compañeras. Preferían eso a no poder decirse adiós. Las que quedaban hacían pequeños regalos a las que salían, y los presentes llegaban desde todo el celdario. También los mensajes que debían ser trasmitidos a las familias, esta vez sin censura previa.
Sara esperó un mes; un mes bajo la presión de una intensa angustia que se esforzó en disimular como pudo. La angustiaba salir al mundo exterior sin saber qué encontraría. La angustiaba también pensar en las que se quedaban, algunas con penas de 30 años y 15 más por “medidas de seguridad”, que se preparaban para pasar toda una vida en la cárcel. Otras que eran apenas adolescentes cuando ingresaron a la prisión, con 18 o 19 años, y que saldrían siendo mujeres maduras. Después de casi cinco años entre barrotes, el “adentro” era el mundo conocido, con sus reglas y su rutina que Sara dominaba a la perfección, mientras que el tan deseado “afuera” sólo era un océano de interrogantes. Pesaba también, y mucho, abandonar a compañeras con quienes había desarrollado vínculos afectivos, tan excepcionales como la situación que vivían. Todas sabían que esa clase de relación no sería reeditable en libertad. Era el fin de una etapa a cuyas asperezas el cuerpo ya se había acostumbrado, y el inicio de otra, temible y fascinante, en la que todo estaba por hacer. Habría que empezar de nuevo, casi desde el principio.
La libertad llegó finalmente una mañana tibia y soleada de mayo, como suele haberlas en el otoño uruguayo. Fueron cinco las que salieron ese día:
Ana Inés Quadros, Margarita Michelini, Elba Rama, Asilú Maceiro y la propia Sara. Hicieron a pie el trayecto entre el celdario y la puerta del establecimiento. Los familiares esperaban del otro lado, y desde las ventanas llegaban cantos, gritos y adioses. Tenía 37 años. Llevaba un bolso en la espalda con las que habían sido sus pertenencias durante todos esos años, más las decenas de regalos que recibió de sus compañeras. Pero esas espaldas sentían en ese momento un peso infinitamente mayor: el de los ojos de las que quedaban “adentro”, con sus luchas e incertidumbres. Sara tuvo conciencia de que nunca volvería a vivir un momento igual, de que estaba recuperando uno de los derechos más preciados que se le puede conculcar al ser humano. Y lo disfrutó cuanto pudo.